MI AMIGO EL TURCO (Historias)

MI AMIGO EL TURCO

Según me dijo el Turco, tengo que estar un par de días en gayola, el taquero es nuevo.

No sé bien qué cuestión conversaron entre ellos, pero sé que se arregla todo, estando yo acá … demorada … solo unos días …

No es la primera vez que vengo a parar acá.
Te digo que dentro de todo la paso bien: un poco de limpieza en las cuchas y en la cocina, cebar unos mates, algun mandado, coser, algun botón y lo de siempre, atender clientes.

Bah, clientes no, a éstos no les cobro, porque no garpan.
Lo que te jode es que ni siquiera te dejan una propina.
Yo no digo nada, pero fijate, consiguen en la panadería la factura del desayuno, el asado del mediodía en la parrillita o la pizza de la noche gratis. Esta bárbaro que se alimenten … pero conseguir una mina gratis? No va !!!

Y hablando de esto, yo no sé si es un problema de edad (la mía que ya dobla el codo) o la falta de guita que me pone mal.

A ver si me entendés, vos te venís más vieja y la experiencia te sirve … hasta por ahí nomás.
Los tipos tardan más en “irse”
O sea, lo que antes tardaban 2 ó 3 minutos hoy te la estiran y pasan 10 ó 15.
Saca la cuenta, al día y tenes 10 ó 12 clientes menos.
A fin de mes lo notas en la cartera.

Decí que el Turco me ayudó siempre. Mira lo que es el Turco: me prometió que, cuando salga de acá, me paga el pasaje para ir a verlo a Ernesto, que no sé bien donde está, pero él me dijo que me averiguaba.

Hablando de Ernesto, el otro día me pegué un susto bárbaro.
Yo hace poquito que volví al boliche del Turco y una noche que estaba laburando, se me aparecieron sus amigos.
Todavía no sé si a encamarse o a contarme algo de mi hijo. Ellos a veces lo ven. Pobre Ernesto !!!
Pero yo me quedé como una estatua y ellos se fueron sin decir ni “mu”. También con la cara que les puse …

Qué quilombo se me armó en la cabeza, pensar que Ernesto podría haber venido al boliche con ellos, por eso es mejor que se haya ido lejos.
Pero viste, hay días. Te digo la verdad, lo extraño, hoy tengo ganas de verlo.

Claro, te hablo de Ernesto y me acuerdo de cuando era chiquito … del padre que se llamaba igual, buen tipo. Ni bien me viene a la cabeza el nene me acuerdo de mi niñez.

Eramos 6 hermanos, yo la más grande, mis viejos y una casa (más rancho que casa), a unas 20 cuadras del pueblo.
En el pueblo laburaba mi mamá: sirvienta en la casa de un doctor. Ella volvía todos los días a la tarde, a la hora de la leche.

Pero mi viejo, aparecía los sábados a la noche y se iba al otro día. En la semana no estaba. Lo veíamos muy poco.
Él laburaba en el campo de los Bedoya y siempre que venía comíamos como de fiesta, traía un poco más de tela de la que cobraba mi vieja.
Bah, él, más que comer, chupaba. Se emborrachaba cada vez que estaba en mi casa, al rato nos gritaba y hasta le llegaba a pegar a mi Mamá.
Pobre mi vieja … si la sufrió !!!

Cada vez que viene a mi cabeza todo esto, no puedo olvidarme, y creo que nunca podré hacerlo, de una noche … aquella noche.

Él se acostó en mi catre, en realidad se levantaba de la mesa y caía en cualquier cama de las nuestras, esa noche le tocó la mía.
Ya de madrugada no aguanté más el sueño y me acosté muy despacio para que no se despertara. Me quedé acurrucadita en un costado, sin siquiera pestañear.
El roncaba y soñaba, algo decía pero yo no le entendía nada.
Al rato se dio vuelta y su cuerpo quedó pegado al mío, me abrazó y empezó a tocarme por todos lados.
Me di cuenta de lo que estaba pasando, no era tonta, pero sí, era la primera vez que me ocurría.
Nunca había sentido manos ajenas acariciar mi cuerpo.

Yo creo que ahí empezó todo lo mío.

Comenzó con una mezcla de cosas: por un lado lo que sabía de lo que me contaban mis amigas, por otro lo que yo me imaginaba … pero de ahí a tener sexo … un abismo.

Qué sensación terrible, asco, miedo, sorpresa, excitación, no sé … todo se me mezcló.
Sentía odio y placer, pero además, algo que me conmovió.
Me di cuenta que mi viejo era cariñoso, nunca nos había demostrado cariño.
Era mas bien hosco chupando o no, siempre serio, esa noche, esa puta noche me hizo mujer (al tiempo me di cuenta).Después de empujones, temblores y gemidos, mi viejo me abrazo y se durmió como un ángel, nunca me había tenido así, entre sus brazos fornidos.
Un amor !!! Que confusión !!!

Creo que desde ahí lo empecé a querer.

Fue el momento en que empecé a conocer mi cuerpo, a tener sensaciones, a tener deseos, claro, mi viejo me había hecho hembra.

Al principio me daba vergüenza ver a un hombre y sentir lo que sentía, después, al tiempo, me encantaba y no me molestaba.

Mi viejo cada tanto se quedaba en mi cama y pasábamos ese rato en silencio.
Odiando … disfrutando …

Un día, cuando había cumplido los 15 años, me llevó a trabajar con él, en el campo, porque necesitaban una ayuda. Ahí me fui.
Con la esposa del dueño eramos las únicas dos mujeres en semejante campo.
Varones eran como veinte.No te imaginas como me miraban, yo ya tenia cuerpo de mujer y ganas de mujer.
Y esas “ganas” las aprovechaban los peones y alguna vez el capataz.
Él era distinto, era un tipo grande y las veces que estuvimos juntos, además de sentir su experiencia, tenía la delicadeza de dejarme dos o tres pesos, que me venían muy bien, porque la plata de mi laburo, la cobraba mi papá.

Ese fue otro momento especial en mi vida, de todo esto me apiolé al tiempo.
Ahí me di cuenta que la mezcla del sexo y la plata, me ponían bárbara, con poder por un lado y despreciable por otro.
Esas incongruencias que sentimos los humanos.

¿Qué querés con eso? ¿Que sea maestra o modista? Me sentía fuerte. Imaginaba que iba a tener a los hombres como quería y, te guste o no, provocar una especie de envidia, celos o qué sé yo, de otras mujeres …

A medida que venía más grande, mas me gustaba ser así … así como era …

Un día me fui del campo y de mi casa.En realidad estaba bien, pero quería probar con otras personas, estar con gente diferente.
Me fui a dos pueblos de distancia y al centro, pero centro centro … eh?
Me fui a una pensión.
La señora, la encargada aceptaba que lleve a mis clientes, pero no quería quilombo.

Así fui haciendo conocidos. A ganar plata de verdad. A comprarme ropa. A llevarle a mis hermanos algo de guita para que ellos mismos se dieran cuenta lo que era tener billetes en el bolsillo.

Una flor de vida me daba.

Una noche, un cliente, que dentro de todo me respetaba mucho, me dijo que no quería hacer nada, que quería hablar, que igual me pagaba, pero que quería pedirme algo.

Yo pensé uno más que te quiere sacar de puta, porque es como que los hombres te quieren así, pero también quieren ser como tus salvadores.

Quieren que te apoyes en ellos …

¿Salvadores de qué?

Pero me explicó que quería estar conmigo más tiempo. Que vivía también en una pensión y que para qué íbamos a gastar en dos piezas, si podíamos pagar una con lo que él ganaba y yo podía dejar de trabajar y comenzar a vivir juntos.

  • Pero yo trabajo en esto, le dije, es mi vida. Dejámelo pensar –
  • No te vas a arrepentir -, me dijo.

Este tipo …, pensé yo…

Pero no, este tipo se había enamorado de mí y a los pocos días me di cuenta que me había enganchado también con él.

Era un buen tipo, tenía pinta !!!
Y por sobre todo sentí que me quería o me “amaba” como él decía. Yo con él, además, quedaba mansa, tranquila, era un potro en la cama.
A los días se me apareció con una valija, por lo visto pesada.
Otro que se arrepiente y se las toma, pensé …
Me equivoqué, la puso en la cama, la abrió y empezó a sacar ropa de mujer, nueva, desde ropa interior hasta un sombrero, mira vos. Primero no entendí, después cuando me comentó riéndose: es para vos, es tuya, claro era un regalo.

Para mí fue un empezar algo distinto.
Una vida de señora, que nunca había sido.
Además de señora, me hizo sentir reina y al poco tiempo, mira que siempre me cuide ¿eh?, me hizo mamá.
El un rey y un papá y yo señora, reina y mamá.
Mierda como cambia la vida, che.

Jamás pensé en tener un hijo, esta profesión te condiciona mucho o me parecía …Me lo críe bien al Esteban, éramos una linda familia.
Me gustaba ser el ama de casa, que resulte, salvo el tema de la guita, que nunca alcanzaba.

Él tenía dos trabajos y no era suficiente. Había que hacer magia para poder vivir. No es nuevo esto…

Volvía muy tarde a casa.
Llegaba cansado, muerto, quería comer e irse a la cama. Ni siquiera jugaba con el nene, no conversabamos y menos tener sexo, se olvidó.

Yo le comprendía pero como te contaba, para mi el sexo era como comer todos los días, alguna vez podes saltear, pero al otro día tenes que meter algo en la panza.
Yo me arreglaba sola, pero vos sabes bien que no es lo mismo.
Me sentía mal, nerviosa, le gritaba al nene por nada. No era como al principio.
Fueron pasando los meses, la cosa no mejoraba.

Un día le dije que tenía que salir a buscar trabajo. Algo que nos ayudara a vivir un poco mejor. Claro que yo no tenía experiencia en demasiadas cosas, era un problema.

Un jefe de la fundición donde él laburaba, le dijo que necesitaba una sirvienta, porque su señora se había enfermado y precisaba una mano.
Me dijo empilchate bien y habla con la señora de Don Antonio, me dio la dirección, te esperan !!!

Me vestí con un lindo vestido azul y me pinte como antes, como hacía tiempo no me maquillaba. Tenía que estar presentable !!!

A Esteban lo deje con Clara, una vecina con quien éramos muy compinches, le gustaban los chicos más que a mí.

Me mire en un espejo medio manchado, de cuerpo entero, me gusté, estaba un poco gordita pero el vestido ajustado me marcaba como yo quería.

Hacía tanto que no salía. Me pareció que el mundo era otro, no me esperó, el universo siguió de largo !!!

Llegué a la casa, humilde, pero ordenada, me atendió la señora, me comentó lo que necesitaba de mí. Cuidarla, darle los remedios, hacer la comida, limpiar, lavar, planchar. Lo mismo que en casa, solo que debía estar varias horas y la gran diferencia era que me pagaban !!!

Mientras me decía cómo era la cosa, entró el marido, Don Antonio, que venía de la fábrica.

Ni bien entró me miró de arriba abajo.
Me saludó, me dio la mano y no me la soltó por un rato.
Mira, le dijo a su esposa, mira Ernesto, que linda esposa tiene !!!
Me hizo girar como bailando una zamba …Cuando me soltó quedé medio tonta.

Pensar que las dos cosas que me dieron fuerza y poder en el laburo fueron el sexo y la plata.
Hoy conseguí trabajo por plata, era la meta, pero la actitud de Don Antonio … hummm !!! Tengo olfato para estas cosas …
Me dio vuelta la cabeza.
Era un tipo grandote, fino, una mirada que te comía.

  • Bueno hasta mañana, a las ocho estoy con usted señora, saludando me retiré de raje.

Al otro día ahí estaba yo … trabajando, de acuerdo a lo que charlamos, comenzaba a las 8 de la mañana y terminaba con el último lavado de platos que quedaba de la cena temprana de Don Antonio.
Ya era hora del regreso a casa y estar con mis queridos Ernestos.

Las dos primeras noches, cabeza gacha, ni lo miraba, pero sentía sus ojos clavados en mi traste.
Su esposa comía más temprano y los remedios que tomaba la dejaban dormida enseguida.
Yo le controlaba la respiración.
La tercer noche, todo igual, salvo que cuando estaba en la pileta fregando los últimos cuchillos, sentí que se me acercó y sin hablar me levantó la pollera y me quedé inmóvil …

Volví mal a casa. Pero ya estaba.

Siguieron así los días, entre plato sucio y plato lavado, se repetía la situación. Me animé a pedirle algunos pesos, no se negó.

Volví a ser yo. Salvo que ahora estaban los “Ernestos” en mi vida.

Hablando de vida ¿Cómo es la vida, no? Don Antonio, tuvo un accidente en la fabrica. Falleció. Fue como un golpe, otro más.

Seguí trabajando con la viuda, solo que salía mas temprano. No tenía a quien esperar.

Ernestito ya había cumplido los 13 y muchas veces salía con sus amigos de la cuadra.
Esos que te conté al principio que vinieron al boliche, todavía no sé para qué.
Se encontraban en mi casa y a veces se quedaban jugando, y de paso tomaban la leche.

Estos pendejos !!!

Los amigos también me miraban y yo notaba que se calentaban, eran chicos pero yo les hacía el juego y más de una vez, notaba como crecían, ¿me entendés no?

Era donde yo me hacía la distraída y punto, uno de ellos, siempre estaba alzado, intentaba rozarme “sin querer”, era el más atrevido y lo tuve que frenar, sin que se diesen cuenta los otros.
Es uno de los que estuvo la otra noche, pero estaba borracho, ni sé si me reconoció.

Uno de esos días que los chicos estaban en mi casa, decidieron ir a jugar a la pelota a la placita de la otra cuadra.

Ni bien se fueron, golpearon a la puerta de la sala. Cuando abrí me encontré con el vecino. Un muchacho de 25 años muy serio él, si apenas saludaba cuando nos veíamos.

¿Puedo pasar? – me preguntó.
Pensé en algún quilombo está metido este pibe y se esta escapando de algo. Otra vez me equivoqué ….

Se largó con todo. Me dijo que se ponía loco cuando me veía pasar por el pasillo. Me contó que me espiaba, que tenía plata para darme si me acostaba con él.

Estás loco, le dije ¿qué te picó?
No te das cuenta que soy una señora, con hijo, con esposo, anda a sacarte las ganas con alguna puta.

Me dijo que él iba, pero que quería hacerlo conmigo. – Por favor señora – como si rogara.
Me abrazó y se puso a llorar.
Traté de calmarlo.
Cuando le acaricie la cabeza, me di cuenta que yo también me había puesto nerviosa.
No le di tiempo a nada. Era joven pero sabía muy bien lo que hacía y como hacer rendir su guita.

Estábamos en la cama matrimonial, mucho la idea no me gustaba, pero bueno …

No pasaron 5 minutos cuando nos sobresaltamos por un trueno terrible y la lluvia se desató con todo. Era un buen momento, la lluvia era buena compañía.

A los pocos minutos se sintieron gritos, risas y corridas.
La lluvia corrió a los chicos de la plaza.

Entraron a la pieza. Ya era tarde, Ernesto primero y sus amigos después, nos vieron, me vieron.
Como pudimos nos vestimos con todos ellos mirando, congelados.
Con la mezcla de bronca, odio y tristeza de Ernesto.
Se fueron todos como hormigas.

Nos quedamos solos con mi hijo, me acerque para explicarle algo. Me esquivó, se alejó.

Unos días más tarde, Ernesto padre me dijo que le habían dado un franco y me pidió que lo acompañara a comprar unas botas y de paso me invitaba a tomar un café.
Años que no tomábamos un café en un bar.
Estaba serio, se compró un par de botas de agua para ir al trabajo.
Fuimos al café.
Ni bien nos sentamos, se largó: – Ernestito me contó lo del otro día cuando fueron a jugar a la pelota y los agarró la lluvia. ¿Es verdad? –

No lo dudé: – si, le conteste, las putas no mienten, mirándolo fijo, como desafiándolo.

Bueno, aclaró la voz, vos sabes que yo te quiero mucho, que viví para vos y para tu hijo, las cosas no me fueron bien. Pero esto es difícil. No me esperaba una cosa así.
O sea, tenes unos días para irte de la casa.

Traté de explicarle, de aclararle … nada … no había más tiempo, no había vuelta atrás.

Me volví a mi pueblo.
En lo que quedaba de mi casa, con mis hermanos.

Solo unos días, porque después conseguí trabajo en lo de una familia, que me dejo tener al Esteban conmigo.
El también podía ayudar , dar una mano. Aunque estaba como en otro mundo, ausente, perdido.

Un día le pedí que hablaramos.

Una vez más la plata no nos alcanzaba para vivir y menos para que él siguiera yendo a la escuela, libros, zapatillas, cuadernos … no llegábamos.

Le conté “toda” mi historia y le dije que era la única salida que veía.
Me dijo que me entendía, pero que no podía estar conviviendo conmigo, es muy difícil la vida que llevas, me sorprendió con sus palabras.
Fueron tan determinantes como las de su Papá.
El Turco seguía con su boliche de la estación de servicio.
En algún momento yo trabajé ahí para él.

Le conté todo lo que me había pasado, me permitió volver: – vieja y todo haces capote, me dijo.
Arreglamos cuentas y ahí estoy.

Otra vez al sexo, a los hombres anónimos, a trabajar para alguien.

No sé cuánto tiempo más me va a dar el cuero para seguir.
Mañana cuando salga, si me largan, lo hablo al Turco y arreglo para ir a verlo al Ernesto.

Pienso que ahora él es más grande y me va a entender.
Debe estar cerca, en algún Pueblo vecino …

Nunca le mentí.
Las putas no mentimos.

Si no, no hubiese parido a mi hijo … Si no, no sería la madre de Ernesto … lo pensé y lo dije cerrándome el deshabillé.

Carlos Emilio Dentone

Este relato surge de un trabajo práctico en el Taller de Narrativa de Alicia Grinbak, donde en base al Cuento La madre de Ernesto, del Escritor Abelardo Castillo, tenia que hacer un desarrollo desde otro narrador, en este caso desde la Mamá de Ernesto.

CARTA A UN SUEÑO (Amores)

CARTA ABIERTA A UN SUEÑO

Te extrañará recibir esta carta.

Algún día, en algún momento, tenía que suceder. Sentí el deber y, porque no, el derecho de transmitirte todo lo que vine palpitando desde aquel día en que nuestras miradas se cruzaron por primera vez.

El motivo de esta carta,  es hacerte saber que, a partir de ese momento, mi vida se limitó … o mejor dicho, se abrió a un mundo diferente, a un mundo que quizás sin proponértelo o con toda tu intención, me hiciste ingresar sin ser invitado, a disfrutar, a sufrir, a sentir el amor, a celar, la alegría, el silencio, la cautela, la impulsividad, la necesidad, la impotencia.

