RITA (AMOR)

 RITA

En el verano de 1970 Mabel preparó su valija, colocó sólo algunas de sus pertenencias indispensables para iniciar un viaje, sin tiempos. La decisión de viajar a la Capital de Buenos Aires era un hecho.

La búsqueda de nuevos caminos, una vida distinta, el sueño de muchos jóvenes del interior de vivir y tener otras oportunidades en la “Gran Ciudad”.

          Observó su cuarto por última vez. No dejó rincón sin analizar. Una sumatoria de recuerdos le afloraban, gran parte de sus días pasaron en esa habitación.

Tomó su maleta, sin muchos preámbulos, para que el momento no fuera dramático. Se despidió de su madre y de su hermana. Tenía el convencimiento que, algún día, ellas podrían dejar su Pueblo de cuna y convivir nuevamente en la Capital.

             Se venía preparando, desde algún tiempo, para el instante de la despedida. Tragó su llanto, se mantuvo firme, sabía que el beso y el abrazo sellarían el amor, aún en la distancia.

Al rato de marcha, vislumbró la soledad en su asiento del lado de la ventanilla en el Micro que, en algunas horas, la dejaría en la Terminal de Retiro.

            El trayecto hizo que viviera la ambigüedad de la lenta velocidad del micro y del llegar extremadamente rápido a destino.

            El paisaje campero pasaba por sus ojos, como película vieja, con sus cortes, con sus empalmes … El verde eterno de los campos, postes, alambrados, alguna casa a la distancia, algún nido de Hornero, el ganado buscando sombra y un cerrar de ojos para dejar de distraerse.

El Transporte llegó a la hora planificada. Bajó de él, con lentitud. Con valija en mano, fue girando su cuerpo, tratando que no la confundiera el incesante ir y venir de pasajeros recién llegados o de aquéllos que partían.

          Sorprendida ante la multitud caminando y corriendo, a lo cual no estaba acostumbrada.

          En algún momento había imaginado su llegada, pero se dio cuenta y asumió prontamente que tampoco estaba preparada para este paso.

         Nadie se percataba de su desazón, de su timidez, de su vergüenza, de sus temores. Por fin, tomó coraje y continuó con su plan.

         Consultó al canillita, que formaba parte del paisaje de la terminal, dónde podía tomar el colectivo 22, cuyo recorrido finalizaba en Quilmes. El hombre le respondió rápidamente, conocedor del recorrido de las tantas líneas que pasaban por Retiro.

 Le habían recomendado una Pensión, La Rosa, a pasos del Viaducto de Sarandí, Sur del llamado Gran Buenos Aires. Si bien no era Capital, solo la distanciaban 20 minutos de micro.

    Encontró el poste del 22 y, tras una extensa cola de espera, subió y luego de hablar con el conductor, pagó su boleto y pudo tomar asiento.

            Su ventanilla le mostraba otro paisaje, otra película. La ilusión óptica le hacia ver que los cuadros pasaban mucho más rápido. 

            En plena distracción, la voz del Chofer la hizo reaccionar, cuando le dijo: “Estación Sarandí, la próxima parada es la tuya”, según ella había solicitado al subir.

            Agradeciendo el aviso, bajó despaciosamente y al ver el cartel de la pensión, cruzó la Avenida Mitre cuando, el fluido tránsito, se lo permitió. Respiró hondo, exhaló e ingresó a lo que sería su nuevo hogar.

 “La Rosa” no sólo alojaba mujeres, más que nada jóvenes, sino muchos sueños incumplidos o ilusiones por alcanzar.

          En la Recepción, una mujer que rondaba los 60 años, conocedora de situaciones similares a la de Mabel, tras una breve charla, le dio la bienvenida diciéndole: “Esta es tu casa, tu nuevo hogar”, agregó “Contàs con mi apoyo “

            Si bien las palabras de Sonia, así era el nombre de la Encargada de la Pensión, no la conmovieron, le dieron cierta contención.

            Luego de realizar un pequeño “tour” por el establecimiento, incluyendo su cuarto y el baño externo, Sonia llamó a las que iban a ser sus compañeras de habitación con el fin de presentarlas.

            Otras historias, otras soledades, distintos planes, distintos sueños, con ellas comenzaba el compartir su nueva vida.

 Su primera meta era conseguir trabajo, sabía que no era fácil, nunca lo fue, y sus primeros intentos fueron vanos. Se encontró con salarios irrisorios o patrones con buena paga, pero con variadas apetencias. Lo que significa “el poder” y “el machismo” !!!

