El Piria, un pájaro libre. (Fútbol y Amistad)

El Piria, un pájaro libre

Profesión, lo que se dice profesión, era la que tenía el uruguayo Alcibíades, el “Piria” le decíamos.

Algún día de 1965, no se supo nunca cómo, apareció en los pagos de Bernal Oeste, más precisamente en “La Soledad”, Barrio con cancha de “ once “ o cancha de “ once “ con Barrio, donde uno de los personajes inolvidables era el Negro Lovel, aquel boxeador que nunca vi arriba de un ring, pero al mirarlo caminar, ya “ cantaba “ su historia.

La cancha en sí tenía 2 arcos de madera despintados, sin red, las líneas del perímetro, de las áreas, de los corners, etc., era surcos, algunos de cierta profundidad que provocaron alguno que otro esguince; el pasto, …… bueno, pasto no tenía, salvo en algún rincón, lo reemplazaba la tierra y la polvareda.
Vestuarios, casucha de chapas, detrás de los arcos rodeados de sauces llorones y eucaliptos enormes que también tenían sus años.

De “ El Piria “ nunca supimos demasiado, era tan parco fuera de su profesión que ni siquiera sabíamos su apellido, su edad, su domicilio, si tenía familia, cuál fue la causa de venir a Bs. As., pero en definitiva, no sé si hubiésemos tenido algún beneficio conocer sus datos, pienso que su anonimato le daba marco a su personalidad.

Además siempre estaba ahí, donde tenía que estar, era de llegar primero y se lo veía irse, cuando ya la cancha le hacía méritos a su propio nombre, La Soledad.

Sábado tras sábado, semana tras semana, mes tras mes y año tras año, el Piria era uno de esos personajes infaltables junto a “ Viruta “, su perro de raza “ callejero “. Blanco, con manchas marrones, ojos vivaces y orejas largas. Viruta demostraba, con su cola incansable, que tenia orgullo por su amo, llegando con él, esperándolo 90 minutos o más … , haciéndole “ pata “ en el entretiempo y por fin acompañándolo de regreso, tomando la delantera como marcándole el camino.
Ambos, formaban parte del paisaje de “ La Soledad “, estaban tan presentes, como el mismísimo Lovel, como los sauces y los eucaliptos, como esos arcos de madera despintados.

Nosotros que teníamos una edad promedio de 17-18 años, formábamos un equipo que jugaba siempre de local, y defendíamos los colores de “ La Soledad “ contra otros Barrios, contra casados, contra solteros, contra otros equipos y contra aquellos que se animaban y hacían su desafío.

Como todos los equipos ganábamos, empatábamos y perdíamos, aunque varias veces los partidos se suspendía por causas varias, motivos que para cualquier “Potrerista” dejo librado a su imaginación.

Generalmente, o sea, todos los sábados nos reuníamos jugadores, técnicos, aguateros, público objetivo, hinchas poco objetivos, arcos, pelota etc., etc., etc., y siempre un lugar sin ocupar, un hueco sin tapar, una función sin cumplir, una profesión sin cubrir, un silbato sin soplar, exactamente lo que Ud. pensó:

Un Referi !!! Un árbitro !!! Un Juez !!!

Nadie quería asumir ese rol, nadie se responsabilizaba de semejante “responsabilidad”, hasta que un día, cuando pedimos a los presentes que alguno agarrara el pito … bendito día de agosto del ’65, un hombre de unos 40 años, más vale alto, morocho con algunas canas que se mostraban como al pasar, con un pantalón vaquero gastado de ninguna marca y camisa escocesa, estaba sentado sobre una piedra y se levantó en dos tiempos, como sintiendo su historia, apagó el cigarro con su pie derecho, acarició la cabeza de su perro, se dirigió con voz fuerte y firme, al grupo que esperaba ansioso el inicio del encuentro, gritó:
“ Yo dirijo, muchachos “.

Muy seguro de sí se encaminó hacia el centro de la cancha, nos convocó a todos y nos dijo: “ soy Referee y no tengo problemas en arbitrar el encuentro, eso sí … necesito el respeto de Uds.

El mismo respeto conque yo
los trato a Uds. Si estamos de acuerdo, se quedan conmigo los capitanes, ah! mi nombre es Alcibíades, pero no hay cuestión si me llaman “ Piria “.

