Un Sol … un Peso (Encuentro casual)

“Un Sol … un Peso”

Como todas las mañanas de este último tiempo de mi vida, sin dejar que el despertador me sorprendiera, me alcé de la cama y comencé con mi rutina diaria: ducha, un guiño al espejo, mate amargo y las noticias que fluían de mi pequeña radio -compañera de soledades – tétricas, angustiantes, crueles, reales, que se empecinaban en estar presentes, con asistencia perfecta en cada mañana.
La última mirada al espejo me devolvía una sonrisa tipo Stan y Oliver, las llaves de gas cerradas, las luces apagadas, la puerta de calle, doble cerradura controlada y … a la vida.
La trillada charla con Don Guillermo, el canillita, diario bajo el brazo y a caminar mis seis cuadras, con destino a la parada de colectivos que, con suerte, me transportarían, demasiado verbo, para lo que significa viajar desde el sur del Gran Buenos Aires hasta su terminal cerca del Correo Central … o más explícito: Avda. Corrientes y Avda. Paseo Colón, a las 7 de la mañana. Viajar hacinado, acalambrado, pensando y rogando al mismo tiempo que, algún aviso clasificado del día, de algún matutino, me diera la posibilidad, al menos, de una entrevista de trabajo. Se hace difícil, más cuando ya el codo de los 50 quedó atrás, pero allá vamos, todos los días un desafío … como la vida misma.
Fin del suplicio, estirar las piernas y ubicar una mesa en algún bar de aquellos que suelen cobijar mi esperanza o mi fracaso del día. El pedido de un café cortado, costo que resulta importante sumando el diario y el pasaje, a la hora de evaluar lo que significa “el trabajo de buscar trabajo”.
Ya dispuesto a comenzar esa parte de mi mañana sentí, casi distraídamente, que mi mente me inducía a salirme de esa estructura cotidiana. Ni siquiera abrí el periódico, sólo miré sin leer, la tapa y la contratapa, por lo que no tuve una devolución de su parte. No hubo interacción con el diario.
Me propuse observar, desde mi mesa, a la gente que deambulaba por los alrededores e intentar explorar en cada uno su cara, su gesto, su ropa, su forma de caminar, su interior. Me resultó entretenido ese juego, pero era tanto el ir y venir alocado de los transeúntes, que no pude cumplir con el cometido. Sólo me quedo la visión global del hombre común, el de todos los días, apurándose a llegar en hora a su trabajo, a cumplir con alguna obligación, trámites, acudir ansioso a una entrevista laboral o simplemente caminar. Nada me dio la pauta que esa gente caminaba en paz y mucho menos que mostraban en sus gestos un dejo de felicidad. Habrá sido mi mirada o seria una realidad? O simplemente estaba proyectando mis angustias, en esa gente anónima a mi vista?
Rápidamente pagué mi cuenta, dejando el diario, vírgen a mis ojos, a modo de propina. Me largué a caminar mezclándome en esa masa de personas, como uno más, con una diferencia, fui transitando distendido observando todo el cuadro que iba teniendo bajo mi vista, descubriendo edificios, vidrieras, los primeros vendedores ambulantes que se instalaban estratégicamente, los trabajadores del cartón, los motoqueros y sus peligrosas piruetas, los enormes kioscos de diarios, revistas y afines. Había intentado tomar cierta distancia con mi problema elemental, el desempleo, y estaba de alguna forma, disfrutando de ver pasar la vida y al mismo tiempo tratar de ser parte de ella.
Después de un rato de deambular llegué a una plaza, ubiqué un banco medio desvencijado y me senté contemplando frondosos árboles añejos, con sus troncos que asumían distintas formas y figuras ante mí.
Ahí también, el pasar de la gente era fluido, salvo algunos que caminaban despaciosamente, otros que buscaban aquel pedazo de pasto, para lograr que sus mascotas dieran lugar a sus necesidades, aquéllos que intentaban sentarse en un banco para leer su diario, un libro o simplemente esperar a alguien. Desde mi salida del bar hasta ese momento, había logrado dejar atrás el pensamiento tortuoso de mi búsqueda y realmente disfrutaba de esos minutos vividos.