Cuántos sentimientos encontrados !!! Cuantos desencontrados !!!

Me preguntaba y te consulto ¿por qué sintiendo todo lo que siento por vos, no podemos estar juntos ?  Disfrutar de esto que alguna vez sentí, pero que hoy es diferente, no me deja dormir o me duermo sonriendo placenteramente.

Todo depende cómo fue nuestro día en la oficina.

El despertar de cada madrugada, el sentirte mía y comenzar un sueño que quizás recién concluye, contigo deambulando etéreamente por la habitación … difícil pero hermoso.

Muchas veces, como hoy, te escribí observando el amanecer. El alba es el momento ideal para remolonear o escribirte. El silencio matinal se hacia cómplice.

De todas formas, no es fácil. Estoy muy bien rodeado de afectos, en las habitaciones contiguas duermen mis hijos, en mi cuarto mi esposa …

El despertador de las 6.15 no me despierta, me orienta a cumplir la rutina y verte.

El ritual diario. El beso a mí esposa, que entre dormida me desea un lindo día, el saludo a mis hijos que sirve como aviso para encarar obligaciones: ¡ Vamos que la Facul no espera chicos …!

Saludos culposos … saludos  sentidos.

El trayecto de 15-20 minutos en auto, para llegar a la empresa, anteriormente lo hacía escuchando algún noticiero, generalmente con malas noticias, ahora con la radio apagada, acompañado con el silencio, para seguir disfrutándote o tratando de sacarte de mi cabeza.            Gana siempre la primera opción.

Llegar a la oficina y verte, acelera el ritmo de mi corazón, ya estamos juntos, sólo una mampara nos separa.

Nuestro saludo diario, en ocasiones típico “de oficina”, otras un poco más familiar, más amistoso. Los días que saludabas con  una sonrisa y mirándome a los ojos, comenzaba una jornada de fiesta para mi. Si en cambio no sentía tu cortesía, buscaba el por qué …  ¿para qué …?

No es fácil. Dentro de las imposiciones laborales debía ubicarme como Jefe del Sector, colocando las distancias prudenciales, que por una parte condicionaban, pero por otra, te acercaban misteriosamente.

Controlar la tarea diaria, los informes habituales, alguna solicitud puntual del Gerente Zonal, compartir el día con los demás colegas, los odiados teléfonos que sonaban continuamente, determinaban la rutina. Justo en esos ratos que te contemplaba a través del vidrio, alguna llamada familiar me hacía bajar a tierra y me cargaba de culpas.

Cuánto me cuesta poner esa distancia obligada, pero aún así, surgían esas charlas informales en las que me contabas muy fugazmente tus proyectos con tu novio, alguna vez algún enojo, alguna vez alguna intimidad.

No podía digerir tus preguntas sobre mi esposa o cómo andaban mis hijos en sus estudios. Pero en fin, era una realidad, de la cual no se puede uno escapar … o sí, pero una toma de decisiones, nunca fue tarea fácil.

Alguna vez, sumergido en   problemas laborales,  levantaba la vista de mi escritorio y te contemplaba. Ocurrían dos cosas: si en ese instante no me respondías con tu mirada, me invadía tu indiferencia, si por el contrario, y aún de casualidad me estabas mirando, seguía la fiesta y el problema de trabajo pasaba a un segundo plano.

Nunca pensé que los sentimientos llegarían a tanto, mira que cuando estuve de novio, cuando me casé, cuando tuve mis hijos, sentí estallar mi corazón, con una alegría hasta desmedida o quizás muy del momento. De todos modos, no son comparables con lo que estoy viviendo hoy contigo  … o simplemente a solas … Me pregunté si ese sentimiento indescriptible obedecía al hecho de no poder tenerte (lo prohibido tan trillado) la diferencia de edad, el hecho de ser casado y amar a mi esposa , a mis hijos, vaya uno a saber …

Me ponía mal que llegase la hora de salida, sabía que quedaban eternas horas hasta el próximo día, o hasta la próxima jornada laborable. Los tan esperados fines de semana largos, se habían transformado en un tormento.

Un día me puse a pensar que mi mente había reflotado la palabra “ilusión”, al igual que mi corazón. ¿ Por qué ?  Porque empecé a vivir con el deseo que fueras mía, que lo nuestro podría ser ? Vos me hiciste ilusionar o yo sólo me la creí ?

Tengo en mi mente el último Fin de Año. Como tantos otros, se organizó la fiesta de despedida en la Empresa,

– “ con cena y baile “ –   me comentaste.  Lo del “baile”, ¿ me pareció o me lo destacaste ?

Ah !!! Mi imaginación.  Oh !!! Tu desenfado. No importaba, me sirvió para seguir volando …. o para levantar vuelo, manteniendo el sueño de estar contigo.

Nunca me gustó el “trámite” de comprarme ropa, pero necesitaba lucirme a tu lado

– ¿ Lucrecia, le dije a mi hija, me acompañas a comprar ropa para una reunión de fin de año en un restaurante que se cena y luego hay baile ?

Si bien tenía alguna idea, preferí contar con criterio más moderno. No podía desentonar contigo.

No te imaginas la alegría que viví con los preparativos de la reunión. Me impactaba sentir a mi edad, la ansiedad de un chico de 18 años al concurrir a sus primeras reuniones, convencido de realizar alguna conquista.

Cuando llegamos a casa con los paquetes, que incluían hasta un perfume importado, me dieron tanta “manija”, que por un momento me sentí avergonzado. La situación lo ameritaba.

Todo lo que había comprado fue pensando en vos, con la intención de acortar nuestra distancia, o aumentar nuestro acercamiento, usando todas las armas posibles.

Jorge, un amigo de ley, con quien manteníamos amistad desde Primer Grado Inferior, (algún día  te explicaré qué significa eso del Primer Grado Inferior) estaba al tanto de mi sentimiento hacía vos. Me alentó siempre, pero a su vez me “aconsejó” : “no hagas locuras tenés una  hermosa familia”. Eso significaba “ tirate una cana al aire”. Yo en realidad, estaba dispuesto a arriesgarme un tanto más.

De todas formas me orientó, me aconsejó como un entendedor en asunto  de mujeres: – “cuando llegue la noche, vos  tranquilo. No demuestres, dejala venir, compartí la mesa con otra gente como si nada, pero tenela a tiro, es importante no perderla de vista. Un cruce de miradas, la noche, un poco de alcohol, la música, agrega a esto las ganas que le tenés y porque no, lo que ella pueda te pueda demostrar, seguramente van a llevarte a vivir “tu noche”, tu ansiada noche …

Para mi no era sólo esa noche, era el posible comienzo de una vida de amor e ilusión o bien el fin de un sentimiento y la pérdida de un gran sueño.

Todo fue como Jorge vaticinó, como yo soñé, como vos quisiste o como el destino dictaminó.

Vos lo viviste, yo también, pero dejame … necesito decírtelo de esta forma, recordar escribiéndolo, como tantas veces lo hice, dejarlo asentado en un papel.

Llegamos al lugar al unísono, coincidimos en la entrada al salón. Nos saludamos y ya tu perfume, que aún me envuelve, comenzó a hacer estragos en mi, inolvidable !!!  Todo continuó con el consabido protocolo de abrazos y apretones de mano propios de buenos augurios de fin de año.

Nos sentamos, no sé cómo pero estábamos uno frente al otro. Juro que yo no lo busqué.

Traté de dialogar con los dos colegas que tenía a ambos lados,  pero mi conversación, superflua, se perdía en tu frescura, en tu sonrisa, y cada tanto pedía que me repitieran algo, aduciendo que no escuchaba por el ruido, creo que vos te dabas cuenta y vivías con cierta complicidad mi actitud.

Comimos muy bien, muy rico todo. Llegaron los postres y muy desenfadadamente o sin saber bien lo que hacia, te pedí la frutilla enorme que decoraba tu helado.

Mas sorpresivamente aún, me propusiste un canje: – “Mi frutilla por un lento con vos” –

Te respondí: – “Muero por esa frutilla “

Con una serenidad impensada y recordando cuanto había bailado frente al espejo, en la semana: más de un Americano, un Lento y alguna Cumbia con el fin de entrenarme para esa noche. Tu propuesta fue contundente.

Pero apenas me di cuenta de lo que me dijiste, no me desvanecí por afuera, por dentro era una piltrafa feliz pero con mucho miedo, mientras se me pasaba ese temblor interno deguste la frutilla con el acompañamiento de tu picara sonrisa.

Estabas tan linda,  tan espléndida !!!

Te confieso y te pido no te rías, pero era la primera vez que miré tu cuerpo sin temores o sin vergüenza y con ese deseo propio de besarte y abrazarte, te desee sexualmente, mi sexualidad se condicionaba a la rutina matrimonial de varios años.

“Tiene una fortaleza, que no sabes”, algún día le comenté a Jorge, y esa noche, realmente, lo estaba comprobando, a pesar de tu angelical sonrisa.

Seguir contándote lo que vivimos, no cabe, entendes ?

Sólo el recuerdo: para mi fue tocar el cielo con las manos, para vos … es muy difícil saberlo.

La noche cerró perfecta o imperfecta, el tiempo lo dirá, una sincera charla de tu parte, con un café del cual no olvidaré su gusto, como el aroma de tu perfume, como el sabor de tu piel, como tu juvenil entrega, como mi experiencia que no sirvió de mucho.

Tus últimas palabras fueron crueles y sinceras: – “Bueno, en definitiva es una noche más y hay que disfrutarla, el lunes volvès a ser mi jefe y yo tu empleada, vos con tu esposa, yo con mi novio, y así al vida ” –

No entendí totalmente tus palabras o fueron tan claras que …

Nos despedimos bien, no tuve la valentía o la amabilidad de llevarte hasta tu casa, estaba sorprendido. ¿ Era el comienzo de un gran amor o el fin de aquella ilusión ?

Ya pronto amanecía y me saludaste con la misma sonrisa de siempre, agitando tu mano desde la ventanilla del remís.

Quedé como congelado masticando bronca,  toda mi impotencia parada sobre una pequeña baldosa, toda mi serenidad, mi madurez se quedaron estáticos conmigo.

La noche se había terminado y mi soledad me acompañaba camino a casa, donde seguramente encontraría un lugar para llorar o para vivenciar la esperanza y pensar que no faltaría mucho para el próximo lunes y entonces encontrarte y seguir buscando mi ilusión en vos o mi frustración en mí.

Llegue a mi hogar con el típico silencio de esposo y/o papá de madrugada. Mi esposa que a esa hora escuchaba el silencio, me increpó:

“Vos no salís nunca y cuando lo haces llegas de día, podrías evitarlo aunque mas no sea por tus hijos, dale acostate”, agregó.

Mis hijos  seguramente estarían durmiendo plácidamente sin siquiera darse cuenta de mi llegada. No le respondí, no hacía falta. Mi cabeza, mi mundo, no estaban allí. Pero sus palabras me hicieron reaccionar y ubicarme o reubicarme.

Cuando ya no importaba el silencio, fui hasta el living a revisar mensajes, sobre la mesita ratona,  teníamos la costumbre de dejarnos notas con los chicos, por si no nos veíamos.

El primer cartelito decía: “Papi necesito el auto a las tres de la tarde, tengo una salida importante,  lo lavo, le pongo nafta y lo cuido,  gracias viejo, nos vemos. Darío.

Al cual agregue: “Ok. Anda despacio, no vuelvas tarde, lleva documentos”. Volqué mis temores de padre.

El segundo papel con una solicitud: “El próximo  martes tengo final, necesito que me pases estos apuntes en PC y me imprimas 6 copias, tengo grupo de estudio con chicos de la otra cursada y me comprometí a hacerlo yo (o mejor dicho vos) !!!  Gracias papurri, Virginia.

“Ok” escribí debajo. “A las tres de la tarde trataré de terminarlos”.

Me recosté para descansar, qué iluso, no sólo no dormí sino que mi angustia, mi dolor y mis dudas, aumentaron, con lo que me despabile completamente.

Al rato mi esposa se levantó, desayuno y se fue de compras. Me dio lugar a alzarme de la cama y no enfrentar alguna posible discusión más que, en definitiva, seria lógica y hasta necesaria, diría yo, pero en ese momento la dejé pasar …

Tomé un café y con los apuntes me encerré en mi escritorio a hacer los deberes encomendados por mi hija, tratando de concentrarme en eso y a la vez tomándolo como distracción. Coloqué un CD con música clásica para acompañar el momento y casi, sin darme cuenta, y cuando me faltaba una sola carilla para terminar el trabajo, el timbre de casa, acompañado de un murmullo, me sobresaltó. – ¡ Hola papi ! –

– Virginia ingresaba a casa, seguramente con sus compañeros de Facultad.

Sabía de la reunión, pero no que la realizaban en casa …

No entendí cómo viniste a mi hogar, no comprendí porque el destino jugaba esta mala pasada, no digerí que tuvieras la edad de mi hija, no soporté que estudiaras con ella.

Vos mantenías tu frescura de hace un rato, yo apenas podía mantenerme en pie.

No imaginé que esta carta, como tantas otras que te escribí, tampoco te la enviaría … tampoco la recibirías … Tomé conciencia en una milésima de segundo que nunca me hubiese atrevido a entregarte alguna carta o quizás … quizás si …

Carlos Emilio Dentone

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Relato incluido en mi Libro Me olvide del Mundial. Año 2002.

CAFE DE BARRIO (Amor y Escritos)

              (Fotografia de Edgardo Kevorkian,
                      de su saga ” La Ruta del Café “)

En Instagram: @rutacafeconleche
                           @kvkfotos

CAFÉ DE BARRIO

Una vez más, Julián se sentó en la mesa de un Café.

Su vida no variaba mucho. Provenía de una familia de clase media baja, que día a día luchaba por sobrevivir.

Sus padres lo apoyaron en sus estudios secundarios, paralelamente ayudaba a su padre en el negocio de reparación de calzados, oficio que se perdía a medida que nacía la era del cambio y del “no arreglo”.

Su madre le inculcó, desde su infancia, el hábito de la lectura, que en el transcurso de su vida, se convirtió en una pasión.

Las noches lo encontraban con un libro en sus manos hasta que el sueño lo sorprendía.

Pasó el tiempo y surgió en él la necesidad de escribir, sin intención especial alguna. Sólo deseaba volcar en papel ilusiones, sueños, sentires, anécdotas de vida …

Un Café de Barrio lo acompañó en este desafío. La inspiración y la creatividad, – en ese vínculo “único y mágico” – se hicieron presentes.

Desde su lugar favorito, al lado de una ventana, veía pasar la vida y, muchas veces en ese ir y venir de vecinos y desconocidos, afloraba la musa y entretejia historias …

El amor o más precisamente el desamor, frecuentemente llenaban sus páginas, con historias propias y muchas imaginadas.

A los dieciocho años se enamoró perdidamente de una vecina, clienta del negocio de su padre. No fue correspondido, afectándolo duramente.

Esos Amores que no se concretan, perduran toda la vida.

Se iniciaba la “Era del Chat” en Internet. Ese nuevo mundo de relaciones desconocidas, le dio la oportunidad de descubrir las llamadas Salas de Chat.

Luego de establecer contactos virtuales con varias mujeres, jóvenes y maduras, hubo una que lo deslumbró: Estela, divorciada a causa de las infidelidades de su esposo y, con mucho temor a encarar otra relación de pareja, fue su primer contacto virtual y prontamente su enamoramiento.

Pasaron muchas noches intercambiando vivencias, gustos y anécdotas de sus vidas.
Comenzaban una linda relación.

Un solo cuento le faltaba a Julián para pensar en la publicación de su primer libro.

Llegó el momento de conocerse personalmente y quizás, ese día, nacería aquel último escrito y el tan ansiado amor.

El lugar indicado del encuentro era en un típico Café de Barrio, siempre receptivo a reuniones de toda índole.
En esta ocasión sería un lugar desconocido para él, pero intuía que un Café era lo más indicado.

<Parroquianos anónimos que constituían el paisaje, sueños e ilusiones y el humo del cigarrillo que envolvía pensamientos, parejas que armaban sus nuevas vidas o aquellas que trataban que la despedida no fuera dolorosa, cierre de acuerdos comerciales, amigos que discutían el último partido de fútbol o planificaban el próximo Domingo, padres e hijos tomando su merienda, personajes solitarios que simplemente mataban su tiempo, vidas que pasaban por ese lugar emblemático, el del Café de Barrio>

En su última charla con Estela se concretó la cita. Día, fecha, hora, lugar y alguna señal en la ropa con la que se reconocerían.

Llegó al lugar, con la pactada remera a rayas, en tiempo y forma. Se encontrarían en una mesa central del local, se dirigió directamente a ella, que afortunadamente no estaba ocupada.

Ignoró su entorno, la mirada estaba fija en la puerta de ingreso, imaginaba la figura femenina que no conocía y que en cualquier momento arribaría al lugar.

Lo sorprendió el mozo del lugar que, con paso cansino, bandeja bajo el brazo y blanco repasador, se acercó para tomarle el pedido.

Comenzó solicitando un Café chico, al rato un Cortado Americano y por último un Submarino.

Pasó la hora prudencial de espera.

Su mirada cambió de ángulo. Dejó de dirigirla hacia la puerta.

Un televisor colgaba de la pared, frente a la mesa, capturando esa mirada perdida. Conversó imaginariamente con el aparato que sólo emitía noticias amarillas y, con una lámpara, esa lámpara de techo que colgaba cerca de su cabeza. Nada le respondieron cuando preguntó por la demora de Estela en llegar.

Pasaron dos horas, pidió la cuenta, abonó, traspasó la puerta y en camino de regreso a su casa, tomó conciencia que el último cuento no sería escrito y lo más penoso … una vez más, el amor se le había negado nuevamente.

Ese cuento sin comenzar, ese amor sin concretar, le daban a Julián la oportunidad de conocer un nuevo café, ya vería cuál …

Pedro, sentado solo en una mesa junto a la ventana, no perdía detalle del ir y venir de la gente. De todas formas, su meta era observar los movimientos y las actititudes de Julián.


Cuando lo vio salir con la cabeza gacha y perdiéndose en el camino, sacó su libreta de entre sus ropas en la que anotó, muy rápidamente, alguna última frase para darle fin, seguramente, a otro de sus Cuentos.

A Pedro también le gustaba escribir y usaba como seudónimo, en sus relatos, el nombre de Estela, el mismo apodo que utilizaba en las Salas de Chat …

Como a Julián, le encantaba terminar sus Cuentos en la mesa de cualquier Cafe de Barrio.



Carlos Emilio Dentone

ANTONIA Y ZULEMA (Encuentro de Amigas)

Antonia y Zulema nacieron en el barrio de Once, en la Capital de Buenos Aires, con pocos días de diferencia allá por los años ’50.

Sus familias eran vecinas y amigas.