Dicho esto, que fue tomado por nosotros y por los jugadores de “9 de Julio “, rival del día, con cierta sonrisa un tanto nerviosa, mezcla de: “ ¡ qué bárbaro ! y/o ¡ este loco de dónde salió !”, se quedó con Pedro N° 6, Capitán nuestro y con el N° 5 contrario que miraba al Piria, automáticamente miraba a sus compañeros y volviendo sus ojos al Referee se sentía extraño de esa situación.

Tal como Juez de Box, tomó a los capitanes de los hombros y les habló tanto, que desde afuera de la cancha se escuchaba aislado algún: ¡ dale Loco, dejate de sermones ! ¡ Empezá el partido, .. che ! hasta que por fin le dio la mano a ambos deseándole suerte y ahí comenzó el idilio entre La Soledad y El Piria, La Soledad con su historia y El Piria, con su “ Viruta “ y su silbato con su cinta roja que se enroscaba y desenroscaba en su dedo índice de la mano derecha, como agente de la Federal, en día domingo, vigilando su tranquila esquina.

Dentro de sus costumbres, el sorteo lo realizaba con el silbato. Con sus manos se lo llevaba a su cintura y como haciendo pases de magia lo encerraba en uno de sus puños y luego hacia elegir a uno de los capitanes, llevando sus dos brazos hacia delante y preguntando ¿ en qué mano está, señor ?

Siempre nos trató de señor, aún en situaciones fuleras, siempre nos decía señor. ¡ Siga señor ! ¡ No se tire señor ! ¡ Más despacio, señor ¡ ¡ Señor, la próxima se va a duchar ! ¡ Señor, no insulte !

Un día, en un entretiempo, mientras acostumbraba a fumarse un cigarrillo, alguien le preguntó por qué no usaba la moneda para el sorteo de arcos, a lo que respondió con lacónica voz: “ Perdí 2 ó 3 monedas al revolearlas y hoy la cosa no está para perder chirolas ” . Cuando tenía esas respuestas nos sacaba una sonrisa y una duda: qué tipo tan particular !!!

Previo al pitazo inicial tenia la costumbre de tocar el pasto con su mano derecha, miraba su reloj, y levantando su brazo derecho, hacía una seña como dando el OK del comienzo del partido a los supuestos Jueces de línea, o al público o a los técnicos o a Viruta, o vaya uno a saber a quien se dirigía.
Se hacía la señal de la cruz y silbato en boca, cuya cinta roja colgaba de su cuello, pegaba un pitazo que no era difícil que lo escucharan desde la cancha de la Bernalesa, cancha más pituca, con vestuarios, con las líneas marcadas con cal, cercada con ligustrina que quedaba a un par de cuadras.

Así fue que tuvimos un “ Señor Referee” al que no teníamos que llamar o rogar, ya estaba ahí, dispuesto a afrontar el próximo compromiso, y nosotros y hasta los contrarios, esperando que él estuviera dirigiéndonos con sus terribles errores, con sus pautas tan particulares, pero con toda la objetividad y todo el respeto por la profesión que Dios le había encomendado. Y Viruta, su perro, atestiguaba sentado frente a la piedra que solía usar como asiento el Piria, antes, en el descanso y después de cada partido.

Aprendimos un montón con él, que si bien tenía que ver con el fútbol ya que las asimilábamos en el mismo partido, hoy después de 30 años fueron cosas que nos quedaron para toda la vida:

  • El respeto por los compañeros.
  • El respeto por los contrarios.
  • El respeto por los técnicos, el aguatero y el público.
  • El festejo medido, la derrota con altura.
  • El aceptar y respetar al Juez.
  • El compartir la bolsa de agua.
  • El sentarse después del partido y sacar conclusiones.

Tanto dejó El Piria que me animaría a decir que fue parte del crecimiento en una etapa de la vida donde sin darnos cuenta se va forjando al hombre, al papá, al esposo, al hijo que siempre fuimos, a ser un hombre de bien, a ser hoy, un hincha de fútbol que disfruta y saborea de un Domingo, sin violencia y sin violentos.

Pensar que el Piria fue, a pesar de todo, un tipo más que agredido, más que insultado, más que despreciado, “cosas del fútbol dijera alguien, con todo eso en contra, siempre dando el ejemplo, no perdiendo su profesionalidad.

¡ Ojo ! Yo creo que algunos insultos los tenía merecido: nos hacía creer que jugábamos con Jueces de línea y estaba todo bien hasta que en algún gol que invalidaba te decía: ¡ Señor … ¿no ve al línea que marcó el orsay? y vos te volvías loco, pero luego lo asumías, lo aceptabas.