Mabel, con sus 25 años, era una chica de lindos rasgos, cabello negro, tez trigueña, ojos color almendra muy vivaces. Tenia una altura de 1.65 metros, buen físico en general, sus piernas contorneadas se destacaban y eran su orgullo.

          Su vida amorosa se limitó a un novio, Sergio, con el que se conocieron a los 13 años y tuvieron la oportunidad de crecer juntos. Se amaban pero, poco antes de cumplir 10 años de noviazgo, Mabel le confesó a Sergio que ya no lo quería, que estaba aburrida en la relación, que no soportaba la rutina que estaban viviendo. Golpe duro para el muchacho porque además de ser una decisión unilateral, no esperaba semejante sorpresa  … repentina … sin decir agua va …      Quedó dolido, pero aceptó la decisión con fortaleza.

Cada despertar de Mabel consistía en levantarse, ducharse, desayunar, leer los avisos clasificados, cambiarse y salir en búsqueda de un trabajo digno. Sabía que, con un Secundario inconcluso, sus chances de acceder a un empleo, eran poco pretenciosas.

          Cada día que pasaba y sin posibilidades laborales, la angustia iba acrecentándose. Tenía unos ahorros logrados con su trabajo en la Panadería de Don José, allá en su Pueblo, en la que atendía al público muy gentilmente.  Con el paso de los días, sin respuestas, su mente y sus pensamientos la comenzaron a atormentar.

          Analizaba su entorno, a sus compañeras de Pensión, donde había jóvenes de su edad hasta mujeres de alrededor de los 50 años.

         Veía más contentas, en general, a las de mayor edad, las más jóvenes tenían su mismo problema en cuestión de trabajo.

         De las charlas ocasionales se desprendía que varias compañeras trabajaban en los “piringundines” del bajo. Así se conocían los locales donde trabajaban coperas, en 25 de Mayo entre Lavalle y Córdoba y aledaños. Relativamente cerca del Puerto, donde la llegada de Marineros de todo el mundo era muy fluida.

Mabel sólo escuchaba las charlas en alguna mateada. Estas chicas, y no tan chicas, ganaban buen dinero. Algunas tenían sus planes concretos de alquilar un departamento y dejar la Pensión. Otras sabían que, a corto plazo, podrían estar accediendo a la compra de alguna casita, seguramente subvencionadas por esos personajes que aportan a estas causas y niegan a sus esposas la renovación del juego de dormitorio, para dar solo un ejemplo, dando cátedra de austeridad a lo que sumaban una pizca de buenas costumbres …. La disyuntiva la colocaba en aprietos.

Mabel necesitaba trabajar, tener un ingreso para poder progresar. La idea de traer a su Madre y a su hermana a vivir con ella seguía rondando en su cabeza, y poder así alejarlas de aquel hombre, su padre que, con sus palizas, más de una vez, dejaba malherida a su Mamá. Si bien no convivían, era del Barrio y cada tanto se acercaba a su casa amenazándola. Pero ese era otro tema, a Mabel no le gustaba hablar de su Padre.

Se propuso intentar una semana más a fin de conseguir nuevas entrevistas laborales.            A mitad de esa semana, se decidió. En la noche del miércoles caminaba embelesada por la avenida Corrientes con sus luces, el movimiento de la gente, las marquesinas de los teatros, los cines.

           La imagen la deslumbró. Entre ese gentío, que se mezclaba en idas y vueltas, observó a los comensales de un Restaurante. Sus ojos divisaron a Graciela,  una de sus compañeras de pensión, compartiendo animadamente su mesa con un muchacho mucho menor que ella.           Se escudó en una columna para que Graciela no la viera y continuó con su observación. Le llamó la atención la forma en que se reían, ausentes de su entorno, el modo en que se miraban y se tomaban de la mano, en cada risotada chocaban sus copas, brindando vaya a saber porqué  …     Esas que contenían un vino blanco, cuya botella descansaba en un enorme balde con hielo.          Al rato de seguir las acciones de Graciela y ese joven que bien podría ser su hijo, se sintió rara en esa posición de “chusma”.

        Siguió su camino, descubriendo lugares, cantidad de Librerías, Disquerías, Bares … unos pegados a otros y  gente … más gente …

 Esperó despierta a Graciela en la habitación hasta pasadas las 6 de la mañana, más precisamente a las 6.10 ingresó su compañera. Sintió su aroma, mezcla de alcohol, tabaco y noche. Le agradó. Le gustó el saludo de Graciela que indudablemente llegó feliz.