Así fue que ambas fueron a la misma escuela, compartiendo el mismo grado de la Primaria y su continuidad en la Escuela Secundaria.

Niñez y juventud a la par !!!

Las salidas al cine, las reuniones de amigos y los consabidos “asaltos” de la época, fueron intensamente vividos por ambas.

Físicamente, Antonia era una mujer alta, rubia y de buen porte, dedicó su vida al hogar. Como hobby le encantaba bailar y el Tango era su fuerte.
Zulema, en cambio, era bajita, morocha y rellenita. Continuó sus estudios en la Universidad y obtuvo el Título de Bióloga, profesión que amaba.
En un viaje de estudios a Puerto Madryn conoció a Silvio, un instructor de buceo. Al poco tiempo contrajeron matrimonio y construyeron su hogar en aquella Ciudad del sur argentino. No tuvieron hijos.

Antonia se casó con Julián, un cantante de tangos, que conoció en un baile de carnaval, cuando cumplió 32 años y al tiempo tuvieron a Liliana, su única hija.

En esa etapa Antonia y Zulema perdieron el contacto fluido. Cada tanto cruzaban alguna carta, poniéndose al día sobre sus vidas.
A medida que avanzaba la tecnología, se contactaban por correos electrónicos y muchas noches utilizaban el Chat, para conversar.

Tuvieron encuentros personales cuando Zulema visitaba Buenos Aires o bien, cuando Antonia se hacía una escapada a Madryn.

Continuaron compartiendo sus vidas, con sus alegrías, sus tristezas, sus novedades a la distancia, pero muy fieles y destacando siempre el valor de la amistad.

Pasaron los años y ese vínculo se consolidó.

Zulema viajaba más seguido a Buenos Aires, ya que tuvo que hacerse cargo de la vivienda que sus padres le dejaron como herencia y los encuentros con Antonia fueron más asiduos.
La casa de Zulema fue alquilada y Antonia le hacía las veces de administradora: cobraba el alquiler mensual y solucionaba algún problema que surgía en la vivienda.

El esposo de Antonia falleció en una gira artística y la convirtió en viuda a los 51 años. Momentos duros que afrontó con Liliana, su hija, que había alcanzado los 22 años.
Con la pérdida de su esposo, Antonia comenzó una nueva vida, la que se agravó con el síndrome del “Nido Vacío”, ya que Liliana decidió independizarse. Su primer paso fue irse a vivir sola. Siempre fue una chica muy libre, de carácter muy fuerte.

Antonia sufrió momentos de ostracismo y de depresión. Tenía como único contacto a su amiga Zulema quien trataba de darle ánimo y apoyarla. Le propuso pasar algunos días en su casa de Madryn, a lo que Antonia se negó. La angustia era muy grande.

A pesar de los sinsabores, la relación entre ellas seguía firme.

En una de esas conversaciones, Zulema le contó que su relación con Silvio, no funcionaba bien, él se había volcado a la bebida y todo se tornaba muy difícil. Hasta llegó a agredirla físicamente.

.Continuaron las charlas sobre el tema y Antonia fue venciendo la depresión y se propuso ayudar a su amiga.

Por más que Zulema intentó salvar a su pareja de distintas formas, nada pudo cambiar.
El divorcio fue un hecho y, una vez solucionados los temas legales, se despidió de amigos y conocidos sureños.
Después de renunciar al trabajo como Bióloga, decidió regresar a Buenos Aires …

El nuevo encuentro entre ellas estaba plagado de mucha tristeza, dos mujeres ya mayores se encontraban sumergidas en una soledad no merecida.

Antonia le ofreció su hogar hasta tanto se venciera el contrato de alquiler de su casa, y así poder reacondicionarla para volver a ella.

Zulema aceptó la propuesta y fue así que comenzaron una vida distinta, un volver a empezar.
Resultó un compartir diferente a sus hábitos. Un cambio que las fortaleció y, sin proponérselo, fueron sobrellevando sus duelos.

Distribuyeron sus tareas en el hogar, dedicándose la una a la otra, logrando una relación armónica.

Zulema ocupó el cuarto vacío que había dejado Liliana, quien la visitaba esporádicamente, compartiendo el resto de las habitaciones de la casa.

Tuvieron, como todas las amigas, encuentros y desencuentros, pero éstos, no pasaban de una discusión normal.

Cada tanto, Liliana visitaba a su madre, sintiéndose aliviada. Ya no le pesaba tanto la soledad y la angustia de su Mamá.
Antonia no conocía la verdadera razón de la independencia de su hija.
Vivía sola en un departamento pequeño de San Telmo y trabajaba como secretaria de una Asociación.
Desconocía a ciencia cierta a qué se dedicaba dicha entidad, pero la notaba feliz y eso era suficiente para una madre.

Tanto Antonia como Zulema solían sorprender a la otra con alguna rica comida o la compra de algún adorno para la casa, cuando no un ramo de flores o alguna prenda de vestir.
Acudían asiduamente a la peluquería y a hacerse tratamientos faciales, hasta comenzaron a hacer gimnasia, aunque les costaba mucho ya que nunca lo habían hecho.
En ambas surgió la necesidad de superar sus penas y de recomenzar sus vidas.

La alegría había superado a la angustia.

La convivencia les dio la posibilidad de vivir por y para ellas.

Finalmente Zulema tenía solucionado el tema del alquiler, ya podía disponer de la vivienda. Ambas fueron rediseñando la casa, diagramando parte de sus habitaciones, eligiendo los colores de las mismas, las nuevas cortinas, todo en un plan común.
Estaban felices con este nuevo proyecto, pero a su vez experimentaban la sensación de otra soledad, a pesar que sus casas distaban solo seis cuadras entre sí.

En una de esas noches en las cuales un sillón y un televisor eran testigos de una charla más, después de una exquisita cena, la conversación se centró en el regreso de Zulema, a su casa. Ambas, en un cruce de miradas, quisieron decirse algo que no llegaría a plasmarse en palabras, tan sólo fue un abrazo fuerte y prolongado que provocó algunas lágrimas.

Se fueron a dormir con un cierto sinsabor, conociendo tal vez el motivo, aunque les resultase difícil explicarlo.

Sus almohadas consejeras, fueron preanunciando lo que les sucedería.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban, Zulema le dijo muy decidida a Antonia que no quería irse de la casa, que no podía estar alejada de ella, que así sentía, pidiéndole disculpas si esto podía ser tomado como un abuso o una desubicación de su parte …

Antonia no se sorprendió, no se inmutó, se levantó de su silla y, como un robot, llegó hasta la silla de Zulema, la abrazó, buscó su boca y el beso apasionado selló el florecer de un inesperado nuevo amor.

Se amaban, se necesitaban, tenían su nido … Aceptaron que el amor las había unido muy fuertemente y disfrutarían de él.

Como toda pareja, comenzaron a planear su convivencia, algo que jamás habían pensado, pero la realidad les proponía ese volver a empezar.

Uno de los temas que trataban a diario era planificar qué “estrategias” utilizarían ante “la sociedad”, que aún se resistía a aceptar a las parejas del mismo sexo.

Uno de los “karmas” fue cómo se lo comunicarían a Liliana. Fueron postergando la decisión de reunirse con ella. Consensuaron vivir gozando de esta nueva situación y cuando se diera el momento le contarían a la hija de Antonia …

Decidieron festejar los tres meses de aquel desayuno memorable, feliz, único e inolvidable.
Organizaron un almuerzo en un restaurante típico de Palermo, un café en Recoleta, una película en el Abasto, una merienda en un hotel de Av. Callao y una cena en casa, con su comida preferida y velas encendidas dándole marco a un día de festejo del amor.
Disfrutaron del día como nunca lo habían sentido.

Pasada la cena se dirigieron como dos niñas, tomadas de sus cinturas, al living. Las esperaba el mullido sillón, una luz tenue de una restaurada lámpara, la música de Noche de ronda se escuchaba muy suavemente. En la mesita ratona las burbujas del champagne danzaban en ambas copas, donde coronarían el brindis.

Dentro del plan del día habían optado por apagar sus celulares y descolgar el teléfono fijo. Vivir su mundo y este festejo sin interrupciones.

Liliana intentó varias veces al día comunicarse con su madre o con Zulema, quería informarles que estuvieran atentas, ya que iba a realizar unas declaraciones en un noticiero de la televisión.

Al no recibir respuesta, se preocupó … algo malo presentía.

Ya era tarde, se acostó y decidió levantarse temprano al día siguiente e intentar comunicarse nuevamente. Fue infructuoso.
Cargó unas pancartas en su moto, las que utilizaría en una movilización que su Organización había planeado para ese mediodía. Se dirigió a la casa de su Mamá. En el propio frente hizo un intento más, de otro llamado, no tuvo respuesta.
Había llevado las llaves de la casa, que aun mantenía en el mismo llavero de siempre.
Tocó el timbre. Nadie respondió.
Con mucho temor colocó la llave, abrió la puerta y entró a la casa.
Lo primero que divisó en el living fueron las copas de champagne volcadas en la mesita, ropas tiradas por el piso que guiaban al dormitorio de su madre.

El silencio total le dio la pauta que no había nadie en la casa.

En el corto trayecto hacia la habitación pensó mil cosas, ninguno de los fugaces pensamientos tenían buen augurio.

La puerta del cuarto matrimonial estaba entreabierta, la abrió un poco mas, muy despaciosamente.

Era la primera vez que Liliana veía la integra desnudez de su madre, su sorpresa fue verla abrazada a Zulema.

Tropezó con la puerta, lo que hizo despertar sobresaltada a su madre, quien se levantó instintivamente de la cama e intentó darle una explicación a su hija, mientras trataba de taparse con una sábana.

No hubo tiempo, Liliana sólo atinó a emitir un grito estruendoso.

– “ ¡ Nooo … te odio Mamá !”, palabras que hicieron eco en toda la casa y en los corazones de Antonia y Zulema.

Con desprecio le tiró las llaves a su madre, que golpearon en su pecho.
Salió corriendo y despavorida dando un portazo.

Tomó su moto y se dirigió a la plaza donde, en minutos más se reuniría, en una marcha, con sus compañeras. Su lucha por la defensa de la Diversidad de Géneros continuaba con la convicción de siempre.

Carlos Emilio Dentone

RITA (AMOR)

 RITA

En el verano de 1970 Mabel preparó su valija, colocó sólo algunas de sus pertenencias indispensables para iniciar un viaje, sin tiempos. La decisión de viajar a la Capital de Buenos Aires era un hecho.

La búsqueda de nuevos caminos, una vida distinta, el sueño de muchos jóvenes del interior de vivir y tener otras oportunidades en la “Gran Ciudad”.

          Observó su cuarto por última vez. No dejó rincón sin analizar. Una sumatoria de recuerdos le afloraban, gran parte de sus días pasaron en esa habitación.

Tomó su maleta, sin muchos preámbulos, para que el momento no fuera dramático. Se despidió de su madre y de su hermana. Tenía el convencimiento que, algún día, ellas podrían dejar su Pueblo de cuna y convivir nuevamente en la Capital.

             Se venía preparando, desde algún tiempo, para el instante de la despedida. Tragó su llanto, se mantuvo firme, sabía que el beso y el abrazo sellarían el amor, aún en la distancia.

Al rato de marcha, vislumbró la soledad en su asiento del lado de la ventanilla en el Micro que, en algunas horas, la dejaría en la Terminal de Retiro.

            El trayecto hizo que viviera la ambigüedad de la lenta velocidad del micro y del llegar extremadamente rápido a destino.

            El paisaje campero pasaba por sus ojos, como película vieja, con sus cortes, con sus empalmes … El verde eterno de los campos, postes, alambrados, alguna casa a la distancia, algún nido de Hornero, el ganado buscando sombra y un cerrar de ojos para dejar de distraerse.

El Transporte llegó a la hora planificada. Bajó de él, con lentitud. Con valija en mano, fue girando su cuerpo, tratando que no la confundiera el incesante ir y venir de pasajeros recién llegados o de aquéllos que partían.

          Sorprendida ante la multitud caminando y corriendo, a lo cual no estaba acostumbrada.

          En algún momento había imaginado su llegada, pero se dio cuenta y asumió prontamente que tampoco estaba preparada para este paso.

         Nadie se percataba de su desazón, de su timidez, de su vergüenza, de sus temores. Por fin, tomó coraje y continuó con su plan.

         Consultó al canillita, que formaba parte del paisaje de la terminal, dónde podía tomar el colectivo 22, cuyo recorrido finalizaba en Quilmes. El hombre le respondió rápidamente, conocedor del recorrido de las tantas líneas que pasaban por Retiro.

 Le habían recomendado una Pensión, La Rosa, a pasos del Viaducto de Sarandí, Sur del llamado Gran Buenos Aires. Si bien no era Capital, solo la distanciaban 20 minutos de micro.

    Encontró el poste del 22 y, tras una extensa cola de espera, subió y luego de hablar con el conductor, pagó su boleto y pudo tomar asiento.

            Su ventanilla le mostraba otro paisaje, otra película. La ilusión óptica le hacia ver que los cuadros pasaban mucho más rápido. 

            En plena distracción, la voz del Chofer la hizo reaccionar, cuando le dijo: “Estación Sarandí, la próxima parada es la tuya”, según ella había solicitado al subir.

            Agradeciendo el aviso, bajó despaciosamente y al ver el cartel de la pensión, cruzó la Avenida Mitre cuando, el fluido tránsito, se lo permitió. Respiró hondo, exhaló e ingresó a lo que sería su nuevo hogar.

 “La Rosa” no sólo alojaba mujeres, más que nada jóvenes, sino muchos sueños incumplidos o ilusiones por alcanzar.

          En la Recepción, una mujer que rondaba los 60 años, conocedora de situaciones similares a la de Mabel, tras una breve charla, le dio la bienvenida diciéndole: “Esta es tu casa, tu nuevo hogar”, agregó “Contàs con mi apoyo “

            Si bien las palabras de Sonia, así era el nombre de la Encargada de la Pensión, no la conmovieron, le dieron cierta contención.

            Luego de realizar un pequeño “tour” por el establecimiento, incluyendo su cuarto y el baño externo, Sonia llamó a las que iban a ser sus compañeras de habitación con el fin de presentarlas.

            Otras historias, otras soledades, distintos planes, distintos sueños, con ellas comenzaba el compartir su nueva vida.

 Su primera meta era conseguir trabajo, sabía que no era fácil, nunca lo fue, y sus primeros intentos fueron vanos. Se encontró con salarios irrisorios o patrones con buena paga, pero con variadas apetencias. Lo que significa “el poder” y “el machismo” !!!

Mabel, con sus 25 años, era una chica de lindos rasgos, cabello negro, tez trigueña, ojos color almendra muy vivaces. Tenia una altura de 1.65 metros, buen físico en general, sus piernas contorneadas se destacaban y eran su orgullo.

          Su vida amorosa se limitó a un novio, Sergio, con el que se conocieron a los 13 años y tuvieron la oportunidad de crecer juntos. Se amaban pero, poco antes de cumplir 10 años de noviazgo, Mabel le confesó a Sergio que ya no lo quería, que estaba aburrida en la relación, que no soportaba la rutina que estaban viviendo. Golpe duro para el muchacho porque además de ser una decisión unilateral, no esperaba semejante sorpresa  … repentina … sin decir agua va …      Quedó dolido, pero aceptó la decisión con fortaleza.

Cada despertar de Mabel consistía en levantarse, ducharse, desayunar, leer los avisos clasificados, cambiarse y salir en búsqueda de un trabajo digno. Sabía que, con un Secundario inconcluso, sus chances de acceder a un empleo, eran poco pretenciosas.

          Cada día que pasaba y sin posibilidades laborales, la angustia iba acrecentándose. Tenía unos ahorros logrados con su trabajo en la Panadería de Don José, allá en su Pueblo, en la que atendía al público muy gentilmente.  Con el paso de los días, sin respuestas, su mente y sus pensamientos la comenzaron a atormentar.

          Analizaba su entorno, a sus compañeras de Pensión, donde había jóvenes de su edad hasta mujeres de alrededor de los 50 años.

         Veía más contentas, en general, a las de mayor edad, las más jóvenes tenían su mismo problema en cuestión de trabajo.

         De las charlas ocasionales se desprendía que varias compañeras trabajaban en los “piringundines” del bajo. Así se conocían los locales donde trabajaban coperas, en 25 de Mayo entre Lavalle y Córdoba y aledaños. Relativamente cerca del Puerto, donde la llegada de Marineros de todo el mundo era muy fluida.

Mabel sólo escuchaba las charlas en alguna mateada. Estas chicas, y no tan chicas, ganaban buen dinero. Algunas tenían sus planes concretos de alquilar un departamento y dejar la Pensión. Otras sabían que, a corto plazo, podrían estar accediendo a la compra de alguna casita, seguramente subvencionadas por esos personajes que aportan a estas causas y niegan a sus esposas la renovación del juego de dormitorio, para dar solo un ejemplo, dando cátedra de austeridad a lo que sumaban una pizca de buenas costumbres …. La disyuntiva la colocaba en aprietos.

Mabel necesitaba trabajar, tener un ingreso para poder progresar. La idea de traer a su Madre y a su hermana a vivir con ella seguía rondando en su cabeza, y poder así alejarlas de aquel hombre, su padre que, con sus palizas, más de una vez, dejaba malherida a su Mamá. Si bien no convivían, era del Barrio y cada tanto se acercaba a su casa amenazándola. Pero ese era otro tema, a Mabel no le gustaba hablar de su Padre.

Se propuso intentar una semana más a fin de conseguir nuevas entrevistas laborales.            A mitad de esa semana, se decidió. En la noche del miércoles caminaba embelesada por la avenida Corrientes con sus luces, el movimiento de la gente, las marquesinas de los teatros, los cines.

           La imagen la deslumbró. Entre ese gentío, que se mezclaba en idas y vueltas, observó a los comensales de un Restaurante. Sus ojos divisaron a Graciela,  una de sus compañeras de pensión, compartiendo animadamente su mesa con un muchacho mucho menor que ella.           Se escudó en una columna para que Graciela no la viera y continuó con su observación. Le llamó la atención la forma en que se reían, ausentes de su entorno, el modo en que se miraban y se tomaban de la mano, en cada risotada chocaban sus copas, brindando vaya a saber porqué  …     Esas que contenían un vino blanco, cuya botella descansaba en un enorme balde con hielo.          Al rato de seguir las acciones de Graciela y ese joven que bien podría ser su hijo, se sintió rara en esa posición de “chusma”.

        Siguió su camino, descubriendo lugares, cantidad de Librerías, Disquerías, Bares … unos pegados a otros y  gente … más gente …

 Esperó despierta a Graciela en la habitación hasta pasadas las 6 de la mañana, más precisamente a las 6.10 ingresó su compañera. Sintió su aroma, mezcla de alcohol, tabaco y noche. Le agradó. Le gustó el saludo de Graciela que indudablemente llegó feliz.