Seguía el juego tan de cerca que una tarde en esos partidos de barrio y cuando faltaban 3 minutos y empatábamos 2 a 2 con Juventud Unida, resultado con el cual salíamos campeones en un octogonal que “ premiaba “ con $ 500.- ( no recuerdo con qué moneda de las tantas que supimos tener o pretender), que acompañando la jugada en que el 7 de “ Juve” se fue por su punta y al llegar a la línea tiró un centro al medio del área que pasó al 9 de ellos y al 6 nuestro y por más que El Piria se agachó como esquivando el balón, no lo pudo evitar, le pegó en la mollera y la clavó en el ángulo, donde los arqueros no llegan, como no llegó Carlitos, nuestro arquero. Pitó, señalo el centro del campo y convalidó el gol.
Perdíamos 3 a 2.
Lo queríamos matar, el capitán nuestro nos quería frenar pero no pudo, cuando lo fuimos a empujar y a calzarle algún sopapo, sacó pecho, se puso firme y gritó: ¡ Señores el Juez es como un poste dentro de la cancha y si la pelota pega en el poste y entra es gol; esto es gol, señores y se acabó !

Mordiéndonos los labios fuimos a sacar del medio, terminó el partido, perdimos el partido y … la plata.

Nos fuimos cabizbajos a cambiarnos. Se acercó El Piria atrás del arco, discutimos, tuvo razón, se la dimos, compartimos una choriceada, El Piria la compartió con nosotros y con su Viruta.

Yo siempre trataba de acercarme y conversar sobre otras cosas, siempre me dejaba alguna enseñanza o alguna duda más que era una forma de aprender cuando le hacía alguna pregunta que no quería o no podía responder. Generalmente contestaba con otra pregunta, con lo que uno cambiaba el tema y a otra cosa.

Con el aprendí a mirar el cielo, las nubes, los pájaros y a disfrutar de la inmensidad y de las alturas, con solo observar. El siempre miraba el cielo.

La que nunca pude contestarle o contestarme fue: ¿ dónde mueren los pájaros libres que mueren ? y siempre que me ponía a mirar pájaros nunca me podía imaginar dónde morían … cuando morían.

Expulsaba muy poco, pero cuando lo hacía iba al encuentro del susodicho y le explicaba los motivos de la expulsión, tratando de darle las pautas para que disfrutara del juego, que gozara de lo que era un partido de fútbol.

Cuando conversábamos sobre esta actitud, nos dábamos cuenta que fuera el partido que fuera la cuestión era jugar y gozar, tanto como él jugaba y gozaba con cada partido que tenia el honor de dirigir.

Después de algunos años, este Referee objetivo y al que todos querían, formó parte de nuestro grupo; y si bien es muy difícil hablar de Amistad, yo no sé si él lo sabía, pero sí, yo sentía que El Piria era mi amigo y más de uno de nosotros lo consideraba igual.
Una tarde conversando en el final de un partido y entendiendo que no tenía un buen pasar económico, resolvimos hacer algunas “ vaquitas “ cada tanto y darle unos mangos.
Fue así como le vimos cambiar alguna pilcha, comprar un collar a Viruta, y su gran estreno: un par de botines de cuero con tapones que cada tanto se los miraba con orgullo intentando pegarle una lustrada frotándoselo con la pantorrilla de la pierna opuesta.

Todo esto, más el entorno de La Soledad, si bien no modificó su forma de ser, le dio una sonrisa que muy pocas veces habíamos visto anteriormente en él.
Se le notaba esa alegría de poder estar ahí, con su entorno, con su “ soledad “, con su silbato que no dejaba de dar vueltas en su cinta roja enroscándose y desenroscándose de su dedo índice de su mano derecha, creo que llego a sentirse un tipo pleno en el mas amplio sentido de la palabra.

A veces nos permitíamos darle “ un consejo “:
¡ no fume más Piria, aunque sea déjelo en el entretiempo !
¿Piria, Ud. anda comiendo bien? ¡ Está muy flaco, viejo !
Se encogía de hombros como asumiendo la verdad, pero como negando la realidad.

En cada partido se le hacía mas difícil “ aguantar el tren”, se fatigaba y los accesos de tos lo tenían mal, pero una vez que transcurrían 10 o 15 minutos de comenzado el partido, era otro se transformaba y comenzaba a gozar de su participación.

