ANTONIA Y ZULEMA (Encuentro de Amigas)

Antonia y Zulema nacieron en el barrio de Once, en la Capital de Buenos Aires, con pocos días de diferencia allá por los años ’50.

Sus familias eran vecinas y amigas.

Así fue que ambas fueron a la misma escuela, compartiendo el mismo grado de la Primaria y su continuidad en la Escuela Secundaria.

Niñez y juventud a la par !!!

Las salidas al cine, las reuniones de amigos y los consabidos “asaltos” de la época, fueron intensamente vividos por ambas.

Físicamente, Antonia era una mujer alta, rubia y de buen porte, dedicó su vida al hogar. Como hobby le encantaba bailar y el Tango era su fuerte.
Zulema, en cambio, era bajita, morocha y rellenita. Continuó sus estudios en la Universidad y obtuvo el Título de Bióloga, profesión que amaba.
En un viaje de estudios a Puerto Madryn conoció a Silvio, un instructor de buceo. Al poco tiempo contrajeron matrimonio y construyeron su hogar en aquella Ciudad del sur argentino. No tuvieron hijos.

Antonia se casó con Julián, un cantante de tangos, que conoció en un baile de carnaval, cuando cumplió 32 años y al tiempo tuvieron a Liliana, su única hija.

En esa etapa Antonia y Zulema perdieron el contacto fluido. Cada tanto cruzaban alguna carta, poniéndose al día sobre sus vidas.
A medida que avanzaba la tecnología, se contactaban por correos electrónicos y muchas noches utilizaban el Chat, para conversar.

Tuvieron encuentros personales cuando Zulema visitaba Buenos Aires o bien, cuando Antonia se hacía una escapada a Madryn.

Continuaron compartiendo sus vidas, con sus alegrías, sus tristezas, sus novedades a la distancia, pero muy fieles y destacando siempre el valor de la amistad.

Pasaron los años y ese vínculo se consolidó.

Zulema viajaba más seguido a Buenos Aires, ya que tuvo que hacerse cargo de la vivienda que sus padres le dejaron como herencia y los encuentros con Antonia fueron más asiduos.
La casa de Zulema fue alquilada y Antonia le hacía las veces de administradora: cobraba el alquiler mensual y solucionaba algún problema que surgía en la vivienda.

El esposo de Antonia falleció en una gira artística y la convirtió en viuda a los 51 años. Momentos duros que afrontó con Liliana, su hija, que había alcanzado los 22 años.
Con la pérdida de su esposo, Antonia comenzó una nueva vida, la que se agravó con el síndrome del “Nido Vacío”, ya que Liliana decidió independizarse. Su primer paso fue irse a vivir sola. Siempre fue una chica muy libre, de carácter muy fuerte.

Antonia sufrió momentos de ostracismo y de depresión. Tenía como único contacto a su amiga Zulema quien trataba de darle ánimo y apoyarla. Le propuso pasar algunos días en su casa de Madryn, a lo que Antonia se negó. La angustia era muy grande.

A pesar de los sinsabores, la relación entre ellas seguía firme.

En una de esas conversaciones, Zulema le contó que su relación con Silvio, no funcionaba bien, él se había volcado a la bebida y todo se tornaba muy difícil. Hasta llegó a agredirla físicamente.

.Continuaron las charlas sobre el tema y Antonia fue venciendo la depresión y se propuso ayudar a su amiga.

Por más que Zulema intentó salvar a su pareja de distintas formas, nada pudo cambiar.
El divorcio fue un hecho y, una vez solucionados los temas legales, se despidió de amigos y conocidos sureños.
Después de renunciar al trabajo como Bióloga, decidió regresar a Buenos Aires …

El nuevo encuentro entre ellas estaba plagado de mucha tristeza, dos mujeres ya mayores se encontraban sumergidas en una soledad no merecida.

Antonia le ofreció su hogar hasta tanto se venciera el contrato de alquiler de su casa, y así poder reacondicionarla para volver a ella.

Zulema aceptó la propuesta y fue así que comenzaron una vida distinta, un volver a empezar.
Resultó un compartir diferente a sus hábitos. Un cambio que las fortaleció y, sin proponérselo, fueron sobrellevando sus duelos.

Distribuyeron sus tareas en el hogar, dedicándose la una a la otra, logrando una relación armónica.

Zulema ocupó el cuarto vacío que había dejado Liliana, quien la visitaba esporádicamente, compartiendo el resto de las habitaciones de la casa.

Tuvieron, como todas las amigas, encuentros y desencuentros, pero éstos, no pasaban de una discusión normal.

Cada tanto, Liliana visitaba a su madre, sintiéndose aliviada. Ya no le pesaba tanto la soledad y la angustia de su Mamá.
Antonia no conocía la verdadera razón de la independencia de su hija.
Vivía sola en un departamento pequeño de San Telmo y trabajaba como secretaria de una Asociación.
Desconocía a ciencia cierta a qué se dedicaba dicha entidad, pero la notaba feliz y eso era suficiente para una madre.

Tanto Antonia como Zulema solían sorprender a la otra con alguna rica comida o la compra de algún adorno para la casa, cuando no un ramo de flores o alguna prenda de vestir.
Acudían asiduamente a la peluquería y a hacerse tratamientos faciales, hasta comenzaron a hacer gimnasia, aunque les costaba mucho ya que nunca lo habían hecho.
En ambas surgió la necesidad de superar sus penas y de recomenzar sus vidas.