– ¿Qué hacès chiquita despierta a esta hora ? haciéndole una caricia en la cabeza.

– No podía dormir … Estoy preocupada … No se me dio ni un trabajo – balbuceó.

 -Tranquila querida “Mabe”. Mientras me cambio, preparate un mate y charlamos.

        Graciela se sentó a los pies de la cama de Mabel, comenzó a contarle sobre el dinero que había hecho esa noche.

        Parte de la velada ya la conocía, la otra se la imaginaba.

        Entre mate y mate Graciela le hizo un recuento desde su llegada a La Rosa. Tuvo avatares como todas, pero su vida cambió la noche en que la aceptaron para trabajar en un pequeño teatro, en el subsuelo de una Galería de la calle Florida.

– Entré al Teatro Floridita y comencé otra vida, aunque no me gustaba la propuesta, a la semana me hacía de buena plata, de una guita que jamás había visto. La necesidad por plata te pone una máscara y seguís adelante. Pero viste, yo ya soy grande, tengo que seguir y aprovechar mis últimos cartuchos …

        El trabajo en el Teatro era duro, no cualquiera lo podía hacer. El Show de Strip-tease comenzaba a las 10 de la mañana y finalizaba cuando el último espectador lo decidiera.      Los últimos en ver el Show seguramente se retiraban mareados y no por tragos alcohólicos, sino porque las chicas, a cierta hora de la madrugada, apuraban el paso y, a los pocos espectadores que quedaban en sus butacas, no le alcanzaban los ojos para ver con detenimiento y claridad, lo que afanosamente querían ver y aquello que sería un placer para la vista y centro de su propio ser, se transformaba en una calesita, un carrusel de giros enloquecidos, resultando muy difícil atrapar la sortija y tener la opción de otra vuelta.

        El espectáculo era continuado, por lo que las chicas rotaban en sus horarios, sus horas extras las hacían fuera del lugar y con gestión propia.

        El relato de Graciela le aclaraba la decisión a tomar por Mabel. Muchos caminos no le quedaban, o Floridita o el bajo. Una de las preocupaciones que tenìa era si algún conocido de su Pueblo la pudiese ver en esas situaciones. Pero al mismo tiempo, le parecía imposible que se diera esa casualidad.

     Graciela, ya vencida por el sueño, se acostó diciéndole: “Mabe, cualquier cosa me decís, te presento y punto, me duermo … estoy agotada …”.

En un par de días se entrevistó con Don Rogelio, el señor ya veterano y con abdomen prominente, se encargaba de contratar a las chicas (y no tanto), a esas futuras reinas del desnudo que darían vida al lugar, tanto de día como de noche. Llegaron a un acuerdo y esa misma noche Don Rogelio le ofreció comenzar.

– ¿Sin ensayar? Nunca hice esto – dijo Mabel.

– Vos seguí a las chicas, ellas te ayudan. Acá no hay arte, sólo desnudarte graciosamente.     Con ese físico vas a tener suerte y más de una hora extra !!! – concluyó Don Rogelio.

       A Mabel no la alegraba la decisión tomada, pero el tener trabajo esa misma noche le daba cierta paz. También pensó que, teniendo un ingreso y estando tranquila, sería más fácil buscar otro tipo de empleo.

Y la noche llegó. Se presentó en el lugar acordado, Don Rogelio le presentó a parte del elenco y al Coreógrafo, así se hacía llamar el muchacho que le dio las primeras indicaciones:

– Vos tenés que salir caminando por las tablas. Tené cuidado que es muy chico el escenario, lo haces como si no hubiera nadie en las butacas, ni a tus costados. La idea es salir desde el medio, caminas en fila hasta la punta derecha, ahí bajas la escalerita, das la vuelta por las butacas y volvès al escenario subiendo por la escalera de la izquierda. – dijo el Coreógrafo.

     Continuó explicándole cómo ir desvistiéndose, cómo desprenderse de su ropa sin dejar de mirar al público de manera insinuante y provocativa. “Gestos felinos !!!”, acotó. Mabel miraba y escuchaba, no emitía palabra mientras se ponía una bikini plateada, muy cavada, unos zapatos de tacos altísimos también plateados. Lo más difícil era ponerse esa cosa llena de plumas en la cabeza, el tocado. Pronto llegó una compañera a ayudarla.

     –   Hola, me llamo Mora, sentate que te ayudo, ya le vas a agarrar la mano. ¿Cómo te llamas ?

– Gracias Mora !!!  Soy Mabel, entré hoy recién, no se para dónde disparar …, dijo tímidamente.

–  Si, ya sabía, tranquila todo va a salir bien. Pero no podès usar tu nombre aquí, no te

dijeron ? Elegí un apodo, suponte Moría, Zulma, Cocó. Uno que te guste y no esté repetido.

–  Rita hay alguna ?

–  No. Es poco sugestivo, pero si te gusta … – Mora terminaba de ayudarla a vestirse.

       A poco, el nombre de Rita Marzi estaría impreso en los afiches, cuyo enunciado era “20 Chicas bonitas 20”.

      Le estaba terminantemente prohibido al personal, tomar contacto con los espectadores y, menos aún, recibir obsequios de parte de los mismos. A Mabel, mejor dicho a Rita, le pareció buena la idea, se sintió protegida, hasta que se dio cuenta que esa “Norma “, no se cumplía.

          Un debut con algunos tropezones, pero debut al fin. Se amoldó a las circunstancias, bailó muy bien, se supo desvestir sin demostrar su vergüenza y, según sus compañeras, la aplaudieron mucho. Ella no se percató.

         Lo único fuera de lugar y que no le agradó, fueron los manotazos que le dieron algunos viejos en sus soledades u otros de jóvenes que habían ido en grupo, como si fuera su primera vez. Esto solía ocurrir cuando bajaban del escenario y caminaban alrededor de las butacas.        Pero ya no había tiempo para más. Su segunda función comenzaba en pocos minutos.

       Así, Rita fue asimilando esta nueva vida, que en el fondo de su ser aborrecía, pero la tranquilizaba mucho. Incoherencias que nos ofrece la vida.

Comenzó a comprender este oficio, entendió a la prostituta, se dio cuenta quién lo hacía por placer, con eso de cautivar y seducir al hombre, y quién lo hacía por una necesidad económica.

         Pero también aprendió que, en algún momento, los extremos se cruzan, y quien lo hacia por placer se convertía en una muy buena amiga, con una vida común y normal a su mirada y, por otro lado y en algunos momentos, ella misma percibía sus excitaciones en alguna que otra función.

Pagaba el alquiler de la pensión en tiempo y forma. Comenzó a comprarse ropa y perfumes. Salía a pasear, a tomar un café, alguna vez iba a un restaurante, en ocasiones sola, en otras con alguna amiga que supo hacer en este tiempo.

         Cuando volvía a la pensión luego de una salida, generalmente sentía cierta culpa de haber gastado dinero. Tenia como meta: ahorrar, cosa que regularmente hacia guardando billetes de sus cobranzas, ya sea del Teatro como de horas extras, en un caja de bombones obsequiada por un admirador, guardada celosamente en su parte del ropero bajo llave.

Cada tanto, se comunicaba con su madre y su hermana, para contarles cómo le estaba yendo económicamente. Inventó un trabajo como vendedora en una Perfumería, para no indignarlas. No la aceptarían si supiesen cuál era su real trabajo.

Pasaba el tiempo y su oficio la convencía más. En esos pensamientos dispares o controvertidos que muchas veces tienen los humamos, Rita superó su vergüenza, su timidez y el pasearse desnuda ante 1 persona o 40 espectadores se convirtió en una necesidad.

     Comenzó a vivir lo sexual disfrutándolo como nunca. Se sintió libre y plena. Su vida fue cambiando y Rita aceptó con gusto ese cambio.

      Le llegaban obsequios de admiradores, invitaciones a salidas. Se sintió hasta “mimada” por esos hechos sabiendo, de todas formas, el porqué se generaba todo eso.

Hubo un señor que no se perdía función en la que Rita actuara. La admiraba desde una butaca del costado, en silencio, sin gestos, sólo la miraba embelesado. Ella lo notaba y también se lo dijeron algunas de sus compañeras y el Coreógrafo, cuando le dijo: “Apretátelo, es un bombón”.

          Pasaron un par de meses hasta que este hombre de cuarenta y pico de años, muy elegantemente le comenzó a dejar regalos … esos tradicionales: bombones, flores, algún rico perfume. Siempre con una nota respetuosa expresando su admiración por ella …

     Al principio, Rita no le prestó atención a este señor en particular. Menos aún, cuando se dio cuenta que realmente estaba enamorado, Por el carácter de sus notas se intuía que la amaba, admiraba su cuerpo, su andar, su forma. Por qué amarla de la manera que lo expresaba ? No era posible … No la conocía …

     Su muy medida y cauta insistencia hizo que Rita lo mirara con otros ojos. Era un lindo hombre, de buen vestir, elegante y muy gentil.

     Pasaron un par de días y Rita aceptó una de las invitaciones de Jorge, que así se llamaba.

     Fue una hermosa cena para ambos. Ella, agradecida, contándole algunas pocas cosas de su vida y Jorge de la suya.

     La noche finalizó en un cuarto de hotel, pero para Rita no fue como otras noches, fue distinta, sintió por primera vez en esta etapa de su vida que, además del sexo, pudo sentir cariño, contención … No se atrevió a decir que sintió amor, pero la salida la conmovió.

Comenzó otra nueva vida, quizás la mejor. Fueron muy bellos momentos, experiencias distintas a las vividas, la necesidad de estar juntos.

         Jorge le contó que era viudo … que a partir de ahí su vida se disipó y comenzó a ir a “piringundines” …  al Teatro en cuestión  … Cuando la vio, se enamoró perdidamente, cosa que demostraba a cada instante.

        No era  el prototipo de hombre que, por distintos motivos, se vincula a prostitutas y quiere ser el “gran salvador”, el que quiere rescatar a esa mujer de esos antros, el que le averigua la vida, la aconseja, le da dinero fuera del acordado, le ofrece un camino “sano” de vida. Una especie de héroe caído a menos, como pensó más de una mujer del oficio que conoce a esos tipos de vanos salvatajes.

Jorge pretendía a Rita tal como era. Con su trabajo y su libertad. El disfrutaba estando como espectador del Floridita, cenando con ella, charlando con ella y, por sobre todo, haciendo el amor con ella.

         Obviamente Rita también se enamoró, comenzó a amarlo y estaba dispuesta a comenzar una vida con él.

Emprendieron un camino juntos.

Jorge le ofreció un departamento en Capital, precisamente en el Barrio de Flores.

La Pensión La Rosa se convertiría en un recuerdo, en una parte de su historia.

Rita fue acomodando el departamento a su gusto, con obsequios de Jorge, como de compras propias. Disfrutó de aquel espejo de cuerpo entero que siempre quiso tener y lo tuvo.

            La relación se fue fortaleciendo. Quizás se debía a que cada uno continuara con sus tareas habituales. Jorge era prestamista, estaba acostumbrado a manejar mucho dinero, y ella con su teatro. El vínculo se fue fortificando y ninguno perdía su libertad.

             En realidad, para la pareja en sí, vivían como al principio. Se veían varios días en el teatro, cenaban juntos y pasaban un rato de amor en el departamento.

 En algún momento Jorge le pidió que dejara de trabajar, que él se haría cargo de sus gastos, que ni plata ni casa le iban a faltar, que no era necesario que siguiera trabajando tantas horas en ese lugar … Le ofreció, si Rita deseaba trabajar, otro tipo de empleo.

            Rita tenía sus convicciones y esta propuesta no la aceptaría. Con todo lo que tuvo que aguantar, todo lo que tuvo que ceder, hasta su misma dignidad, pero ahora, más fuerte y dando valor a su propio esfuerzo, se negó rotundamente.

            Jorge trató de entenderla, y no la siguió incomodando con estos planteos. Ese entendimiento que hubo daba muestras de una pareja asentada.

Rita tuvo alguna sospecha sobre esta propuesta. Se le sumó que Jorge no asistía como siempre al Teatro. Conocía sus turnos, pasaba por el departamento, se quedaba un rato, sin siquiera tomar algo o conversar como lo hacia habitualmente. Un rato de sexo y partía.

No pasó mucho tiempo y Rita se enteró, por una excompañera de pensión, que Jorge no sólo no era viudo, sino que tenía esposa e hijos. Tenía una familia. Tampoco era prestamista  … Teñía que ver con el contrato de mujeres para llevarlas a trabajar a otros países.

Rita no lo podía creer. A pesar de enterarse sobre la real vida de Jorge, lo seguía amando con todo su sentir.

          Se propuso no decirle nada y seguir con el trato rutinario.

     Pero no pudo o no supo cómo separarse de él. Fue lo más duro y difícil de soportar. Había entregado su ser como nunca y paradójicamente recibió de Jorge todo, independientemente de lo económico. Se sintió defraudada, estafada y aquel vino que tomaba en algunas noches de alegría y brindis, se tornó en su peor enemigo. Toda su angustia la canalizaba bebiendo con alevosía.

Sus días y sus noches se rodearon de alcohol.

Una sola cosa le causaba alegría pasajera y era desnudarse para quienes decía, eran su público. Había aprendido mucho y tenia su técnica para el strip-tease, aún con su ebriedad.

Jorge desapareció totalmente de su vida.

Al poco tiempo y luego de algunos desmayos, tras estar internada en una Clínica, el Médico le informó que su hígado no soportaría más alcohol. “Ni una gota !!!”  le ordenó. La medicó, le dio cita para la semana entrante y finalmente le dio el alta. Estaba delicada de salud.

Una noche al salir del Floridita, el portero de la Galería le dio un sobre que habían dejado a su nombre: Rita.

           Lo tomó con fastidio, todo la ponía mal y en un taxi recorrió el trayecto hasta su departamento. Llegó, se cambió, la cubría una bata azul marino. Tomó dos vasos de agua, uno detrás del otro, se desplomó sobre su cama.

            Pensó en el sobre que dejò en la mesa de la cocina. Seguramente algún admirador cargoso, a esta altura, o algún viejo verde, de esos que nunca faltan, o algún pibe que se quería acostar con ella. Muchas más alternativas no manejó. De última ¿una carta de Jorge?

      Esos pensamientos la quebraron y, de sólo recordar situaciones, un ataque de nervios – mezcla de todo – la dejó exhausta. Se durmió agotada.

A la mañana siguiente se despertó abombada. Se levantó, fue por agua y se tiró agua en la cara, para sentir alivio. Encendió una hornalla, puso la pava para tomar unos mates. Observó el sobre aún sin abrir. Lo tomó en sus manos. Estaba dirigido a Rita y entre paréntesis a Mabel.

            El sobre tenia el Logo de una Unidad Policial de Buenos Aires. No entendía mucho. Lo abrió con curiosidad. Le temblaban las manos … “De la Policía ?” se preguntó.

La nota decía al comienzo: “Mi amada Mabel”. Seguía un texto largo y el cierre de la misma estaba firmado por Sergio (Sub-Inspector).

          Aquel chico que conoció a los 13 años, del que se enamoró y que, por decisión propia, dejó, al tiempo, se hacia presente con un carta.

         Sergio siguió la carrera de Oficial, en la Policía Bonaerense y algún día comenzó a rastrear a Mabel.

            Estuvo camuflado en el Floridita. Vio su desnudez ofrecida a un público morboso. Se dio cuenta del deterioro de su cuerpo, sus ojeras, su sonrisa obligada y fingida, sus ojos perdidos.

            No le contó de esto en su nota. Le escribió que, aunque hubieran pasado muchos años, él la seguía amando. Nunca la dejó de amar. En resumen, sólo eso.

El llanto de Mabel al leer provocó que sus lágrimas mezclaran bronca, tristeza, desazón … hasta transformarse en gotitas saladas de alegría que iba bebiendo, sin desperdiciar ninguna.

          Mabel agradeció internamente el hermoso gesto de Sergio, que la siguiera amando, pero también sabía que ni bien la viera no iba sentir lo mismo. Tenía muy claro su deterioro.

Lo que no pensó Mabel es que el amor verdadero, no tiene años, ni físicos, ni estados de salud.

Sergio, en su nota, le había dejado un número de teléfono. Ella se comunicó. Lo primero que le dijo fue que ya no era la misma, que había envejecido mucho y que no era digna de él.

           La dejó hablar y en cada silencio le decía: “te amo”.

           Se juntaron a tomar un café, como si fuera aquel primer café en el Bar frente a la Plaza del Pueblo.

 Ambos lloraron y sus manos no dejaron de estrujarse unas a otras.

Sergio logró el grado de Inspector. Un procedimiento relacionado con el “trato de blancas” le dio la posibilidad del ascenso.

          Ambos decidieron dejar la Ciudad y volver a sus entrañas.

No hubo Ceremonias, no hubo tiempo de hijos, pero sí de volver a disfrutar de su Pueblo querido, de sus familias y de sus amigos y, por sobre todo, de dejar el pasado atrás … ahí … donde debía estar …

Carlos Emilio Dentone

Trabajo realizado en el Taller de Narrativa, dictado por la Profesora Alicia Grinbak. Con sus modificaciones.

El Piria, un pájaro libre. (Fútbol y Amistad)

El Piria, un pájaro libre

Profesión, lo que se dice profesión, era la que tenía el uruguayo Alcibíades, el “Piria” le decíamos.

Algún día de 1965, no se supo nunca cómo, apareció en los pagos de Bernal Oeste, más precisamente en “La Soledad”, Barrio con cancha de “ once “ o cancha de “ once “ con Barrio, donde uno de los personajes inolvidables era el Negro Lovel, aquel boxeador que nunca vi arriba de un ring, pero al mirarlo caminar, ya “ cantaba “ su historia.

La cancha en sí tenía 2 arcos de madera despintados, sin red, las líneas del perímetro, de las áreas, de los corners, etc., era surcos, algunos de cierta profundidad que provocaron alguno que otro esguince; el pasto, …… bueno, pasto no tenía, salvo en algún rincón, lo reemplazaba la tierra y la polvareda.
Vestuarios, casucha de chapas, detrás de los arcos rodeados de sauces llorones y eucaliptos enormes que también tenían sus años.

De “ El Piria “ nunca supimos demasiado, era tan parco fuera de su profesión que ni siquiera sabíamos su apellido, su edad, su domicilio, si tenía familia, cuál fue la causa de venir a Bs. As., pero en definitiva, no sé si hubiésemos tenido algún beneficio conocer sus datos, pienso que su anonimato le daba marco a su personalidad.

Además siempre estaba ahí, donde tenía que estar, era de llegar primero y se lo veía irse, cuando ya la cancha le hacía méritos a su propio nombre, La Soledad.

