EL CAMAFEO
En nuesta juventud, allá por los años ‘70, ibamos a bailar todos los Sábados, con mis amigos, salvo que algún otro evento nos llevara para otros lares.
Si bien nuestra costumbre era visitar distintos clubes, no sé bien los motivos o el porqué de apegarnos a un boliche, en el Sur del Gran Buenos Aires, hoy Conurbano Sur.
Nos hicimos habitué del mismo.
Teníamos un colectivo que nos dejaba en la esquina, luego de 20 – 25 minutos de viaje.
Con el transcurso del tiempo, nos enteramos que una chica de 18-20 años, iba a bailar y se comentaba, que varias veces la vieron salir o entrar al cementerio que quedaba a 6 cuadras exactas del lugar.
Contaban de una imágen angelical vestida siempre con una túnica y tules blancos. Hermosa de cara, agradable y un cuerpo con curvas pronunciadas.
Entendimos que era una leyenda, como tantas que se cuentan de aparecidos y fantasmas. Lejos de creer en esa historia, imposible de comprobar, nos gustaba el lugar. Nos sentiamos cómodos.
Una de esas noches de Sábado, yo estaba con dolores en una pierna, por una patada que me dieron jugando al fútbol, esa misma tarde.
Los acompañé, porque los amigos tenemos esas cosas, pero sabía que no iba a poder dar un paso.
Estimé prudente quedarme en una mesa retirada de la pista y, mientras escuchaba linda música, tomé alguna medida de Paddy, una bebida económica, en cuya publicidad lo comparaban con el mejor whisky … mejor no comparar …
Ni bien tomé asiento, me acomode estirando como pude mi pierna y a los 2 minutos pidiéndome permiso, una pareja y una chica se sentaron a mi lado. Compartir una mesa, era normal.
Charlaron animadamente y bebieron sus buenos tragos.
La pareja salió a bailar y la chica que quedó conmigo, para “romper el hielo”, me convidó de su vaso:
– Querés un poquito? Está bueno – me dijo.
Yo bebí, comenzamos a conversar y, por delicadeza, la invité con otra copa.
Era muy agradable y muy bonita, lucía un vestido negro, que hacía resaltar sus ojos celestes y unos rulos en su cabello, que vibraban con cada movimiento suyo.
Sentía que cuanto más la miraba y más bebía, mi corazón latía a toda velocidad.
Me había enamorado?
Nunca me pasó algo tan así … tan explosivo.
Seguimos bebiendo.
La charla pasaba por lo trivial, el baile, la música, la ropa, la gente.
Le conté de mi pierna y le agregué que si no fuera por eso, estariamos en la pista bailando. Como para ir intimando un poco.
Ella, mirándome fijo a los ojos, cortó ese diálogo, diciéndome:
– Perdé cuidado, no bailo –
Muy contudente en su respuesta.
Cuando quise preguntar el motivo por el cual no bailaba, el alcohol y esos ojazos que no se apartaban de los míos, tuve un mareo y el sueño o un desvanecimiento me venció.
Me dormí sobre la misma mesa.
Me despertó una voz, muy pegada a mi oído, diciéndome:
– Son las tres últimas canciones … los lentos, y yo tengo que regresar, me acompañas?
Cuando la pude ver, medio confundido, me di cuenta que era ella, que estaba tomada de mi brazo, más hermosa aún.
– Andá para la puerta y esperame, ya vuelvo.
No lo dude.
Si era amor lo que sentía, acompañarla me haría bien y si no, un par de besos me conformarían.
Fui a la puerta. El aire me despertó totalmente.
Siento su brazo pasar sobre mi hombro y su voz dulce:
– Vamos, estamos cerca.
Era ella, se había cambiado de ropa, cambió el negro del vestido por un blanco de una tunica. Continuaba hermosa.
No niego que ese cambio de ropa me hizo pensar en la historia de aquélla mujer …
No me importaba quedar dentro de aquélla historia, nunca iba a tener posibilidades de estar con alguien de semejante belleza.
Mientras caminábamos agarrados, me contó que hacía muchos años, descubrió a su amado novio, a dos meses de casarse, con otra mujer en ese mismo boliche, que hoy estaba refaccionado, abrazados y besándose con pasión.
De un ataque de odio, salió corriendo, cruzó la calle y se llevó por delante a un colectivo.