Empezó a disfrutar más de los terceros tiempos, las charlas, el compartir la gaseosa, creo que el también, íntimamente nos sentía sus amigos y hasta Viruta jugueteaba con mas ganas cuando volvían camino a su casa, … camino a su mundo.

En un partido que jugamos contra el Rayo Verde íbamos ganando 1 a 0 con gol de penal que nos dio él y “el línea”.
Sólo él lo vio, los del Rayo se lo comieron porque sabían que Piria era muy objetivo y si el lo había cobrado ¡punto!, pero, siempre hay un pero, expulsó a nuestro arquero por insultar a un delantero contrario.
Siii, a Carlitos, repacifico, un pibe buenisimo, pero Carlitos reaccionó, fue corriendo y le pegó una piña en la boca que le hizo volar dos dientes, dejándole partido el labio superior que largaba sangre como canilla abierta, y que todos tratábamos de parar, hasta el mismo Carlitos que se había dado cuenta de lo que había hecho.

Con mucha agua y pañuelos por suerte la sangre paró, y aunque los dientes ya no eran recuperables, nos saludó como siempre, lo abrazó a Carlitos, le dio una palmada en la cola, “ nos vemos el sábado “, dijo.

No fue el golpe en sí, sintió la pérdida del respeto.

Nos dimos cuenta que no le dolía la boca, le dolía el corazón. Tapándose la boca con un pañuelo se fue a sentar a la piedra de siempre, jugando con Viruta, que fue testigo de las curaciones que intentamos practicarle; hasta que al rato y como siempre se esfumaba siguiendo los pasos zigzagueantes de Viruta, cabeza gacha, manos en los bolsillos y su mente … que pensaría su mente?

Se había organizado un partido solteros contra casados con jugadores nuestros y de la Bernalesa, de ésos que no sabes cómo pero siempre ganan los casados, final con asado y guitarreada festejando entre otras cosas un juego de camisetas nuevas que conseguimos comprar luego de vender una rifa cuyo primer premio era una bicicleta, que si bien no viene al caso, el número premiado no se había vendido, la bici quedó para nosotros.

La decisión de regalársela al Piria no fue desatinada.

La previa del partido era diferente a la acostumbrada, era un encuentro amistoso, donde nos Mezclábamos con jugadores de los rivales de siempre. Las camisetas nuevas.., el asado del final.. las seguras “ cargadas de los casados a los solteros, y como broche final, sin actos ni palabras especiales se realizaría la entrega de la bici al Piria. ¡ Qué día inolvidable !
Casados empezó ganando el sorteo de las camisetas, solteros, de todas formas, luciría un juego seminuevo del equipo de la Bernalesa.

Empezamos a hacer el calentamiento previo, y después de un rato alguien dijo:
“¿ Che, y El Piria que no lo veo ? ” y otro respondió: “ ¡ Ya estará por venir, ése sí que no falla ! “ “debe estar haciendo flexiones para estar acorde al acontecimiento, mando otro, raro que el uruguayo no esté, acotó otro, che le avisaron que jugábamos?

Lo primero que se me cruzó en la cabeza fue que estaba enojado por el piñón del otro día. Me dije ya se le va a pasar.

Cuando pensé en eso, me corrió un frío por todo el cuerpo y la garganta me latía sin poderla frenar. Como hacíamos para ir a buscarlo, si no teníamos idea donde vivía. De todas formas me daba bronca que no viniese.
Esperemos un rato, ya vendrá.

Mientras tanto nos entreteníamos pateando alguno que otro tiro al arco, haciendo elongaciones, pero yo no dejaba de mirar la piedra vacía, su asiento.

Me distraje, cuando de repente y como de la nada, en un trote veloz y dirigiéndose al centro mismo de la cancha llegó fatigado como nunca, con el silbato con su cinta roja colgada del cuello, con su cola entre las piernas, sus orejas gachas, sus ojos tristes, Viruta buscaba a alguien. Me encontró a mí, subió sus dos patas hasta apoyarlas en mis hombros, le acaricié la cabeza, ni siquiera intenté sacarle el silbato, sólo seguí acariciando su cabeza, sus orejas, conteniendo su temblor.

Mire al cielo y nuevamente no me pude contestar:

“ ¿ Dónde mueren los pájaros libres … que se mueren ? ”

Carlos Emilio Dentone

Relato que forma parte de mi Libro:
Me olvidé del Mundial y otros Cuentos.

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