Sábado tras sábado, semana tras semana, mes tras mes y año tras año, el Piria era uno de esos personajes infaltables junto a “ Viruta “, su perro de raza “ callejero “. Blanco, con manchas marrones, ojos vivaces y orejas largas. Viruta demostraba, con su cola incansable, que tenia orgullo por su amo, llegando con él, esperándolo 90 minutos o más … , haciéndole “ pata “ en el entretiempo y por fin acompañándolo de regreso, tomando la delantera como marcándole el camino.
Ambos, formaban parte del paisaje de “ La Soledad “, estaban tan presentes, como el mismísimo Lovel, como los sauces y los eucaliptos, como esos arcos de madera despintados.

Nosotros que teníamos una edad promedio de 17-18 años, formábamos un equipo que jugaba siempre de local, y defendíamos los colores de “ La Soledad “ contra otros Barrios, contra casados, contra solteros, contra otros equipos y contra aquellos que se animaban y hacían su desafío.

Como todos los equipos ganábamos, empatábamos y perdíamos, aunque varias veces los partidos se suspendía por causas varias, motivos que para cualquier “Potrerista” dejo librado a su imaginación.

Generalmente, o sea, todos los sábados nos reuníamos jugadores, técnicos, aguateros, público objetivo, hinchas poco objetivos, arcos, pelota etc., etc., etc., y siempre un lugar sin ocupar, un hueco sin tapar, una función sin cumplir, una profesión sin cubrir, un silbato sin soplar, exactamente lo que Ud. pensó:

Un Referi !!! Un árbitro !!! Un Juez !!!

Nadie quería asumir ese rol, nadie se responsabilizaba de semejante “responsabilidad”, hasta que un día, cuando pedimos a los presentes que alguno agarrara el pito … bendito día de agosto del ’65, un hombre de unos 40 años, más vale alto, morocho con algunas canas que se mostraban como al pasar, con un pantalón vaquero gastado de ninguna marca y camisa escocesa, estaba sentado sobre una piedra y se levantó en dos tiempos, como sintiendo su historia, apagó el cigarro con su pie derecho, acarició la cabeza de su perro, se dirigió con voz fuerte y firme, al grupo que esperaba ansioso el inicio del encuentro, gritó:
“ Yo dirijo, muchachos “.

Muy seguro de sí se encaminó hacia el centro de la cancha, nos convocó a todos y nos dijo: “ soy Referee y no tengo problemas en arbitrar el encuentro, eso sí … necesito el respeto de Uds.

El mismo respeto conque yo
los trato a Uds. Si estamos de acuerdo, se quedan conmigo los capitanes, ah! mi nombre es Alcibíades, pero no hay cuestión si me llaman “ Piria “.

Dicho esto, que fue tomado por nosotros y por los jugadores de “9 de Julio “, rival del día, con cierta sonrisa un tanto nerviosa, mezcla de: “ ¡ qué bárbaro ! y/o ¡ este loco de dónde salió !”, se quedó con Pedro N° 6, Capitán nuestro y con el N° 5 contrario que miraba al Piria, automáticamente miraba a sus compañeros y volviendo sus ojos al Referee se sentía extraño de esa situación.

Tal como Juez de Box, tomó a los capitanes de los hombros y les habló tanto, que desde afuera de la cancha se escuchaba aislado algún: ¡ dale Loco, dejate de sermones ! ¡ Empezá el partido, .. che ! hasta que por fin le dio la mano a ambos deseándole suerte y ahí comenzó el idilio entre La Soledad y El Piria, La Soledad con su historia y El Piria, con su “ Viruta “ y su silbato con su cinta roja que se enroscaba y desenroscaba en su dedo índice de la mano derecha, como agente de la Federal, en día domingo, vigilando su tranquila esquina.

Dentro de sus costumbres, el sorteo lo realizaba con el silbato. Con sus manos se lo llevaba a su cintura y como haciendo pases de magia lo encerraba en uno de sus puños y luego hacia elegir a uno de los capitanes, llevando sus dos brazos hacia delante y preguntando ¿ en qué mano está, señor ?

Siempre nos trató de señor, aún en situaciones fuleras, siempre nos decía señor. ¡ Siga señor ! ¡ No se tire señor ! ¡ Más despacio, señor ¡ ¡ Señor, la próxima se va a duchar ! ¡ Señor, no insulte !

Un día, en un entretiempo, mientras acostumbraba a fumarse un cigarrillo, alguien le preguntó por qué no usaba la moneda para el sorteo de arcos, a lo que respondió con lacónica voz: “ Perdí 2 ó 3 monedas al revolearlas y hoy la cosa no está para perder chirolas ” . Cuando tenía esas respuestas nos sacaba una sonrisa y una duda: qué tipo tan particular !!!

Previo al pitazo inicial tenia la costumbre de tocar el pasto con su mano derecha, miraba su reloj, y levantando su brazo derecho, hacía una seña como dando el OK del comienzo del partido a los supuestos Jueces de línea, o al público o a los técnicos o a Viruta, o vaya uno a saber a quien se dirigía.
Se hacía la señal de la cruz y silbato en boca, cuya cinta roja colgaba de su cuello, pegaba un pitazo que no era difícil que lo escucharan desde la cancha de la Bernalesa, cancha más pituca, con vestuarios, con las líneas marcadas con cal, cercada con ligustrina que quedaba a un par de cuadras.

Así fue que tuvimos un “ Señor Referee” al que no teníamos que llamar o rogar, ya estaba ahí, dispuesto a afrontar el próximo compromiso, y nosotros y hasta los contrarios, esperando que él estuviera dirigiéndonos con sus terribles errores, con sus pautas tan particulares, pero con toda la objetividad y todo el respeto por la profesión que Dios le había encomendado. Y Viruta, su perro, atestiguaba sentado frente a la piedra que solía usar como asiento el Piria, antes, en el descanso y después de cada partido.

Aprendimos un montón con él, que si bien tenía que ver con el fútbol ya que las asimilábamos en el mismo partido, hoy después de 30 años fueron cosas que nos quedaron para toda la vida:

  • El respeto por los compañeros.
  • El respeto por los contrarios.
  • El respeto por los técnicos, el aguatero y el público.
  • El festejo medido, la derrota con altura.
  • El aceptar y respetar al Juez.
  • El compartir la bolsa de agua.
  • El sentarse después del partido y sacar conclusiones.

Tanto dejó El Piria que me animaría a decir que fue parte del crecimiento en una etapa de la vida donde sin darnos cuenta se va forjando al hombre, al papá, al esposo, al hijo que siempre fuimos, a ser un hombre de bien, a ser hoy, un hincha de fútbol que disfruta y saborea de un Domingo, sin violencia y sin violentos.

Pensar que el Piria fue, a pesar de todo, un tipo más que agredido, más que insultado, más que despreciado, “cosas del fútbol dijera alguien, con todo eso en contra, siempre dando el ejemplo, no perdiendo su profesionalidad.

¡ Ojo ! Yo creo que algunos insultos los tenía merecido: nos hacía creer que jugábamos con Jueces de línea y estaba todo bien hasta que en algún gol que invalidaba te decía: ¡ Señor … ¿no ve al línea que marcó el orsay? y vos te volvías loco, pero luego lo asumías, lo aceptabas.

Seguía el juego tan de cerca que una tarde en esos partidos de barrio y cuando faltaban 3 minutos y empatábamos 2 a 2 con Juventud Unida, resultado con el cual salíamos campeones en un octogonal que “ premiaba “ con $ 500.- ( no recuerdo con qué moneda de las tantas que supimos tener o pretender), que acompañando la jugada en que el 7 de “ Juve” se fue por su punta y al llegar a la línea tiró un centro al medio del área que pasó al 9 de ellos y al 6 nuestro y por más que El Piria se agachó como esquivando el balón, no lo pudo evitar, le pegó en la mollera y la clavó en el ángulo, donde los arqueros no llegan, como no llegó Carlitos, nuestro arquero. Pitó, señalo el centro del campo y convalidó el gol.
Perdíamos 3 a 2.
Lo queríamos matar, el capitán nuestro nos quería frenar pero no pudo, cuando lo fuimos a empujar y a calzarle algún sopapo, sacó pecho, se puso firme y gritó: ¡ Señores el Juez es como un poste dentro de la cancha y si la pelota pega en el poste y entra es gol; esto es gol, señores y se acabó !

Mordiéndonos los labios fuimos a sacar del medio, terminó el partido, perdimos el partido y … la plata.

Nos fuimos cabizbajos a cambiarnos. Se acercó El Piria atrás del arco, discutimos, tuvo razón, se la dimos, compartimos una choriceada, El Piria la compartió con nosotros y con su Viruta.

Yo siempre trataba de acercarme y conversar sobre otras cosas, siempre me dejaba alguna enseñanza o alguna duda más que era una forma de aprender cuando le hacía alguna pregunta que no quería o no podía responder. Generalmente contestaba con otra pregunta, con lo que uno cambiaba el tema y a otra cosa.

Con el aprendí a mirar el cielo, las nubes, los pájaros y a disfrutar de la inmensidad y de las alturas, con solo observar. El siempre miraba el cielo.

La que nunca pude contestarle o contestarme fue: ¿ dónde mueren los pájaros libres que mueren ? y siempre que me ponía a mirar pájaros nunca me podía imaginar dónde morían … cuando morían.

Expulsaba muy poco, pero cuando lo hacía iba al encuentro del susodicho y le explicaba los motivos de la expulsión, tratando de darle las pautas para que disfrutara del juego, que gozara de lo que era un partido de fútbol.

Cuando conversábamos sobre esta actitud, nos dábamos cuenta que fuera el partido que fuera la cuestión era jugar y gozar, tanto como él jugaba y gozaba con cada partido que tenia el honor de dirigir.

Después de algunos años, este Referee objetivo y al que todos querían, formó parte de nuestro grupo; y si bien es muy difícil hablar de Amistad, yo no sé si él lo sabía, pero sí, yo sentía que El Piria era mi amigo y más de uno de nosotros lo consideraba igual.
Una tarde conversando en el final de un partido y entendiendo que no tenía un buen pasar económico, resolvimos hacer algunas “ vaquitas “ cada tanto y darle unos mangos.
Fue así como le vimos cambiar alguna pilcha, comprar un collar a Viruta, y su gran estreno: un par de botines de cuero con tapones que cada tanto se los miraba con orgullo intentando pegarle una lustrada frotándoselo con la pantorrilla de la pierna opuesta.

Todo esto, más el entorno de La Soledad, si bien no modificó su forma de ser, le dio una sonrisa que muy pocas veces habíamos visto anteriormente en él.
Se le notaba esa alegría de poder estar ahí, con su entorno, con su “ soledad “, con su silbato que no dejaba de dar vueltas en su cinta roja enroscándose y desenroscándose de su dedo índice de su mano derecha, creo que llego a sentirse un tipo pleno en el mas amplio sentido de la palabra.

A veces nos permitíamos darle “ un consejo “:
¡ no fume más Piria, aunque sea déjelo en el entretiempo !
¿Piria, Ud. anda comiendo bien? ¡ Está muy flaco, viejo !
Se encogía de hombros como asumiendo la verdad, pero como negando la realidad.

En cada partido se le hacía mas difícil “ aguantar el tren”, se fatigaba y los accesos de tos lo tenían mal, pero una vez que transcurrían 10 o 15 minutos de comenzado el partido, era otro se transformaba y comenzaba a gozar de su participación.

Empezó a disfrutar más de los terceros tiempos, las charlas, el compartir la gaseosa, creo que el también, íntimamente nos sentía sus amigos y hasta Viruta jugueteaba con mas ganas cuando volvían camino a su casa, … camino a su mundo.

En un partido que jugamos contra el Rayo Verde íbamos ganando 1 a 0 con gol de penal que nos dio él y “el línea”.
Sólo él lo vio, los del Rayo se lo comieron porque sabían que Piria era muy objetivo y si el lo había cobrado ¡punto!, pero, siempre hay un pero, expulsó a nuestro arquero por insultar a un delantero contrario.
Siii, a Carlitos, repacifico, un pibe buenisimo, pero Carlitos reaccionó, fue corriendo y le pegó una piña en la boca que le hizo volar dos dientes, dejándole partido el labio superior que largaba sangre como canilla abierta, y que todos tratábamos de parar, hasta el mismo Carlitos que se había dado cuenta de lo que había hecho.

Con mucha agua y pañuelos por suerte la sangre paró, y aunque los dientes ya no eran recuperables, nos saludó como siempre, lo abrazó a Carlitos, le dio una palmada en la cola, “ nos vemos el sábado “, dijo.

No fue el golpe en sí, sintió la pérdida del respeto.

Nos dimos cuenta que no le dolía la boca, le dolía el corazón. Tapándose la boca con un pañuelo se fue a sentar a la piedra de siempre, jugando con Viruta, que fue testigo de las curaciones que intentamos practicarle; hasta que al rato y como siempre se esfumaba siguiendo los pasos zigzagueantes de Viruta, cabeza gacha, manos en los bolsillos y su mente … que pensaría su mente?

Se había organizado un partido solteros contra casados con jugadores nuestros y de la Bernalesa, de ésos que no sabes cómo pero siempre ganan los casados, final con asado y guitarreada festejando entre otras cosas un juego de camisetas nuevas que conseguimos comprar luego de vender una rifa cuyo primer premio era una bicicleta, que si bien no viene al caso, el número premiado no se había vendido, la bici quedó para nosotros.

La decisión de regalársela al Piria no fue desatinada.

La previa del partido era diferente a la acostumbrada, era un encuentro amistoso, donde nos Mezclábamos con jugadores de los rivales de siempre. Las camisetas nuevas.., el asado del final.. las seguras “ cargadas de los casados a los solteros, y como broche final, sin actos ni palabras especiales se realizaría la entrega de la bici al Piria. ¡ Qué día inolvidable !
Casados empezó ganando el sorteo de las camisetas, solteros, de todas formas, luciría un juego seminuevo del equipo de la Bernalesa.

Empezamos a hacer el calentamiento previo, y después de un rato alguien dijo:
“¿ Che, y El Piria que no lo veo ? ” y otro respondió: “ ¡ Ya estará por venir, ése sí que no falla ! “ “debe estar haciendo flexiones para estar acorde al acontecimiento, mando otro, raro que el uruguayo no esté, acotó otro, che le avisaron que jugábamos?

Lo primero que se me cruzó en la cabeza fue que estaba enojado por el piñón del otro día. Me dije ya se le va a pasar.

Cuando pensé en eso, me corrió un frío por todo el cuerpo y la garganta me latía sin poderla frenar. Como hacíamos para ir a buscarlo, si no teníamos idea donde vivía. De todas formas me daba bronca que no viniese.
Esperemos un rato, ya vendrá.

Mientras tanto nos entreteníamos pateando alguno que otro tiro al arco, haciendo elongaciones, pero yo no dejaba de mirar la piedra vacía, su asiento.

Me distraje, cuando de repente y como de la nada, en un trote veloz y dirigiéndose al centro mismo de la cancha llegó fatigado como nunca, con el silbato con su cinta roja colgada del cuello, con su cola entre las piernas, sus orejas gachas, sus ojos tristes, Viruta buscaba a alguien. Me encontró a mí, subió sus dos patas hasta apoyarlas en mis hombros, le acaricié la cabeza, ni siquiera intenté sacarle el silbato, sólo seguí acariciando su cabeza, sus orejas, conteniendo su temblor.

Mire al cielo y nuevamente no me pude contestar:

“ ¿ Dónde mueren los pájaros libres … que se mueren ? ”

Carlos Emilio Dentone

Relato que forma parte de mi Libro:
Me olvidé del Mundial y otros Cuentos.

OTOÑO (Estación)

OTOÑO

Llega el Otoño
de ocres colores,
tapices de hojas secas
cubren las veredas.

Un crujir incesante
responde a cada paso,
es un canto en sus albores
y será Canción, será Poema.

Pentagramas vacíos
esperan ansiosos,
redondas, corcheas y fusas
atento el Músico y su violín.

No tardará el Pintor
con su atril y su pincel
con sus telas y sus colores
a plasmar hojas al viento.

Esas hojas hacen su danza
van cayendo de una en una
y árboles semidesnudos
acercan nuevos paisajes.

Llega presto el Tejedor
sus ojos miran, observan
la nueva Manta de colores
lleva grabada en su mente.

Elige lanas, forma urdimbres
Telares esperan sus manos
piensa en las hojas secas
que abrigaran una cama.

El amor se hace presente,
no es solo de Primavera
cielo celeste y sin nubes
el tibio Sol de la tarde.

Le da marco majestuoso
a manos entrelazadas
de una pareja de abuelos,
de jóvenes enamorados.

Un lápiz de punta fina,
una hoja, renglones vacíos
una historia que contar
un poema a recitar.

El Escritor vuelca sentires
paisajes y situaciones,
personas, naturaleza
fue su otoñal Poesía.

El Coro avanzó lentamente
sus voces angelicales
le daban la bienvenida
a esta época del año.

El Arte se hizo presente.
El Amor no estuvo ausente
Cada Estación con su encanto
Hoy es tu Día !!! Feliz Otoño !!!

Carlos Emilio Dentone

POMPOM (Mascotas)

“POMPÓN”

     Veníamos de hacer compras en un supermercado cerquita de casa con mi hija, Lorena de 16 años.

     De dueños coreanos o laosianos o japoneses, ignoro su procedencia. Para evitar ahondar en el tema, nos referimos a ellos como “Los Chinos”.
     De a poco van poniendo base en muchas partes del mundo, aún con yogures vencidos y vueltos en caramelos en lugar de monedas.

     Se dice por ahí que venden más barato que los demás comercios. Por ello, tratamos de adquirir nuestros alimentos en dichos negocios.

     Caminábamos hacia casa, una bolsa yo, una bolsa Lorena, cuando me dice:

– Papá … tengo una duda.

– ¿Si Lorena, qué duda tenés?

– Si a vos no te gustaban los gatos, porque nos regalaste a Pompón, ya hace cinco años que la trajiste.

– Ehhh … bueh … bueno me pareció que era un lindo regalo para ustedes, tener una mascota, hummm … no se… me surgió.

– Mas de una vez intentaste darle una patada … te vi …

– ajajá me haces reír Lore, es un juego, como la voy a patear!!! Las cosas que se te ocurren !!! Me encantan los animales y con Pompón estoy apreciando a los gatitos como nunca.

 (Mentira piadosa para calmar a la mocosa)

– Un día me dijiste que los gatos eran muy independientes, que sólo estaban en una casa por comida, que las gatas se iban por ahí y volvían a tener crías, en cantidad, en la casa de sus amos, y no sé cuántas cosas más.

– Si, claro, es un poco así (le respondí) y ¿eso qué … ?