– ¿Qué hacès chiquita despierta a esta hora ? haciéndole una caricia en la cabeza.

– No podía dormir … Estoy preocupada … No se me dio ni un trabajo – balbuceó.

 -Tranquila querida “Mabe”. Mientras me cambio, preparate un mate y charlamos.

        Graciela se sentó a los pies de la cama de Mabel, comenzó a contarle sobre el dinero que había hecho esa noche.

        Parte de la velada ya la conocía, la otra se la imaginaba.

        Entre mate y mate Graciela le hizo un recuento desde su llegada a La Rosa. Tuvo avatares como todas, pero su vida cambió la noche en que la aceptaron para trabajar en un pequeño teatro, en el subsuelo de una Galería de la calle Florida.

– Entré al Teatro Floridita y comencé otra vida, aunque no me gustaba la propuesta, a la semana me hacía de buena plata, de una guita que jamás había visto. La necesidad por plata te pone una máscara y seguís adelante. Pero viste, yo ya soy grande, tengo que seguir y aprovechar mis últimos cartuchos …

        El trabajo en el Teatro era duro, no cualquiera lo podía hacer. El Show de Strip-tease comenzaba a las 10 de la mañana y finalizaba cuando el último espectador lo decidiera.      Los últimos en ver el Show seguramente se retiraban mareados y no por tragos alcohólicos, sino porque las chicas, a cierta hora de la madrugada, apuraban el paso y, a los pocos espectadores que quedaban en sus butacas, no le alcanzaban los ojos para ver con detenimiento y claridad, lo que afanosamente querían ver y aquello que sería un placer para la vista y centro de su propio ser, se transformaba en una calesita, un carrusel de giros enloquecidos, resultando muy difícil atrapar la sortija y tener la opción de otra vuelta.

        El espectáculo era continuado, por lo que las chicas rotaban en sus horarios, sus horas extras las hacían fuera del lugar y con gestión propia.

        El relato de Graciela le aclaraba la decisión a tomar por Mabel. Muchos caminos no le quedaban, o Floridita o el bajo. Una de las preocupaciones que tenìa era si algún conocido de su Pueblo la pudiese ver en esas situaciones. Pero al mismo tiempo, le parecía imposible que se diera esa casualidad.

     Graciela, ya vencida por el sueño, se acostó diciéndole: “Mabe, cualquier cosa me decís, te presento y punto, me duermo … estoy agotada …”.

En un par de días se entrevistó con Don Rogelio, el señor ya veterano y con abdomen prominente, se encargaba de contratar a las chicas (y no tanto), a esas futuras reinas del desnudo que darían vida al lugar, tanto de día como de noche. Llegaron a un acuerdo y esa misma noche Don Rogelio le ofreció comenzar.

– ¿Sin ensayar? Nunca hice esto – dijo Mabel.

– Vos seguí a las chicas, ellas te ayudan. Acá no hay arte, sólo desnudarte graciosamente.     Con ese físico vas a tener suerte y más de una hora extra !!! – concluyó Don Rogelio.

       A Mabel no la alegraba la decisión tomada, pero el tener trabajo esa misma noche le daba cierta paz. También pensó que, teniendo un ingreso y estando tranquila, sería más fácil buscar otro tipo de empleo.

Y la noche llegó. Se presentó en el lugar acordado, Don Rogelio le presentó a parte del elenco y al Coreógrafo, así se hacía llamar el muchacho que le dio las primeras indicaciones:

– Vos tenés que salir caminando por las tablas. Tené cuidado que es muy chico el escenario, lo haces como si no hubiera nadie en las butacas, ni a tus costados. La idea es salir desde el medio, caminas en fila hasta la punta derecha, ahí bajas la escalerita, das la vuelta por las butacas y volvès al escenario subiendo por la escalera de la izquierda. – dijo el Coreógrafo.

     Continuó explicándole cómo ir desvistiéndose, cómo desprenderse de su ropa sin dejar de mirar al público de manera insinuante y provocativa. “Gestos felinos !!!”, acotó. Mabel miraba y escuchaba, no emitía palabra mientras se ponía una bikini plateada, muy cavada, unos zapatos de tacos altísimos también plateados. Lo más difícil era ponerse esa cosa llena de plumas en la cabeza, el tocado. Pronto llegó una compañera a ayudarla.