La alegría había superado a la angustia.

La convivencia les dio la posibilidad de vivir por y para ellas.

Finalmente Zulema tenía solucionado el tema del alquiler, ya podía disponer de la vivienda. Ambas fueron rediseñando la casa, diagramando parte de sus habitaciones, eligiendo los colores de las mismas, las nuevas cortinas, todo en un plan común.
Estaban felices con este nuevo proyecto, pero a su vez experimentaban la sensación de otra soledad, a pesar que sus casas distaban solo seis cuadras entre sí.

En una de esas noches en las cuales un sillón y un televisor eran testigos de una charla más, después de una exquisita cena, la conversación se centró en el regreso de Zulema, a su casa. Ambas, en un cruce de miradas, quisieron decirse algo que no llegaría a plasmarse en palabras, tan sólo fue un abrazo fuerte y prolongado que provocó algunas lágrimas.

Se fueron a dormir con un cierto sinsabor, conociendo tal vez el motivo, aunque les resultase difícil explicarlo.

Sus almohadas consejeras, fueron preanunciando lo que les sucedería.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban, Zulema le dijo muy decidida a Antonia que no quería irse de la casa, que no podía estar alejada de ella, que así sentía, pidiéndole disculpas si esto podía ser tomado como un abuso o una desubicación de su parte …

Antonia no se sorprendió, no se inmutó, se levantó de su silla y, como un robot, llegó hasta la silla de Zulema, la abrazó, buscó su boca y el beso apasionado selló el florecer de un inesperado nuevo amor.

Se amaban, se necesitaban, tenían su nido … Aceptaron que el amor las había unido muy fuertemente y disfrutarían de él.

Como toda pareja, comenzaron a planear su convivencia, algo que jamás habían pensado, pero la realidad les proponía ese volver a empezar.

Uno de los temas que trataban a diario era planificar qué “estrategias” utilizarían ante “la sociedad”, que aún se resistía a aceptar a las parejas del mismo sexo.

Uno de los “karmas” fue cómo se lo comunicarían a Liliana. Fueron postergando la decisión de reunirse con ella. Consensuaron vivir gozando de esta nueva situación y cuando se diera el momento le contarían a la hija de Antonia …

Decidieron festejar los tres meses de aquel desayuno memorable, feliz, único e inolvidable.
Organizaron un almuerzo en un restaurante típico de Palermo, un café en Recoleta, una película en el Abasto, una merienda en un hotel de Av. Callao y una cena en casa, con su comida preferida y velas encendidas dándole marco a un día de festejo del amor.
Disfrutaron del día como nunca lo habían sentido.

Pasada la cena se dirigieron como dos niñas, tomadas de sus cinturas, al living. Las esperaba el mullido sillón, una luz tenue de una restaurada lámpara, la música de Noche de ronda se escuchaba muy suavemente. En la mesita ratona las burbujas del champagne danzaban en ambas copas, donde coronarían el brindis.

Dentro del plan del día habían optado por apagar sus celulares y descolgar el teléfono fijo. Vivir su mundo y este festejo sin interrupciones.

Liliana intentó varias veces al día comunicarse con su madre o con Zulema, quería informarles que estuvieran atentas, ya que iba a realizar unas declaraciones en un noticiero de la televisión.

Al no recibir respuesta, se preocupó … algo malo presentía.

Ya era tarde, se acostó y decidió levantarse temprano al día siguiente e intentar comunicarse nuevamente. Fue infructuoso.
Cargó unas pancartas en su moto, las que utilizaría en una movilización que su Organización había planeado para ese mediodía. Se dirigió a la casa de su Mamá. En el propio frente hizo un intento más, de otro llamado, no tuvo respuesta.
Había llevado las llaves de la casa, que aun mantenía en el mismo llavero de siempre.
Tocó el timbre. Nadie respondió.
Con mucho temor colocó la llave, abrió la puerta y entró a la casa.
Lo primero que divisó en el living fueron las copas de champagne volcadas en la mesita, ropas tiradas por el piso que guiaban al dormitorio de su madre.

El silencio total le dio la pauta que no había nadie en la casa.

En el corto trayecto hacia la habitación pensó mil cosas, ninguno de los fugaces pensamientos tenían buen augurio.

La puerta del cuarto matrimonial estaba entreabierta, la abrió un poco mas, muy despaciosamente.

Era la primera vez que Liliana veía la integra desnudez de su madre, su sorpresa fue verla abrazada a Zulema.

Tropezó con la puerta, lo que hizo despertar sobresaltada a su madre, quien se levantó instintivamente de la cama e intentó darle una explicación a su hija, mientras trataba de taparse con una sábana.

No hubo tiempo, Liliana sólo atinó a emitir un grito estruendoso.

– “ ¡ Nooo … te odio Mamá !”, palabras que hicieron eco en toda la casa y en los corazones de Antonia y Zulema.

Con desprecio le tiró las llaves a su madre, que golpearon en su pecho.
Salió corriendo y despavorida dando un portazo.

Tomó su moto y se dirigió a la plaza donde, en minutos más se reuniría, en una marcha, con sus compañeras. Su lucha por la defensa de la Diversidad de Géneros continuaba con la convicción de siempre.

Carlos Emilio Dentone

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