– Eso nada ! ¿Si no te gustaban los gatos, me podes explicar porqué en casa tenemos en este momento una gata que tuvo siete hijitos y ésta es la tercera vez que ocurre lo mismo? De que regalo me hablas, si se nota que no te gusta!!! Además ese día o mejor dicho esa noche, llegaste retarde a casa y te viniste con Pompom … Me hiciste acordar a esos maridos que le traen un ramo de flores a la esposa cuando “meten la pata”…

     Los padres sabemos manejar los tiempos, las pausas, los silencios … a veces … otras no …

Y eso fue lo que me ocurrió en el intento de responderle. En realidad le dije que un día se me ocurrió llevar a “Pompón”, como …, digamos …  sorpresa para ustedes, para vos, para tu madre, …

     Lorena cada vez estaba mas enojada, en el fondo era lógico aunque no supiera la decisión del ahora cuestionado obsequio, pero porque lo relacionó con mi llegada tardísima a nuestro hogar ??? De que habrá dudado esta pibita?

     Llegamos por fin a casa, abrí la puerta no dándole importancia al tema, me dejó su bolsa y entró a su habitación pegando un portazo.

     Yo, parado inmóvil en el medio del living, con las dos bolsas colgadas de mis manos, con 3/4 kilos de nalga de ternera, pan rallado y 3 huevos, ” milanesas en puertaaa “

La otra bolsa contenía un sólo paquete, alimento para gatos.

     Marita, mi esposa, me increpó y a la altura de mis ojos me gritó:

– Qué le hiciste a la nena, que entró llorando a su pieza, algo que no le quisiste comprar? Yo sé que no hay dinero, que no tenemos trabajo, que la poca plata se va como el agua, que salís todos los días a buscar empleo, pero tené corazón, quizá te pidió un chicle, un alfajor y se lo negaste, Oscar, qué te pasa, mira cómo dejaste a Lorena, pobre hija !

     Se metió corriendo en la habitación de la nena y yo, aún inmóvil y, con las dos bolsitas de los chinos en mis manos, no sabía qué hacer.

     Me dije: metiste la pata “oscarcito”, ahora aguántatela, los chicos tienen esas cosas, un día dudan de algo, (aunque pase un largo tiempo) luego te indagan, descubren algo turbio o que no les convence y … quilombo en puerta !!!

     Reaccioné, levanté la vista, miré a mi alrededor girando sobre mí mismo y, como más de una vez, “Pompón” me estaba clavando su mirada desde su canasto de parto y hasta me pareció que esbozó una sutil sonrisa de venganza, la muy … guac … gata.

     Ante semejante e inesperado momento reflexioné: “el horno no está para bollos”.

     Conociendo los lugares de la casa que se transforman en guaridas, según el acontecer diario y las circunstancias de la vida, me fui al estudio, a bajar el correo electrónico y a recapacitar sobre “Pompom”

     Recordé la noche aquella en que “Pompón” se incorporó a la familia.

     Le voy a contar que, esta desprolijidad familiar se sostuvo en el tiempo y usted merece, por lo menos, enterarse de la verdad, de lo que ocurrió, aunque le pido que nunca se lo diga a Lorena. La pobre estará, a esta altura, comiendo las milanesas de ternera que tenían como objetivo ser compartidas en familia. Paciencia. No hay servicio de cena en las “trincheras”

     Y le pido que me comprenda, seguramente a usted alguna vez le habrá pasado algo parecido a lo que me sucedió, quizá sin gata de por medio.

     Fue en un mes de Junio. Ya empezaban los primeros fríos y la gente había adoptado el ropaje tradicional del comienzo de la estación invernal. Yo caminaba mirando la vida por la peatonal y vi venir de frente a … a … , Discúlpeme, no quiero darle el nombre de Ella, no la quiero comprometer, para usted es Ella, para mi es mucho más.

– Holaaaa ! Cómo estás ? Tanto tiempo ! Le dije abriendo los brazos como para recibirla con calidez, cosa que yo no acostumbraba, pero era Ella !!!, merecía mi afecto.

– Hola Oscar, como te va ! Es verdad, tanto tiempo … Te extrañé !

     El abrazo no tuvo la calidez esperada, pero era lógico, había pasado mucho tiempo de la última vez que nos vimos. Hablamos un buen rato, recordamos nuestra época de trabajar juntos, de lo que significaba ella para mí y yo para ella, de nuestros cafecitos en algún bar medio escondido donde disfrutábamos de nuestra temporaria y efímera libertad, qué placer me daba conversar con Ella !!!

     Y querido señor – señora, no se haga ninguna película, piense lo que quiera, pero era eso, disfrutábamos y gozábamos conversando, horas y horas.

¿Si hubo alguna intención más en nuestros encuentros ? Digamos que si, que no. No lo sé y mire que pasó el tiempo, eh !!! Compañera ?, Amiga?, Amor platónico ? Que difícil es pretender clasificar un vinculo, cuando el mismo no esta determinado. Un día comienza una relación, al tiempo continúa y no tiene un final, sigue pero no sabemos de que se trata, o si sabemos pero mejor ni pensarlo. Solo se siente …

Ella tiritaba por el frío, yo por el frío, pero más aún por este sorpresivo encuentro.

 – ¿Qué te parece si tomamos un café ?

  – No, Oscar, discúlpame, pero no tengo demasiado tiempo, voy a hacer compras, ir a casa, cocinar y atender a Carlos que, seguramente, ya volvió de fisioterapia, a los chicos, que a esta hora me comen a mi si no encuentran la comida lista. Me disculpas ?

 – Si, si, por supuesto ! Pero la intención era tomar solo un café, nada más. Dale, vamos ! No tardamos mucho ! Después te alcanzo hasta tu casa !

– Oscar … Bueno, dale, pero dos minutos, ¿eh ? Tengo que ir al Supermercado y me pueden cerrar. No tengo qué darles de cenar a las pirañas que esperan ansiosas.

– Hagamos una cosa, si estás de acuerdo, tengo el auto a la vuelta, te llevo al Súper, compras lo que necesites y después tomamos un cafecito caliente para sacarnos el frío. Si … ?

– Bueno, dale … vamos !

      Fuimos al auto. Qué contento me ponía llevarla, lástima que el viaje fuese corto,  6 cuadras hasta llegar al Súper. Llegamos, bajó corriendo y a los 15 minutos volvió con un par de bolsas. Le debería haber cobrado sobrecarga: una cartera, un bolsón y las bolsas. Pero, qué le iba a cobrar yo que estaba re-feliz de haberla encontrado después de tanto tiempo.

– Dónde vamos, le pregunté …

– No sé, decidí vos …

   – Te parece que vayamos a La Scala … sirven un rico café. Generalmente hay poca gente.

– Bueno, dale, siempre nos gustó estar solos y  conversar.

Te acordàs ? le pregunte mirando sus ojos …

– Si, claro, como no recordarlo.

     Ella bajaba con todo su equipaje. Le sugerí que dejara las bolsas en el auto, íbamos a hacer más rápido.

     Caro lector, no le voy a contar detalles de la charla, pero sí le aseguro que tocamos un montón de temas … , de los dos, de nuestras familias, de nuestros desempleos, de la actualidad, del famoso “corralito” del 2001 donde ambos habíamos quedado atrapados con nuestras indemnizaciones, un par de años atrás, tantos temas hablamos hasta que, llegó un momento me dijo, en tono de broma (por lo menos eso le creí)

– “Ya me aburriste, vamos …”

Siguiéndole la corriente le dije:

– “Si a mí también, ya me cansaste vamos…”

    

Y por dentro sabia que quizá iba a pasar mucho tiempo en que las casualidades o las causalidades nos hicieran encontrar nuevamente.

     Pero la alegría se había vivido y eso era lo importante. Tampoco hay que ser tan pretencioso. Además, por más que prolongáramos la charla, en algún momento… ella para su casa y yo para la mía, ella con su familia y yo con la mía. ¿Será así la vida ?

     Pagamos los cafés a medias, como era costumbre, aunque ella quizá debería haber abonado un poco más que yo, ya que se comió la masita que me correspondía. Pero bueno, gentileza de mi parte.

     Cuando nos levantamos de la mesa, miró la hora y me dijo, con esa bocaza hermosa que tiene:

–  No !!!!! Las diez y media de la noche !!! Con vos no se puede. Me dijiste un café !!! Mira qué hora es !!!

     Yo, que padecía su misma problemática, pero la disimulaba, le acoté:

– Y por qué te pones así, sólo tomamos un café.

– No seas tonto. ¿Qué les digo en mi casa ?

     Tragué saliva porque lo mismo me estaba preguntando yo.

– Decís que te encontraste con una amiga, qué sé yo … De todas formas nos vamos ya  …

     Fue tan fugaz ese rato juntos !

     Subimos al auto, no hubo tiempo de nada, ni siquiera de un saludo más lindo, más afectuoso, más amoroso. Mientras íbamos camino a su casa o mejor dicho hasta la esquina de su casa, ella buscaba sus llaves en el bolsón, en la cartera, en los bolsillos de su campera, estaba nerviosa y cuando se esta en ese estado, lo primero que no encontramos son las llaves de casa.

     Ni hablamos. Bajó corriendo del auto y yo la miré cómo caminaba y se alejaba cargada con su equipaje. ¿Habrá sido un “amor imposible” ?

     Ahora me quedaba a mi, regresar a casa.

     Obviamente no es fácil llegar a casa a las once de la noche, cuando te esperaban para cenar. Pero bueno, creo que Marita me comprende, me soporta, me banca, sabe que soy desbolado y en el cumplimiento de horarios… peor.

     En definitiva, las utopías son utopías, cuando se dan, dejan de serlo y se disfrutan, no se penan, no se prohíben ni se combaten.

     Camino a mi hogar me acordé que, cuando hace frío, lo mas probable es que me encuentre con un par de gatos independientes y soberbios, saltan por la reja del frente de casa y se meten en la cochera.

     Lo terrible es verlos cuando entro el auto y se corren lentamente  desafiantes. Se suben a una de las ventanas y te miran como diciendo:

 – “Dale gordo, metè el coche y entra a tu casa, así nosotros, nos dormimos en tu capot calentito. Y después, si nos da ganas de orinar, ni nos levantamos, directamente levantamos la cola y te orinamos el parabrisas, cosa que el pis se eyecte como cascada e invada la parilla del capot para que, al encender el motor a la mañana siguiente y, apenas se calienten los caños y las mangueras del motor, te acuerdes de nosotros, de nuestro “perfume”. Era patético el accionar de estos animalitos. Se ensañaban conmigo.

     Llegando a casa le aviso, por celular, a mi esposa, (ya fastidiada), que por favor me abriera el portón, para aligerar el trámite del ingreso a casa, siempre un evento de angustia, mirando para los cuatro costados y evitar las famosas y penosas “entraderas” o los certeros arrebatos.

     Estoicamente, Marita se pone una campera sobre su pijamas y abre la puerta.

     Los gatos-as que dormitan en mi cochera se levantan y se suben a la ventana… expectantes. Mi esposa abre el portón. Yo entro el auto. Marita cierra el portón y mientras acomodo mis cosas para bajar, dirige su mirada al interior del auto, para que no me olvide nada, un hábito de mi esposa, casi un TOC o chusmear no más…

     Abro la puerta para bajar y acá señor … , aquí señora … , es cuando mi vida comienza a atormentarse, comienza esa bisagra que cambia la rutina.

    

     Con voz de dormida me dice:

       – Oscar,  baja esa bolsa que está en el piso fuiste al Súper?

– Si, si, les traje algo.

 Punto fundamental en esta historia: “Ella” se olvidó una bolsa del Súper, yo no me di cuenta y menos aún conocer su contenido.

 – “Surprise” !!! le dije como afirmando que aquí no ha pasado nada, y esperando que la bolsa en cuestión tuviera productos que fueran usuales para nosotros.

 – Baja tus cosas y dame la bolsa que te ayudo, me dijo.

      Le alcanzo la bolsa, como si fuera dinamita, “cuidado” le dije, su intuición femenina no se hizo esperar, es más, no esperó estar dentro de casa para ver lo que le había traído.

      Se le cortó el segundo bostezo cuando me dijo:

– 5 kilos de alimento para gatos ?

     A esta altura yo transpiraba en oposición con el frío que hacía.

– “Sorpresa”, te dije. Entra que ya voy !

  Te va a gustar !!! avísale a Lorena !!!.

      Casi como un rayo, salté por arriba del auto, quedé entre la ventana y el coche, no se de donde saque la agilidad ni tampoco la parsimonia del gato, que se quedó sorprendido, pero lo llegue a manotear y lo agarré del cogote al usurpador de la ventana de la cochera (para su conocimiento, era gata). Volví a saltar al auto para acceder a la entrada de mi casa, con la gata colocada bajo mi brazo como pelota de rugby y evitando que sus gatos amigos me taclearan de atrás.

             Más ágil que nunca, logré entrar a casa con el animalito a cuestas, que maullaba como si lo fueran a bañar y yo que jadeaba de tan loco esfuerzo.

 – Toma mi regalo, Marita !!! Para vos y la nena…

 – Grac … gracias, es muy lindo … ¿Pero … Cómo se te ocurrió ? ¿Donde va a dormir?

        – No sé, yo te traje la sorpresa, vos acomodala.

– Le avisaste a Lorena ?

           Si quieren sacar alguna conclusión, háganlo, están en su derecho. Creo que no vale la pena.

           ¿Nunca les paso que por eso de ocultar algo, trataron de taparlo y la cuestión se va agravando, aunque no fuera tan grave?

              Yo los dejo porque quiero ver si me dejaron tan siquiera algún pedacito de milanesa y voy a ver si Lorena está más calma, aunque está en todo su derecho de no estarlo.

           Ah ! me olvidaba de decirle…, la gata, si, “Pompón”, cuida a sus gatitos con el amor puro de Madre, está muy bien de salud … diría que está genial, es la mimada de la casa y yo… yo estoy encariñándome con esa gatita invasora y quizás compinche sin proponérselo.

       A Ella… a Ella no la he vuelto a ver.

De todas maneras, siempre llevo en el baúl del auto una bolsa de alimento para gatos ya que, si un día la llego a encontrar, se la devuelvo … en definitiva es de Ella…

Carlos Emilio Dentone

La Reestructuracion (Despidos)

LA REESTRUCTURACION

     Intermitentes crujidos de muebles viejos en las oficinas, algunas puertas que se cerraban, luces que se apagaban y los saludos pertinentes, anunciaban el final de otra jornada laboral.

     Sólo el Personal de Limpieza, volvería a dejar todo preparado para que al día siguiente la rutina continúe.

     Esa tarde Nicolás Raymondo, Gerente de Recursos Humanos de la Empresa, salió a la hora habitual. Camino a su casa recordó que había quedado algo inconcluso en su escritorio.

     Sin pensarlo demasiado, tomó el camino de regreso para solucionar el problema.

     Al pasar por vigilancia, hizo saber que se quedaría un rato más, advirtiéndoles que no le pasaran llamadas.

      Ya en su despacho, encendió la luz de una antigua lámpara, que irradiaba una luz tenue y agradable. La utilizaba ocasionalmente, luego de la hora habitual de salida, cuando la recarga laboral era mucha o simplemente para distenderse. No le urgía volver a la soledad de su hogar.

     Un mullido sillón de cuero resquebrajado, un cigarro jugueteando entre sus dedos, sus párpados entrecerrándose y difusos pensamientos auguraban un efímero pero profundo sueño.

     En ese letargo se sobresaltó con el chirrido de las bisagras de una puerta vecina.

     ¿Quién andaría por ahí a estas horas? se preguntó.

     Aún con sorpresa, pero ya despabilado, volvió a tomar aquel frondoso y ejemplar legajo. Una carpeta que dolía entre sus manos, pero debía darle curso sin más demora. Llevaba días sin resolver el caso de Julieta Quirós. Daba vuelta cada hoja, cada folio con Diplomas, Títulos, Certificados, Notas con su firma extendiéndole una felicitación, otras comunicándole de ascensos o aumentos de sueldo. Leía y releía desde aquel primer Formulario de ingreso hasta la última Notificación.

     La decisión ya estaba tomada, había que llevarla a la práctica, al hecho desagradable.

     Cada papel que acariciaba le traía recuerdos de Julieta, caros a su corazón. La niñez, la adolescencia, su primera salida, aquel beso, el inicio de un noviazgo, el plan de casamiento, tener hijos … Un sinfín de recuerdos que su mente transformaba en imágenes, la mayoría le sacaban una dulce sonrisa, otras no tanto, y esa que quedó grabada a fuego, la noche en que Julieta lo abandonó, el momento en que sorpresivamente se enteró que ya no lo amaba.

     Supo de ella a los años, cuando un amigo en común le comentó que la bella July se había casado con un hombre mayor que ella, Empresario.

     También recordó ese instante, de dolor, de ausencia, de una soledad que ya no tuvo vuelta atrás.

     Quince años atrás, el destino, la vida, la casualidad o la causalidad, hicieron que Julieta ingresara a la Empresa, donde Nicolás trabajaba, en ese tiempo como Jefe de un Sector Administrativo.

     El verla lo conmocionó, pero guardó su lugar y ella también lo hizo.

     El fue testigo de la fructífera carrera que Quiroz realizó en la Empresa, así la trataba … Señora Quiroz.

     No tenían relación laboral, distintas funciones, diferentes niveles, pero tenían contacto, un almuerzo, un café, un evento.

     Nicolás estaba acostumbrado a despedir gente. Se había formado para eso, para ese trance tan especial, tan difícil … dentro de sus funciones tomaba personal y también despedía, siempre objetivo a la hora de tomar decisiones.

     En esta oportunidad se trataba de ella, del amor de su vida.

     La puerta se abrió despaciosamente, Julieta entró con sus ojos hinchados, síntoma de haber llorado mucho.

     El “radio-pasillo”, se encargó de adelantarle la noticia.

     El rimel corrido le daba un aspecto sensual, se miraron a los ojos, llorosos en él también.

     Se besaron, se abrazaron … Julieta tomó distancia y comenzó a recordar y relatar desde aquella niñez compartida hasta estos últimos días, incluyendo el día del “adiós”

     Fue imparable con su relato, entrecortado con su llanto, pero sin pausas.

Nicolás, te ruego que hagas lo que esté a tu alcance, pero por favor no me despidas, vos sabes bien que la Empresa de mi esposo quebró y eso arrastró a mi familia a depender de mi sueldo. No te olvides que tengo 3 hijos, ellos aún estudian. Si me amaras un poquito … Fijate además cómo está el País: despidos generalizados, el Corralito, empresas en quiebra …¿ Dónde querés que vaya a trabajar a mi edad, por más experiencia y currículum que tenga? Por favor te lo pido.

Un torbellino de palabras perforaron los tímpanos de Nicolás.