     –   Hola, me llamo Mora, sentate que te ayudo, ya le vas a agarrar la mano. ¿Cómo te llamas ?

– Gracias Mora !!!  Soy Mabel, entré hoy recién, no se para dónde disparar …, dijo tímidamente.

–  Si, ya sabía, tranquila todo va a salir bien. Pero no podès usar tu nombre aquí, no te

dijeron ? Elegí un apodo, suponte Moría, Zulma, Cocó. Uno que te guste y no esté repetido.

–  Rita hay alguna ?

–  No. Es poco sugestivo, pero si te gusta … – Mora terminaba de ayudarla a vestirse.

       A poco, el nombre de Rita Marzi estaría impreso en los afiches, cuyo enunciado era “20 Chicas bonitas 20”.

      Le estaba terminantemente prohibido al personal, tomar contacto con los espectadores y, menos aún, recibir obsequios de parte de los mismos. A Mabel, mejor dicho a Rita, le pareció buena la idea, se sintió protegida, hasta que se dio cuenta que esa “Norma “, no se cumplía.

          Un debut con algunos tropezones, pero debut al fin. Se amoldó a las circunstancias, bailó muy bien, se supo desvestir sin demostrar su vergüenza y, según sus compañeras, la aplaudieron mucho. Ella no se percató.

         Lo único fuera de lugar y que no le agradó, fueron los manotazos que le dieron algunos viejos en sus soledades u otros de jóvenes que habían ido en grupo, como si fuera su primera vez. Esto solía ocurrir cuando bajaban del escenario y caminaban alrededor de las butacas.        Pero ya no había tiempo para más. Su segunda función comenzaba en pocos minutos.

       Así, Rita fue asimilando esta nueva vida, que en el fondo de su ser aborrecía, pero la tranquilizaba mucho. Incoherencias que nos ofrece la vida.

Comenzó a comprender este oficio, entendió a la prostituta, se dio cuenta quién lo hacía por placer, con eso de cautivar y seducir al hombre, y quién lo hacía por una necesidad económica.

         Pero también aprendió que, en algún momento, los extremos se cruzan, y quien lo hacia por placer se convertía en una muy buena amiga, con una vida común y normal a su mirada y, por otro lado y en algunos momentos, ella misma percibía sus excitaciones en alguna que otra función.

Pagaba el alquiler de la pensión en tiempo y forma. Comenzó a comprarse ropa y perfumes. Salía a pasear, a tomar un café, alguna vez iba a un restaurante, en ocasiones sola, en otras con alguna amiga que supo hacer en este tiempo.

         Cuando volvía a la pensión luego de una salida, generalmente sentía cierta culpa de haber gastado dinero. Tenia como meta: ahorrar, cosa que regularmente hacia guardando billetes de sus cobranzas, ya sea del Teatro como de horas extras, en un caja de bombones obsequiada por un admirador, guardada celosamente en su parte del ropero bajo llave.

Cada tanto, se comunicaba con su madre y su hermana, para contarles cómo le estaba yendo económicamente. Inventó un trabajo como vendedora en una Perfumería, para no indignarlas. No la aceptarían si supiesen cuál era su real trabajo.

Pasaba el tiempo y su oficio la convencía más. En esos pensamientos dispares o controvertidos que muchas veces tienen los humamos, Rita superó su vergüenza, su timidez y el pasearse desnuda ante 1 persona o 40 espectadores se convirtió en una necesidad.

     Comenzó a vivir lo sexual disfrutándolo como nunca. Se sintió libre y plena. Su vida fue cambiando y Rita aceptó con gusto ese cambio.

      Le llegaban obsequios de admiradores, invitaciones a salidas. Se sintió hasta “mimada” por esos hechos sabiendo, de todas formas, el porqué se generaba todo eso.

Hubo un señor que no se perdía función en la que Rita actuara. La admiraba desde una butaca del costado, en silencio, sin gestos, sólo la miraba embelesado. Ella lo notaba y también se lo dijeron algunas de sus compañeras y el Coreógrafo, cuando le dijo: “Apretátelo, es un bombón”.

          Pasaron un par de meses hasta que este hombre de cuarenta y pico de años, muy elegantemente le comenzó a dejar regalos … esos tradicionales: bombones, flores, algún rico perfume. Siempre con una nota respetuosa expresando su admiración por ella …

     Al principio, Rita no le prestó atención a este señor en particular. Menos aún, cuando se dio cuenta que realmente estaba enamorado, Por el carácter de sus notas se intuía que la amaba, admiraba su cuerpo, su andar, su forma. Por qué amarla de la manera que lo expresaba ? No era posible … No la conocía …

     Su muy medida y cauta insistencia hizo que Rita lo mirara con otros ojos. Era un lindo hombre, de buen vestir, elegante y muy gentil.

