Luisiana (Solidaridad)

Luisiana
Un día más y como cada mañana, Felisa y Pedro, recorrían un par de cuadras para abastecerse de sus alimentos en los comercios del Pueblo.
Sus despaciosos pasos y sus lentos movimientos, no le impedían caminar en su rutina diaria.
Este matrimonio octogenario vivía en una pequeña casa, siendo su huerta el lugar preferido donde pasaban gran parte de sus vidas, cuando el clima se los permitía.
Habían quedado sin familia, a raíz de un accidente automovilístico, donde perdieron a su hijo, su nuera y sus tres nietos.
El infortunio hizo que la tristeza y la soledad se apoderaran de sus vidas.
Salían de la Panadería cuando un desnivel de la vereda hizo que Felisa trastabillara y cayera de bruces. Pedro intento ayudarla a levantarse del suelo, pero sus pocas fuerzas se lo impedían.
Sorpresivamente y al instante, una joven acudió a prestar colaboración y con destreza puso de pie a Felisa.
Se rasgó la manga de su colorida vestimenta y con sus retazos limpió algún hilo de sangre que manaba del rostro de la anciana, sin mayores consecuencias.
Así como corrió prestamente a socorrer al matrimonio, de la misma forma, volvió a su lugar, en la esquina de la panadería, bajo una marquesina y rodeada de trastos.
No hubo lugar a saludos ni agradecimientos, ocurrió todo muy fugazmente.
Tomando su vinito de la tarde-noche Felisa le propuso a Pedro ubicar a esta chica y agradecerle su gesto. No seria difícil encontrarla, ya que recordaron que, sin prestarle demasiada atención, la habían visto más de una vez en aquella esquina, sentada en la vereda con una taza de lata, temerosa y esquiva a quienes pasaban por el lugar, que poca importancia le daban.
Al otro día y en la rutina de sus compras, no tardaron en dar con ella.
Le llevaron una bolsa con tomates y zanahorias que sacaron del huerto, a lo que agregaron un par de panecillos, previendo que por la imagen que tenían de ella, la comida era un problema.
Sin mediar palabras le entregaron la bolsita y la joven la tomó, la abrió y extrajo un pancito, lo devoró con avidez, con su vista clavada en el piso.
Hizo un gesto de agradecimiento y continuó con un tomate y así hasta agotar esos alimentos entregados con amor, por la pareja de abuelos.
Volvieron a su casa angustiados y perplejos por la situación.
Cambiaron las mañanas rutinarias. Su meta comenzó a tener otra prioridad, la de ofrecerle a esta joven morena de ojos tristes, mirada perdida, cutis brilloso y terso y una belleza especial algún alimento, alguna ropa, alguna loción, algún termo con agua fresca.
Fueron transcurriendo los días y el vinculo entre ellos se fortaleció, aunque no se entendían con palabras , los gestos se transformaban en elocuentes.
Tras una noche de copiosa lluvia y un amanecer soleado, el encuentro matinal fue distinto. La bella morena acusaba una tos seca y su ropaje estaba totalmente empapado.
Nadie se había percatado de ella?
Vecinos, paseantes, autoridades no vieron su estado?
La solidaridad fue esquiva?
Felisa y Pedro sin pensarlo demasiado, le ofrecieron sus manos para alzarla de su improvisado camastro.
Con el temor de siempre, se levantó y sintió como hacía mucho tiempo no sentía el calor y la bondad de otro ser humano.
Despaciosamente y tomados los tres de sus manos, se encaminaron hacia el hogar de los abuelos.
Al principio se negó a ingresar, pero distintos cruces de miradas que contenían amor, la convencieron.
Felisa la condujo al baño y a los pocos minutos una ducha tibia y reparadora que se mezclaba con borbotones de lágrimas, la trajo de nuevo a la vida.
Un toallón contenedor y un cambio de ropas, que Felisa aún no había usado en años, le quedaba como si fuera pintado.
La mesa del comedor lucía tres tazas con té con leche y varios platitos con masitas y galletas.
Otra vez las lágrimas afloraron y un abrazo selló ese momento.
Fue el comienzo de una nueva vida para Felisa, para Pedro y para Luisiana, nombre que en algún instante de charla inentendible… balbuceó.
El atardecer fue testigo de una decisión.
El cuarto que había dejado el hijo estaba a disposición para Luisiana.
Definitivamente la adoptaron como hija y ella se dejó adoptar.
El idioma francés entrecortado fue siendo entendido por el matrimonio y el español, muy de a poco, fue siendo asimilado por la jóven.
El amor que se brindaron mutuamente hizo que se destacara la fortaleza de la joven haitiana, que nunca supo como llegó a estas tierras.
Tras los burocráticos papeleos Luisiana se nacionalizó española y tuvo a sus nuevos ancianos padres.
El tiempo fortaleció el vínculo. Cada uno tenía su función en la administración de la casa. La huerta subyugó a Luisiana y amplió altamente sus cultivos.
El tiempo, implacable, se llevó a Felisa y a los pocos meses partió Pedro.
El dolor de las pérdidas se hizo presente una vez mas en el corazón de Luisiana.
Ese dolor lo transformó en solidaridad.
La casa de los abuelos pasó a ser el primer comedor solidario del Pueblo y en forma gratuita les daba su ración de comida a niños, jóvenes y adultos.
Su huerta la acompañó siempre.

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