    A esta altura había perdido totalmente el manejo de la situación. La sorpresiva visita, el relato que lo apabulló y el estado de las cosas, lo sacaron de sí y ni siquiera le surgió una “frase feliz” para calmar a Julieta y aplacarse él mismo.

     Se volvieron a abrazar y besar con pasión.

   –  July, sabes que la última palabra la tiene el Director, voy a tratar de convencerlo … haré lo imposible … te amo.

   –  Te amo Nico, no me abandones !!!

     A la mañana siguiente Nicolás ordenó a su Secretaria la confección de la Carta Documento … motivo: Reestructuración Le remarcó que saliera antes del mediodía, por Correo privado.

     Al rato tuvo el Formulario en sus manos. Lo revisó un par de veces y lo firmó. Escalón por escalón llegó al tercer piso con sus manos temblorosas.  El Director lo esperaba. Leyó la sentencia escrita muy rápidamente y la rubricó paralelamente a la firma de Nicolás.

     La decisión estaba tomada y ya puesta en marcha.

    – Gracias Señor, disculpe la molestia – Nicolás intentaba retirarse de la Dirección.

    – Un minuto, Raymondo, tome asiento por favor. ¿Cómo se siente con su deber cumplido? La Señora Quiroz no fue un caso común …

      A medida que iba hablando le clavaba la vista a Nicolás.

No tiene mucho para decir Raymondo? ¿El Gerente de Recursos Humanos no tiene respuesta? – Increpó con soberbia.

Me siento mal, por supuesto Señor, pero entiendo perfectamente cómo se manejan las Empresas a la hora de los despidos. Son pasos ineludibles que hay que enfrentar. Es una función más de mi Gerencia.- Nicolás tuvo respuesta evasiva … pobre … lastimosa …

Ahora cuénteme … Raymondo … Se sintió mal a la hora de la firma del despido o cuando la semana pasada, en esta misma oficina, vimos juntos las tres filmaciones de tres días distintos, obtenidas por nuestras cámaras de seguridad, donde usted, Raymondo, mi Gerente de Recursos Humanos, estaba teniendo relaciones sexuales con Julieta, la Señora Julieta Quiroz, esa Señora ejemplar, justamente en el archivo exclusivo del subsuelo … ¿Cuénteme Raymondo, qué fue peor para usted? – el Director ya fuera de sí.

Señor, si usted no opina lo contrario, la reunión sobre el Presupuesto anual se realizará mañana, pero a las 15 en lugar a las 14 horas como estaba prevista, en la Sala de Reuniones del 1er. Piso. Le informo a su Secretaria. – acotó Nicolás.

No tengo objeción, me interesa muchísimo esa reunión. Ah !!! Si usted la coordina no se olvide de tener listo un buen café acompañado de esas deliciosas medialunas que nos suele traer. Seguramente la junta se va a dilatar – señaló el Director.

     No se olvide del reemplazo                urgente de la Señora Quiroz. Le agradezco Raymondo. Que tenga buenos días –

El día transcurrió sin problemas … rutinas normales, Nicolás aprovechó para retirarse una hora antes de lo habitual y a cuadras de llegar a su casa, encargó esas medialunas exquisitas, en la Confitería vecina. No se podía olvidar del pedido del Director !!!

     Nicolás no estuvo presente en la Reunión de Presupuesto.

    Cuando llegó a su casa esa misma tarde, su vecino de confianza, había firmado por él una Carta Documento. Antes de abrirla pensó en la cuota de un crédito que no llegó a abonar el mes anterior y que, por ende, se lo reclamaban por esa vía, no sería la primera vez …

     Abrió el documento con naturalidad, haciéndole un gesto de fastidio al vecino … – saben que aunque me atrase unos días, siempre les he pagado – dijo Nicolás.

      No se sorprendió, al leer, que el motivo de su despido, hubiese sido “por Reestructuración”

Carlos Emilio Dentone

Un Sol … un Peso (Encuentro casual)

“Un Sol … un Peso”

Como todas las mañanas de este último tiempo de mi vida, sin dejar que el despertador me sorprendiera, me alcé de la cama y comencé con mi rutina diaria: ducha, un guiño al espejo, mate amargo y las noticias que fluían de mi pequeña radio -compañera de soledades – tétricas, angustiantes, crueles, reales, que se empecinaban en estar presentes, con asistencia perfecta en cada mañana.
La última mirada al espejo me devolvía una sonrisa tipo Stan y Oliver, las llaves de gas cerradas, las luces apagadas, la puerta de calle, doble cerradura controlada y … a la vida.
La trillada charla con Don Guillermo, el canillita, diario bajo el brazo y a caminar mis seis cuadras, con destino a la parada de colectivos que, con suerte, me transportarían, demasiado verbo, para lo que significa viajar desde el sur del Gran Buenos Aires hasta su terminal cerca del Correo Central … o más explícito: Avda. Corrientes y Avda. Paseo Colón, a las 7 de la mañana. Viajar hacinado, acalambrado, pensando y rogando al mismo tiempo que, algún aviso clasificado del día, de algún matutino, me diera la posibilidad, al menos, de una entrevista de trabajo. Se hace difícil, más cuando ya el codo de los 50 quedó atrás, pero allá vamos, todos los días un desafío … como la vida misma.
Fin del suplicio, estirar las piernas y ubicar una mesa en algún bar de aquellos que suelen cobijar mi esperanza o mi fracaso del día. El pedido de un café cortado, costo que resulta importante sumando el diario y el pasaje, a la hora de evaluar lo que significa “el trabajo de buscar trabajo”.
Ya dispuesto a comenzar esa parte de mi mañana sentí, casi distraídamente, que mi mente me inducía a salirme de esa estructura cotidiana. Ni siquiera abrí el periódico, sólo miré sin leer, la tapa y la contratapa, por lo que no tuve una devolución de su parte. No hubo interacción con el diario.
Me propuse observar, desde mi mesa, a la gente que deambulaba por los alrededores e intentar explorar en cada uno su cara, su gesto, su ropa, su forma de caminar, su interior. Me resultó entretenido ese juego, pero era tanto el ir y venir alocado de los transeúntes, que no pude cumplir con el cometido. Sólo me quedo la visión global del hombre común, el de todos los días, apurándose a llegar en hora a su trabajo, a cumplir con alguna obligación, trámites, acudir ansioso a una entrevista laboral o simplemente caminar. Nada me dio la pauta que esa gente caminaba en paz y mucho menos que mostraban en sus gestos un dejo de felicidad. Habrá sido mi mirada o seria una realidad? O simplemente estaba proyectando mis angustias, en esa gente anónima a mi vista?
Rápidamente pagué mi cuenta, dejando el diario, vírgen a mis ojos, a modo de propina. Me largué a caminar mezclándome en esa masa de personas, como uno más, con una diferencia, fui transitando distendido observando todo el cuadro que iba teniendo bajo mi vista, descubriendo edificios, vidrieras, los primeros vendedores ambulantes que se instalaban estratégicamente, los trabajadores del cartón, los motoqueros y sus peligrosas piruetas, los enormes kioscos de diarios, revistas y afines. Había intentado tomar cierta distancia con mi problema elemental, el desempleo, y estaba de alguna forma, disfrutando de ver pasar la vida y al mismo tiempo tratar de ser parte de ella.
Después de un rato de deambular llegué a una plaza, ubiqué un banco medio desvencijado y me senté contemplando frondosos árboles añejos, con sus troncos que asumían distintas formas y figuras ante mí.
Ahí también, el pasar de la gente era fluido, salvo algunos que caminaban despaciosamente, otros que buscaban aquel pedazo de pasto, para lograr que sus mascotas dieran lugar a sus necesidades, aquéllos que intentaban sentarse en un banco para leer su diario, un libro o simplemente esperar a alguien. Desde mi salida del bar hasta ese momento, había logrado dejar atrás el pensamiento tortuoso de mi búsqueda y realmente disfrutaba de esos minutos vividos.
Cuando ya mi mente y mi sentir estaban en un vuelo sin escalas, se acercó un hombre, un pordiosero, un ciruja de tantos que se suelen ver por ahí y que se van reproduciendo sin solución de continuidad. Anciano de vivir, y no por su edad cronológica, trató de ubicarse en la otra punta del banco, como para no incomodar, lugar que a esta altura ya era territorio mío y de mis fantasías. Con voz poco clara, sin levantar su cabeza, balbuceó en Castellano, pero se notaba que su acento no era argentino: – “Hermoso día nos tocó hoy eh? Mire que sol !!!”, como buscando mi respuesta. Asentí con mi cabeza, confundido, extrañado. Siempre pensé que esos seres no dialogaban, sino consigo mismo. Acomodó su cuerpo endurecido, dio lugar a sus bártulos que pesaban colgados a sus costados y siguió con sus entrecortadas palabras, algunas de las cuales pude entender y otras no … como la vida misma …
Su rostro, curtido por recibir todas las inclemencias climáticas y los avatares de la vida, era el de un hombre sufrido con un dejo de bondad que me siguió sorprendiendo. Fui descubriendo a un ser humano cálido, sensible, tosco, sabio. Cada tanto sus ojos brillaban y dejaban caer alguna lágrima que recorría lentamente los surcos de su piel, hasta llegar a la comisura de sus labios, brotándole una sonrisa espontánea, al sentir esa gota salada en su boca.
En su relato mezclaba cosas de su niñez con su profesión, su deporte de juventud con el nacimiento de sus hijos, sus poesías de amor con la pérdida de sus padres, sus exámenes aprobados con su separación matrimonial , su club de fútbol con su despido laboral y otras cosas que no le pude entender, por más que trataba de esforzarme por lograrlo.
Cada tanto, en su relato, decía muy clarito: “un Sol … un Peso “, frase que nada tenia que ver con su narrar, pero que repetía mucho “un Sol … un Peso”.
Me quedaron grabadas, en mi interior, esas cuatro palabras con un silencio pensante en el medio.
Todas sus vivencias, condensadas en un monólogo, en una mañana de sol, en el banco de una plaza y al costado mío que, con un silencio impensado, trataba de absorber todo lo que manaba de su interior.
Había pasado más de una hora de este encuentro, mi boca estaba seca de no hablar, ni siquiera pude concientizarme si en algún momento trague saliva, había congelado mi tiempo.
Mi confusión inicial se convirtió en reflexión y la reflexión automáticamente en ilusión. Entre la caminata y Fernando, así dijo en algún momento que era su nombre, se me había pasado la mañana, una mañana diferente. No estaba arrepentido, al contrario, pero ya era demasiado el cúmulo de sensaciones que no podía terminar de elaborar con serenidad.
Se me hacía difícil dejar aquel banco, aquel hombre, aquella plaza, aquel instante, aquel sol.
Me dio pudor abrazarlo como lo hice. Me avergoncé de llorar aferrado a ese ser inmenso, me salió poco claro un: “gracias por todo …”, mis primeras palabras, mi primer balbuceo, para con él. Su sabiduría dejó que yo digiriese mi propia historia en pocos segundos.
Puso mi mano entre las suyas, me miró a los ojos con su tierna y especial expresividad, los cerró y ya no hubo ni palabras ni gestos.
No me extrañó que ningún componente del gentío se percatara de esta situación En las urbes, cada ser deambula enfrascado en su vida, en sus problemas, en sus sueños …
Se levantó pesadamente, sacó papeles de un bolsillo de su lustroso y rotoso sobretodo, los miró atentamente, los colocó en el otro, cargó sus trastos sobre sus hombros y su figura cansina se fue esfumando tras los árboles. Se fue perdiendo entre la multitud que seguía incesante su camino. Se fue yendo con su mundo a cuestas … sin dejar de repetir “un Sol … un Peso …”

Carlos Emilio Dentone

Juan sin retorno (Inundación)

JUAN SIN RETORNO

El nubarrón se extiende amenazante. Cubre parte de una casa, de una manzana, de un Barrio de casas bajas, de gente laburante.
Juan, conocedor de estas situaciones, se apronta, alza los muebles, su ropa, sus pocos, pero sentidos valores, todo fruto de su trabajo en la fábrica.
Protege sus cosas, testigos de otros embates recibidos, rescatadas como pudo, siempre defendiendo lo suyo ante la inclemencia de la naturaleza y de la desidia de sus gobernantes.
Queda a la espera de esa lluvia que ya se desata, lentamente al principio … copiosa al rato.
Y lo previsto, a las pocas horas, el piso de su casa inundado, el agua brota de la tierra, del piso, del inodoro, de la nada.
Reacomoda, corta la luz previniendo algo peor.
Sale a la puerta a observar el avance del agua. Clava un palito en el pasto, si el liquido podrido se acerca, es señal que hay crecida. Es su método de control.
Los vecinos alterados, con miedo, cansados de estar chapoteando en el agua, arman sin proponérselo, una rueda solidaria.
Se ayudan entre ellos, levantan muebles, heladeras, las camas sobre ladrillos y la ropa sobre ellas. Así van de casa en casa, como un verdadero equipo.
Se van dando animo unos a otros. Están solos y desolados. Las Autoridades no llegan al lugar. En muchos años no llegaron a solucionar el problema y este sigue año tras año, sin solución …
Los arroyos que circundan el Barrio siguen sucios, tapados; las fábricas lindantes vuelcan sus desechos. Deben estar autorizados …
Mucha gente que vive a la vera de los arroyos, usa a los mismos como basural, también deben estar autorizados …
Historias repetidas …
Ya con fuerza, con vehemencia, agresivamente, crece rápido la sudestada. El río es mas fuerte que el arroyo, y sus aguas, en lugar de recibirlas en su lecho, las fuerza a entrar en retroceso, y así desbordan los sucios arroyos.
De a poco, las casas se van llenando de esa mezcla de agua sucia y ese barro de mierda.
Las calles ya tienen cerca del metro de altura, intransitables.
Las casas inhabitables. Juan y cada vecino en su trinchera esperando un milagro que no llega.
Un bote de Bomberos, un megáfono y la voz que alerta la evacuación.
Todos miran, como pueden, desde sus ventanas, subidos a una mesa, desde la terraza, atrincherados.
Todos miran.
Todos hacen oídos sordos al llamado del Bombero.
Dejar la casa implica abandono. Hay una resistencia en los inundados. No se sienten dignos.
Además “manos anónimas” pueden libremente tomar lo ajeno … cómo van a dejar su hogar !!! Tampoco la inseguridad fue solucionada por las Autoridades, en muchos años, cada día peor … los cacos impunes tendrán autorización también ???
Un día después, la situación empeora. Hay que evacuar si o si.
Juan se encuentra en una Escuela vecina, compartiendo con otros vecinos inundados, un mate cocido con pan.
Por un televisor, el movilero de un noticiero, con botas largas y capa, cuenta el repetitivo problema de la inundación. Noticia que convoca y entristece a los que no padecen el agua, menos a quienes tendrían que solucionar el problema de fondo.
Juan, a lo lejos, distingue por la TV, su barrio, su casa. El dolor lo atraviesa, la impotencia lo sumerge.
Ya sabe que, en algún momento, el agua sucia bajará y sólo quedarán los restos inmundos como testigos, que por largo tiempo formarán parte del paisaje hogareño … y esa humedad que nunca se seca.
Varias veces volvió, limpió, reacomodó, resignó sus pérdidas. El volver a empezar, el rehacerse, el sacar pecho, el volver a ser digno.
Pasaron tres días de su llegada a la Escuela. Cuando la lluvia finalmente paró y la sudestada amainó, el agua bajó.
Con un sol radiante, cada uno de los evacuados emprendió el regreso a su casa, guiados por sus mascotas, también evacuadas, sabiendo lo que les esperaba después de una inundación.
Cabezas gachas, en silencio, avergonzados … como si ellos hubieran sido responsables.
De a poco todos lentamente iban regresando a sus hogares, todos volvían, todos menos Juan …
Juan ya no pudo retornar.

Carlos Emilio Dentone.

(Escrito que forma parte de la Antología Dorada del Verano 2018-2019 de la SADE Filial Mercedes, Provincia de Buenos Aires)

Almas aladas (Homenaje)

Almas aladas del Belgrano

El Atlántico imponente.
abría paso al Belgrano
con màs de un millar de hermanos
en una calma aparente.

Valentías y temores
se entremezclan en abrazos
Como buscando cobijo,
Exhaltando sus fervores.

Al Centro de Operaciones
muy lentamente llegaron,
esperando la llegada
de los piratas sajones.

Un militar de escritorio
manejaba la estrategia
con orden y contraorden
desde el firme territorio.

Conocedor de batallas
usurpación y saqueos
el enemigo acechaba,
se lo espera con agallas.

No sòlo los navegantes,
sino un Pueblo en cada Plaza
con el Himno en sus gargantas,
aùn estando distantes.

Se oyó un silencio certero
que rompió con dos estruendos,
fueron torpedos lanzados
que impactaron al Crucero.

La sorpresa, la desazón,
las balsas y las tormentas,
el pánico y las corridas,
corazón con corazòn.

Inocencias sumergidas
en una lucha sombría,
enmudecían al pueblo
que sòlo a Dios le pedía.

Una palabra, una flor,
no cierran ninguna herida,
ni en familias ni en amigos.
Hoy mantienen su dolor.

Sobrevolando el olvido
Vuelan las almas aladas
en una guerra jugada
sin razon y sin sentido.

Carlos Emilio Dentone

(Poesía presentada en SADE Chivilcoy, obtuvo 3er. Premio en el Certamen “El Señor de las aguas”)

OTOÑO COSTERO (Fugaz)

OTOÑO COSTERO

Íbamos caminando como siempre en nuestros encuentros, tomados de la mano, nuestros dedos entrelazados, estrechados, para no dejar, siquiera, que filtre entre nosotros esa brisa que nos acompaña desde que entramos en este paraíso de pinos, cuyas ramas se balanceaban como haciéndonos la reverencia a nuestro paso.
Los pinos… y ese impenetrable bosque nos daban el marco para vivenciar el amor inmerso en la naturaleza. Corrimos como niños, nos escondimos en cada árbol, nos reímos, nos abrazamos, nos besamos y nos dimos cuenta que el silencio del lugar, sumado a nuestro silencio coronaban una tarde muy especial.
De pronto, característico del otoño costero, unos relámpagos iluminaban ininterrumpidamente el ya oscuro atardecer, los truenos no se hicieron esperar, las primeras gotas comenzaron a dejar marcas en el piso arenoso, y nos hacían vibrar por el contacto frío del agua con nuestra piel tibia.
Atinamos a refugiarnos debajo de un árbol de frondosa copa, abrazados como hacía mucho tiempo, dejamos que la tormenta cayera sobre nosotros, siendo testigo de nuestro amor.
La naturaleza propuso su juego, nosotros el nuestro, la lluvia hizo una pausa y el viento se convirtió en brisa, no había estrellas en el oscuro cielo, solo nuestra luz, nos guió de regreso a nuestra realidad.
Fue como un sueño, esta licencia que nos dimos, y quizás sea un sueño volverla a vivir.
Pasarán meses ….. o algunos años más para encontrarnos, para que nos podamos entregar, para poder aliarnos a la naturaleza y que nos cobije bajo sus sorpresivos encantos.
Mientras tanto y hasta ese esperado reencuentro, más de una lluvia, más de un relámpago y más de un trueno, seguramente, nos hará vibrar como en este frío otoño costero.