     Pasaron un par de días y Rita aceptó una de las invitaciones de Jorge, que así se llamaba.

     Fue una hermosa cena para ambos. Ella, agradecida, contándole algunas pocas cosas de su vida y Jorge de la suya.

     La noche finalizó en un cuarto de hotel, pero para Rita no fue como otras noches, fue distinta, sintió por primera vez en esta etapa de su vida que, además del sexo, pudo sentir cariño, contención … No se atrevió a decir que sintió amor, pero la salida la conmovió.

Comenzó otra nueva vida, quizás la mejor. Fueron muy bellos momentos, experiencias distintas a las vividas, la necesidad de estar juntos.

         Jorge le contó que era viudo … que a partir de ahí su vida se disipó y comenzó a ir a “piringundines” …  al Teatro en cuestión  … Cuando la vio, se enamoró perdidamente, cosa que demostraba a cada instante.

        No era  el prototipo de hombre que, por distintos motivos, se vincula a prostitutas y quiere ser el “gran salvador”, el que quiere rescatar a esa mujer de esos antros, el que le averigua la vida, la aconseja, le da dinero fuera del acordado, le ofrece un camino “sano” de vida. Una especie de héroe caído a menos, como pensó más de una mujer del oficio que conoce a esos tipos de vanos salvatajes.

Jorge pretendía a Rita tal como era. Con su trabajo y su libertad. El disfrutaba estando como espectador del Floridita, cenando con ella, charlando con ella y, por sobre todo, haciendo el amor con ella.

         Obviamente Rita también se enamoró, comenzó a amarlo y estaba dispuesta a comenzar una vida con él.

Emprendieron un camino juntos.

Jorge le ofreció un departamento en Capital, precisamente en el Barrio de Flores.

La Pensión La Rosa se convertiría en un recuerdo, en una parte de su historia.

Rita fue acomodando el departamento a su gusto, con obsequios de Jorge, como de compras propias. Disfrutó de aquel espejo de cuerpo entero que siempre quiso tener y lo tuvo.

            La relación se fue fortaleciendo. Quizás se debía a que cada uno continuara con sus tareas habituales. Jorge era prestamista, estaba acostumbrado a manejar mucho dinero, y ella con su teatro. El vínculo se fue fortificando y ninguno perdía su libertad.

             En realidad, para la pareja en sí, vivían como al principio. Se veían varios días en el teatro, cenaban juntos y pasaban un rato de amor en el departamento.

 En algún momento Jorge le pidió que dejara de trabajar, que él se haría cargo de sus gastos, que ni plata ni casa le iban a faltar, que no era necesario que siguiera trabajando tantas horas en ese lugar … Le ofreció, si Rita deseaba trabajar, otro tipo de empleo.

            Rita tenía sus convicciones y esta propuesta no la aceptaría. Con todo lo que tuvo que aguantar, todo lo que tuvo que ceder, hasta su misma dignidad, pero ahora, más fuerte y dando valor a su propio esfuerzo, se negó rotundamente.

            Jorge trató de entenderla, y no la siguió incomodando con estos planteos. Ese entendimiento que hubo daba muestras de una pareja asentada.

Rita tuvo alguna sospecha sobre esta propuesta. Se le sumó que Jorge no asistía como siempre al Teatro. Conocía sus turnos, pasaba por el departamento, se quedaba un rato, sin siquiera tomar algo o conversar como lo hacia habitualmente. Un rato de sexo y partía.

No pasó mucho tiempo y Rita se enteró, por una excompañera de pensión, que Jorge no sólo no era viudo, sino que tenía esposa e hijos. Tenía una familia. Tampoco era prestamista  … Teñía que ver con el contrato de mujeres para llevarlas a trabajar a otros países.

Rita no lo podía creer. A pesar de enterarse sobre la real vida de Jorge, lo seguía amando con todo su sentir.

          Se propuso no decirle nada y seguir con el trato rutinario.

     Pero no pudo o no supo cómo separarse de él. Fue lo más duro y difícil de soportar. Había entregado su ser como nunca y paradójicamente recibió de Jorge todo, independientemente de lo económico. Se sintió defraudada, estafada y aquel vino que tomaba en algunas noches de alegría y brindis, se tornó en su peor enemigo. Toda su angustia la canalizaba bebiendo con alevosía.