Cuando ya mi mente y mi sentir estaban en un vuelo sin escalas, se acercó un hombre, un pordiosero, un ciruja de tantos que se suelen ver por ahí y que se van reproduciendo sin solución de continuidad. Anciano de vivir, y no por su edad cronológica, trató de ubicarse en la otra punta del banco, como para no incomodar, lugar que a esta altura ya era territorio mío y de mis fantasías. Con voz poco clara, sin levantar su cabeza, balbuceó en Castellano, pero se notaba que su acento no era argentino: – “Hermoso día nos tocó hoy eh? Mire que sol !!!”, como buscando mi respuesta. Asentí con mi cabeza, confundido, extrañado. Siempre pensé que esos seres no dialogaban, sino consigo mismo. Acomodó su cuerpo endurecido, dio lugar a sus bártulos que pesaban colgados a sus costados y siguió con sus entrecortadas palabras, algunas de las cuales pude entender y otras no … como la vida misma …
Su rostro, curtido por recibir todas las inclemencias climáticas y los avatares de la vida, era el de un hombre sufrido con un dejo de bondad que me siguió sorprendiendo. Fui descubriendo a un ser humano cálido, sensible, tosco, sabio. Cada tanto sus ojos brillaban y dejaban caer alguna lágrima que recorría lentamente los surcos de su piel, hasta llegar a la comisura de sus labios, brotándole una sonrisa espontánea, al sentir esa gota salada en su boca.
En su relato mezclaba cosas de su niñez con su profesión, su deporte de juventud con el nacimiento de sus hijos, sus poesías de amor con la pérdida de sus padres, sus exámenes aprobados con su separación matrimonial , su club de fútbol con su despido laboral y otras cosas que no le pude entender, por más que trataba de esforzarme por lograrlo.
Cada tanto, en su relato, decía muy clarito: “un Sol … un Peso “, frase que nada tenia que ver con su narrar, pero que repetía mucho “un Sol … un Peso”.
Me quedaron grabadas, en mi interior, esas cuatro palabras con un silencio pensante en el medio.
Todas sus vivencias, condensadas en un monólogo, en una mañana de sol, en el banco de una plaza y al costado mío que, con un silencio impensado, trataba de absorber todo lo que manaba de su interior.
Había pasado más de una hora de este encuentro, mi boca estaba seca de no hablar, ni siquiera pude concientizarme si en algún momento trague saliva, había congelado mi tiempo.
Mi confusión inicial se convirtió en reflexión y la reflexión automáticamente en ilusión. Entre la caminata y Fernando, así dijo en algún momento que era su nombre, se me había pasado la mañana, una mañana diferente. No estaba arrepentido, al contrario, pero ya era demasiado el cúmulo de sensaciones que no podía terminar de elaborar con serenidad.
Se me hacía difícil dejar aquel banco, aquel hombre, aquella plaza, aquel instante, aquel sol.
Me dio pudor abrazarlo como lo hice. Me avergoncé de llorar aferrado a ese ser inmenso, me salió poco claro un: “gracias por todo …”, mis primeras palabras, mi primer balbuceo, para con él. Su sabiduría dejó que yo digiriese mi propia historia en pocos segundos.
Puso mi mano entre las suyas, me miró a los ojos con su tierna y especial expresividad, los cerró y ya no hubo ni palabras ni gestos.
No me extrañó que ningún componente del gentío se percatara de esta situación En las urbes, cada ser deambula enfrascado en su vida, en sus problemas, en sus sueños …
Se levantó pesadamente, sacó papeles de un bolsillo de su lustroso y rotoso sobretodo, los miró atentamente, los colocó en el otro, cargó sus trastos sobre sus hombros y su figura cansina se fue esfumando tras los árboles. Se fue perdiendo entre la multitud que seguía incesante su camino. Se fue yendo con su mundo a cuestas … sin dejar de repetir “un Sol … un Peso …”

Carlos Emilio Dentone