Carlos Emilio Dentone

Bongo (Recuerdos)

Bongo.
Luego de una separación de pareja, continúan momentos de duelo, de reacomodamientos, mucho pensar, la reflexión a flor de piel.
Uno de los temas que influyen en esas situaciones son las atenciones o regalos que hemos obsequiado o que recibimos.
En mi caso, guarde con mucho cariño a Bongo, el primer regalo que recibí de Liza.
Fiel compañero desde siempre, ante un llanto, o una alegría, llegaba el abrazo compinche de esos momentos que se viven en soledad.
Un sentimiento que solo Bongo y yo guardábamos en secreto.
Ha pasado el tiempo y sin embargo mi Peluche amigo seguía compartiendo mi sentir, mis alegrías, mis tristezas y mis dudas.
Siempre cerca mío a la hora de dormir, donde el sueño llama sin alternativas.
Bongo vivenció muchas cosas mías y cuando alguien decía: consultalo con la almohada, yo hacia casa omiso y mi charla , mi confesión, mi consulta era con él.
Aquella madrugada no me sorprendió que él siguiera leyendo aquel libro, que un rato antes había caído sobre mi pecho, ante el sueño que me dejaba en otra galaxia.
El despertar del nuevo día me regaló la imagen de Bongo dormido sobre el libro, lo llamé con voz suave, para no alterar su sueño.
Abrió los ojos y sin mediar palabra se abrazó a mi dándome los buenos días.

Carlos Emilio Dentone.

Acuarelas de volar (Homenaje)

Acuarelas de volar

(Mi sentir por el Maestro Horacio Ferrer)

A vos maestro de raza
de baladas y gotan
que iluminaste la noche
de estrellas que no se irán.

Cuando todo estaba escrito
inventaste alguna más,
codo a codo con el fueye
como “al pasar” la mostras.

Y pucha si lo lograste
con un loco … un chiquilín
en la blanca bicicleta
agarrados de un piolín.

A vos querido poeta
a tu letra y tu verdad
a la flor de tu solapa
a tu gentil calidad.
A vos poeta de vida
y a tu forma de soñar
con pinceles de colores
y acuarelas de volar

Tu pinta sola, delata
sos porteño hasta el dofón
de una orilla o de la otra
con el son de un bandoneón.

Seguí rodando tu luna
con tres rosas balearas
renacerán los que mueren
y vos nunca partirás.

Con Pichuco de tu alma
y el vino de la amistad
con una grela yirando
aguantando sin piedad.

Carlos Emilio Dentone.

(Poema presentado en SADE Mercedes. Forma parte de la Antología Dorada Poética – Año 2018)

Frente a frente (Futbol-Amistad)

FRENTE A FRENTE
Días pasados, de regreso a casa, me crucé con Andrés, caminando en dirección contraria. Quedamos frente a frente y, ambos, en principio, tratamos de esquivarnos instintivamente, pero estaba destinado, no nos pudimos eludir.
Levantamos nuestras cabezas en el mismo instante y nuestras miradas se cruzaron fijamente.

  • Perdón – atiné a decirle.
  • No, no es nada, señor – me respondió.
    De todas formas, algo nos había paralizado.
  • Pero, vos no sos Gustavo ? – acotó.
  • Si, soy Gustavo y vos ? – le pregunté.
  • Yo soy Andrés de la calle Viejo Bueno, no te acordás ? – insistió.
  • Andrés !!! pero claro, el hijo de Don Goyo, tanto tiempo !!! Si no me lo decís no te hubiese reconocido, qué gusto verte !!! – le comenté sorprendido.
  • De los traidores uno no se puede olvidar – me increpó, dejándome
    congelado y sin poder dar respuesta.
  • Cómo están tus cosas? Tu familia ? – intenté cambiar de tema.
  • Bi … bien, pero sería muy largo contarte ahora, prefiero que me digas, ya que el destino nos hizo encontrar, por qué nos traicionaste, por qué te vendiste ? Puede pasar el tiempo, pero esas cosas no se olvidan – volvió a reprochar.
  • Y mirà yo me mudé a Wilde en el `71. Increíble, pero hace 34 años que no nos vemos traté de apaciguar.

Y a esa altura de la charla, si así se la puede llamar, el tema pasaba por un solo carril y Andrés no la iba a desviar ni siquiera a aminorar.

Es muy difícil explicarle todo lo ocurrido en aquel campeonato y mucho menos creíble a más de 3 décadas de distancia.

  • Sabès qué pasa … , Andrés – traté de explicarle.
  • Nada Gustavo, nos cagaste, pero la vida da revancha, vamos a una canchita, ya mismo, elegís arco y repetimos aquello. Alguna vez, la tenès que pagar.
  • Más vale que era tarde para aclararle cosas, de todas formas y, mientras comenzamos a caminar hacía ningún lado, yo trataba internamente de recordar paso a paso lo ocurrido aquella vez, pero no me daba paz, la locura de Andrés.
    Era el año ’64, cuando ocurrió, y aunque traté de hacerme el distraído, era algo que yo tampoco jamás podría olvidar.
    Justamente Don Goyo, era el Director Técnico del equipo de Papi Fútbol “Canguros”, equipo de barrio, donde Andrés era el arquero y yo jugaba adelante. Un lindo grupo de chicos que siempre obtenía buenos resultados en los campeonatos de la zona, equipo con camiseta amarilla y mangas verdes.
    Ese verano se organizó un torneo en los Curas de Bernal pero, a raíz de unos días de vacaciones que se había tomado la familia de Don Goyo, no inscribió a nuestro equipo y en principio quedamos afuera.
    Yo, que era medio patadura pero amaba al fútbol, me “prendí” en un equipo de Wilde, en su mayoría compañeros de división de la secundaria, en el cual, y también por razones de vacaciones de algún titular, me permitieron cubrir un puesto en “El Fortín”, equipo de camiseta blanca con una raya en diagonal azul.

Las lluvias de esos días hicieron postergar el comienzo de los partidos por dos semanas, razón por la cual los organizadores del torneo, permitieron anotarse a un par de equipos que no lo habían hecho, uno de ellos … “Canguros”.

Y así, ocurren las cosas de la vida, del destino, de la amistad, del fútbol, y así, se producen hitos en las historias de cada individuo.

Yo no podía dejar al equipo que me había cobijado circunstancialmente, y a esa altura de los hechos, tampoco podía jugar para “Canguros”, porque no estaba fichado. La solución era no jugar, pero el fútbol era más fuerte que mis ideales.
Mientras seguíamos caminando, casi sin cruzar palabra, pasando por una cancha de papi que en ese momento estaba a oscuras, Andrés me dio un empujón en la puerta que me hizo entrar sin la mínima intención de saber si yo estaba de acuerdo.

  • Vení, pasa, conozco al que alquila, le pido una pelota y listo – me ordenó.
  • Pero déjate de joder, qué querés hacer? – le dije contrariado.
    Obviamente haciendo caso omiso a mis palabras, se dirigió, sin titubear hacia la portería para concretar su idea.

  • Por suerte estábamos en distintas zonas, “Canguros” en la A y “El Fortín” en la C. Elucubrando resultados, había una sola posibilidad de que ambos nos enfrentáramos y era que los dos llegásemos a la final.
    Días previos al comienzo del torneo y un poco en broma y un poco sin reparos en el barrio, cuando se enteraron de la situación, me decían vendido, traidor, cagador, y a pesar de estar tranquilo porque sabía que yo no era imprescindible en “Canguros”, también estaba seguro de no haber traicionado a nadie, las cosas se dieron así. Pero muy dentro de mí no tenía paz
    Don Goyo casi me cortó el saludo y ni que hablar de los pibes del barrio.
    A pesar de mi incongruencia y mi dualidad de sentimientos, se dio lo que no tenía que haberse dado nunca.

Fuimos a la final, un sábado de agobiante calor, jugaban a las 5 de la tarde por el 3er y 4to puestos y a las 18,30 hs., jugábamos la final.

Esa última semana se agudizaron los reproches y las cargadas subían de tono. Yo ya estaba como curado de espanto y en mis adentro y, a esta altura, quería ganarles y en lo posible, hacerles algún gol a pesar de ese otro sentimiento de tener mi corazón en “Canguros”.


Se prendieron 3 focos que daban a uno de los arcos y Andrés venía caminando hacia él con su traje oscuro y su corbata desalineada, y haciendo picar la pelota en el piso, mirándome en forma desafiante.

  • Vamos, vení o te achicas – me intimó.
    Dejé mi maletín en el piso, sobre èl, mi saco, y me encaminé hasta acercarme al arco.
    El ambiente estaba caldeado, mucha más gente de Canguros, acompañaba al equipo y el partido terminó empatado 6 a 6. Por suerte o no, todavía no lo sé, no hice ningún gol. Además de alentar a los equipos, el grito de ¡ Gustavo traidor ! lo sentía dentro de mis entrañas

Hubo que desempatar y la forma era: “ejecución de penales”. Había que patear alternativamente 5 penales cada equipo, yo estaba designado último y dentro mío quería llegar a no tener la responsabilidad de patearlo, o sea, que se pudiesen definir antes de mi turno, sea cual fuese el resultado, por ende, fuera quien fuese el campeón. Pero no, la cosa no fue como yo quería. “Canguros” tiró los 5 penales y había convertido 3, “El Fortín” había convertido también 3, faltaba tirar el ultimo, o sea, quedaba el último penal en mis manos, o mejor dicho, en mis pies. De convertirlo, salíamos campeones, de errarle seguía la serie de 3 ejecuciones más. Me corría un escalofrío, temblaba. Esa era la realidad y había que aguantársela.

No podía entender estar frente a frente con Andrés, definiendo un campeonato…., el del Verano de los Curas de Bernal …. del año ’64.

  • Vení Gustavo, ponete y patea si sos macho y tenès huevos ! – Andrés, ya cerca de la locura total.

  • Me arremangué los pantalones y me dirigí hacia donde Andrés había colocado la pelota. Otra vez frente a frente a pesar del tiempo.
  • Yo, y nadie más que yo, sabía lo que deseaba hacer cuando me paré frente a la pelota, a la cual miraba fijamente para escapar del entorno, de los gritos y de toda la gente que se había posicionado detrás del arco.
    Sonó el silbato del juez, seguí mirando el fútbol, pierna izquierda a la par del balón, le pegué un derechazo fuerte, esquinado al ángulo derecho de Andrés que, a pesar de su esfuerzo, no pudo atajarla. Ese instante, esa fracción de segundo, determinó campeón a “El Fortín” – grité el gol y grité el campeonato, el fútbol es así, me consentí, en una disparidad de sentimientos.
  • Pateà de una vez – gritó con bronca Andrés.

  • La misma situación, sólo el silencio cambiaba el paisaje. Cada tanto miraba hacia atrás por si había algún testigo presencial, lo cual me hubiese avergonzado.
    Mi vista fija en el vértice del arco, pierna izquierda al lado de la pelota y le volví a pegar tan fuerte como aquella vez al ángulo derecho de Andrés, sólo que esta vez la “globa” pegó en el poste y salió desviada hacia un costado.
    Andrés salió disparado hacia mí, atropelladamente fijó su cara frente a la mía y, con sus ojos desorbitados, me gritó:
  • Viste, hijo de puta, que vos no me podes hacer un gol a mí, traidor ! – me gritaba mientras me zamarreaba con toda su furia.

Sentí sus gotas de saliva en mi rostro, lo abracé con todas mis fuerzas, con esas que contuve durante tantos años. Mis lágrimas ya no sirvieron para hacerle entender a Andrés que, aquella vez, aquella tarde en la cancha de los Curas, tenía la certeza de tirar el penal afuera. Lo venía pensando mientras era mi turno, patearle finito al lado del palo, pero del lado de afuera, sin levantar sospechas, y que quedara en otros la definición de los destinos de “Canguros” y “El Fortín”, pero a los troncos, a los troncos, el fútbol no nos perdona.

Carlos Emilio Dentone

Luisiana (Solidaridad)

Luisiana
Un día más y como cada mañana, Felisa y Pedro, recorrían un par de cuadras para abastecerse de sus alimentos en los comercios del Pueblo.
Sus despaciosos pasos y sus lentos movimientos, no le impedían caminar en su rutina diaria.
Este matrimonio octogenario vivía en una pequeña casa, siendo su huerta el lugar preferido donde pasaban gran parte de sus vidas, cuando el clima se los permitía.
Habían quedado sin familia, a raíz de un accidente automovilístico, donde perdieron a su hijo, su nuera y sus tres nietos.
El infortunio hizo que la tristeza y la soledad se apoderaran de sus vidas.
Salían de la Panadería cuando un desnivel de la vereda hizo que Felisa trastabillara y cayera de bruces. Pedro intento ayudarla a levantarse del suelo, pero sus pocas fuerzas se lo impedían.
Sorpresivamente y al instante, una joven acudió a prestar colaboración y con destreza puso de pie a Felisa.
Se rasgó la manga de su colorida vestimenta y con sus retazos limpió algún hilo de sangre que manaba del rostro de la anciana, sin mayores consecuencias.
Así como corrió prestamente a socorrer al matrimonio, de la misma forma, volvió a su lugar, en la esquina de la panadería, bajo una marquesina y rodeada de trastos.
No hubo lugar a saludos ni agradecimientos, ocurrió todo muy fugazmente.
Tomando su vinito de la tarde-noche Felisa le propuso a Pedro ubicar a esta chica y agradecerle su gesto. No seria difícil encontrarla, ya que recordaron que, sin prestarle demasiada atención, la habían visto más de una vez en aquella esquina, sentada en la vereda con una taza de lata, temerosa y esquiva a quienes pasaban por el lugar, que poca importancia le daban.
Al otro día y en la rutina de sus compras, no tardaron en dar con ella.
Le llevaron una bolsa con tomates y zanahorias que sacaron del huerto, a lo que agregaron un par de panecillos, previendo que por la imagen que tenían de ella, la comida era un problema.
Sin mediar palabras le entregaron la bolsita y la joven la tomó, la abrió y extrajo un pancito, lo devoró con avidez, con su vista clavada en el piso.
Hizo un gesto de agradecimiento y continuó con un tomate y así hasta agotar esos alimentos entregados con amor, por la pareja de abuelos.
Volvieron a su casa angustiados y perplejos por la situación.
Cambiaron las mañanas rutinarias. Su meta comenzó a tener otra prioridad, la de ofrecerle a esta joven morena de ojos tristes, mirada perdida, cutis brilloso y terso y una belleza especial algún alimento, alguna ropa, alguna loción, algún termo con agua fresca.
Fueron transcurriendo los días y el vinculo entre ellos se fortaleció, aunque no se entendían con palabras , los gestos se transformaban en elocuentes.
Tras una noche de copiosa lluvia y un amanecer soleado, el encuentro matinal fue distinto. La bella morena acusaba una tos seca y su ropaje estaba totalmente empapado.
Nadie se había percatado de ella?
Vecinos, paseantes, autoridades no vieron su estado?
La solidaridad fue esquiva?
Felisa y Pedro sin pensarlo demasiado, le ofrecieron sus manos para alzarla de su improvisado camastro.
Con el temor de siempre, se levantó y sintió como hacía mucho tiempo no sentía el calor y la bondad de otro ser humano.
Despaciosamente y tomados los tres de sus manos, se encaminaron hacia el hogar de los abuelos.
Al principio se negó a ingresar, pero distintos cruces de miradas que contenían amor, la convencieron.
Felisa la condujo al baño y a los pocos minutos una ducha tibia y reparadora que se mezclaba con borbotones de lágrimas, la trajo de nuevo a la vida.
Un toallón contenedor y un cambio de ropas, que Felisa aún no había usado en años, le quedaba como si fuera pintado.
La mesa del comedor lucía tres tazas con té con leche y varios platitos con masitas y galletas.
Otra vez las lágrimas afloraron y un abrazo selló ese momento.
Fue el comienzo de una nueva vida para Felisa, para Pedro y para Luisiana, nombre que en algún instante de charla inentendible… balbuceó.
El atardecer fue testigo de una decisión.
El cuarto que había dejado el hijo estaba a disposición para Luisiana.
Definitivamente la adoptaron como hija y ella se dejó adoptar.
El idioma francés entrecortado fue siendo entendido por el matrimonio y el español, muy de a poco, fue siendo asimilado por la jóven.
El amor que se brindaron mutuamente hizo que se destacara la fortaleza de la joven haitiana, que nunca supo como llegó a estas tierras.
Tras los burocráticos papeleos Luisiana se nacionalizó española y tuvo a sus nuevos ancianos padres.
El tiempo fortaleció el vínculo. Cada uno tenía su función en la administración de la casa. La huerta subyugó a Luisiana y amplió altamente sus cultivos.
El tiempo, implacable, se llevó a Felisa y a los pocos meses partió Pedro.
El dolor de las pérdidas se hizo presente una vez mas en el corazón de Luisiana.
Ese dolor lo transformó en solidaridad.
La casa de los abuelos pasó a ser el primer comedor solidario del Pueblo y en forma gratuita les daba su ración de comida a niños, jóvenes y adultos.
Su huerta la acompañó siempre.

Dos bombitas… (Social)

Dos bombitas
Luego de muchas luchas para sostener el Club Social en pie, lugar de reuniones vecinales, eventos solidarios, deportes para chicos y adolescentes, se decidió la disolución de la Institución.
Una reunión de Comisión Directiva firmó la extremaunción.
El Pueblo ya tenia, luz eléctrica, pavimento, cloacas, gas natural, agua, logros obtenidos por sus vecinos en el Club.
Fue todo un esfuerzo conseguir que los niños tuvieran su contención para hacer sus deportes y sacarlos de la calle que ofrecía otros condimentos, alcohol … droga…
Todo fue quedando en el olvido y los precursores del Club que iban envejeciendo, algunos partiendo a otras dimensiones y otros cansados de dejar sus vidas en él, ya no tenían la fuerza necesaria para combatir con la Empresa que en pocos meses iba a montar un Supermercado, para el “beneficio de la vecindad” y llevar sus ganancias fuera del País.
La tristeza de levantar los bártulos, restos de la demolición, la llevaban consigo dos abuelos, testigos de toda la vida del Club.
Pusieron los trastos en la vereda; el recolector de basura se haría cargo.
Cada abuelo desenrosco una bombilla que pendía de un viejo cable.
Fue “el recuerdo” que les quedó. Recuerdo de Luz …