Sus días y sus noches se rodearon de alcohol.

Una sola cosa le causaba alegría pasajera y era desnudarse para quienes decía, eran su público. Había aprendido mucho y tenia su técnica para el strip-tease, aún con su ebriedad.

Jorge desapareció totalmente de su vida.

Al poco tiempo y luego de algunos desmayos, tras estar internada en una Clínica, el Médico le informó que su hígado no soportaría más alcohol. “Ni una gota !!!”  le ordenó. La medicó, le dio cita para la semana entrante y finalmente le dio el alta. Estaba delicada de salud.

Una noche al salir del Floridita, el portero de la Galería le dio un sobre que habían dejado a su nombre: Rita.

           Lo tomó con fastidio, todo la ponía mal y en un taxi recorrió el trayecto hasta su departamento. Llegó, se cambió, la cubría una bata azul marino. Tomó dos vasos de agua, uno detrás del otro, se desplomó sobre su cama.

            Pensó en el sobre que dejò en la mesa de la cocina. Seguramente algún admirador cargoso, a esta altura, o algún viejo verde, de esos que nunca faltan, o algún pibe que se quería acostar con ella. Muchas más alternativas no manejó. De última ¿una carta de Jorge?

      Esos pensamientos la quebraron y, de sólo recordar situaciones, un ataque de nervios – mezcla de todo – la dejó exhausta. Se durmió agotada.

A la mañana siguiente se despertó abombada. Se levantó, fue por agua y se tiró agua en la cara, para sentir alivio. Encendió una hornalla, puso la pava para tomar unos mates. Observó el sobre aún sin abrir. Lo tomó en sus manos. Estaba dirigido a Rita y entre paréntesis a Mabel.

            El sobre tenia el Logo de una Unidad Policial de Buenos Aires. No entendía mucho. Lo abrió con curiosidad. Le temblaban las manos … “De la Policía ?” se preguntó.

La nota decía al comienzo: “Mi amada Mabel”. Seguía un texto largo y el cierre de la misma estaba firmado por Sergio (Sub-Inspector).

          Aquel chico que conoció a los 13 años, del que se enamoró y que, por decisión propia, dejó, al tiempo, se hacia presente con un carta.

         Sergio siguió la carrera de Oficial, en la Policía Bonaerense y algún día comenzó a rastrear a Mabel.

            Estuvo camuflado en el Floridita. Vio su desnudez ofrecida a un público morboso. Se dio cuenta del deterioro de su cuerpo, sus ojeras, su sonrisa obligada y fingida, sus ojos perdidos.

            No le contó de esto en su nota. Le escribió que, aunque hubieran pasado muchos años, él la seguía amando. Nunca la dejó de amar. En resumen, sólo eso.

El llanto de Mabel al leer provocó que sus lágrimas mezclaran bronca, tristeza, desazón … hasta transformarse en gotitas saladas de alegría que iba bebiendo, sin desperdiciar ninguna.

          Mabel agradeció internamente el hermoso gesto de Sergio, que la siguiera amando, pero también sabía que ni bien la viera no iba sentir lo mismo. Tenía muy claro su deterioro.

Lo que no pensó Mabel es que el amor verdadero, no tiene años, ni físicos, ni estados de salud.

Sergio, en su nota, le había dejado un número de teléfono. Ella se comunicó. Lo primero que le dijo fue que ya no era la misma, que había envejecido mucho y que no era digna de él.

           La dejó hablar y en cada silencio le decía: “te amo”.

           Se juntaron a tomar un café, como si fuera aquel primer café en el Bar frente a la Plaza del Pueblo.

 Ambos lloraron y sus manos no dejaron de estrujarse unas a otras.

Sergio logró el grado de Inspector. Un procedimiento relacionado con el “trato de blancas” le dio la posibilidad del ascenso.

          Ambos decidieron dejar la Ciudad y volver a sus entrañas.

No hubo Ceremonias, no hubo tiempo de hijos, pero sí de volver a disfrutar de su Pueblo querido, de sus familias y de sus amigos y, por sobre todo, de dejar el pasado atrás … ahí … donde debía estar …

Carlos Emilio Dentone

Trabajo realizado en el Taller de Narrativa, dictado por la Profesora Alicia Grinbak. Con sus modificaciones.

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