Terminó su relato y llegamos a una calle con un paredón enorme.
Mi excitación desbordaba. Estaba oscuro, no había gente, era el lugar apropiado.
Intenté besarla y me dijo:
– Espera que ya llegamos.
Tras unos pasos más, se paró ante una pequeña puerta de chapa.
– Pasá, me dijo, con la dulzura que la caracterizaba.
Con el chirrido de las bisagras me despabile del todo, entré, la oscuridad era total. Sólo veía el contorno de su ropa.
Una sensación extraña de pánico y ganas de salir corriendo del lugar, se contraponían con el querer seguirla en su caminar.
La incertidumbre se adueñó de mi.
Enloquecido por esa mujer, seguí sus pasos.
El deseo me impedía pensar.
– Seguime tranquilo, nadie te va a molestar – su voz tierna me indicaba el camino.
Me animé. La tomé de la cintura pero noté que no había nada más que la túnica y enredé mi mano en la chalina, para no dejarla en el aire … otra sensación extraña, pero como hipnotizado, continué el sendero, un camino donde la luz de un sol brillante, comenzaba mostrarme un lugar espléndido.
Al mismo tiempo, y en el boliche, mis amigos le explicaban al encargado que no me encontraban.
Como cosa de todos los días les dijo:
– Vayan caminando 6 cuadras a la derecha. Esperen a que se hagan las 8 de la mañana y en el portón central del cementerio, pregunten al guardia por este chico, quizás esté por ese lugar.
Si bebió mucho, es probable que esté ahí.
Suerte !!! les deseó y se apagaron las luces del salón, con una sincronía maestra.
Llegaron con todo el miedo y un poco más también. Poco hablaban entre ellos.
Se hizo la hora, las 8 de la mañana … ubicaron al guardia, le contaron lo sucedido.
El guardia llamó a un ayudante:
– Acompañá a los chicos, fíjate si un amigo perdido está por ahí. Vienen del boliche …
El ayudante le dio la última chupada al mate, le cebó uno a su jefe y tomó un alambre, que hacía las veces de llavero, con llaves enormes y oxidadas, y convocó a los chicos a seguirlo.
Los chicos, por más que temblaban, siguieron al hombre, que caminaba con paso firme.
Pensaron lo peor, pero tenían que afrontar el momento.
El hombre abrió la puerta de la morgue con 4 cerraduras, encendió unas luces muy lúgubres y esperó afuera.
– Pasen – dijo invitándolos.
Yo escuché todo el movimiento. Los chicos, agarrándose entre ellos, fueron recorriendo las mesas de mármol.
Uno de mis amigos dijo :
– Rajemos !!! Qué vamos a hacer acá ? Yo no doy más.
– No se asusten !!! estoy aquí. Les dije en voz baja.
Acérquense, tengo algo que debo mostrar en la salida y nos vamos para casa sin inconvenientes. Tranquilos !
Así hicimos, le entregué un viejo camafeo al encargado de la guardia, éste lo guardó en una cajita de cuero y lo depositó en una vitrina. De un cajón del escritorio sacó uno igual y me lo entregó, diciéndome en voz muy baja:
– No lo pierdas.
Una vez en la calle buscamos la parada del colectivo, sin decir palabra.
Al darse cuenta que yo estaba bien, con mi cara de felicidad y hasta caminando sin renguear, me acosaron con preguntas.
Yo sabía también cuál era la respuesta que tenia que darles.
– Ehhh !!! Tranquilos!!!
Les cuento que el dueño del boliche le pidió a la policía que, cuando alguien se emborrachaba, lo sacaran a la calle, para evitar lios.
Los milicos decidieron llevar al “curda” a la morgue del cementerio para darle una lección para toda la vida y era una forma de tener buen ambiente en el barrio y que la “taqueria” no se le llenara de borrachos. Eso fue lo que pasó. Bebí demasiado, chicos, nunca me pasó, ustedes me conocen bien, les pido disculpas por este mal momento.
No se imaginan el susto que me llevé cuando me desperté …
No les podía decir que había pasado la noche más maravillosa de mi vida y que intuía que jamás podria volver a vivir una noche iguai.
No creyeron para nada mi descargo, mi explicación. Nada !!!
Al verme en ese estado de plenitud, algo pensaron sobre lo sucedido y aquélla leyenda. Prefierieron callar y esperar el colectivo.
Yo debía cumplir con 3 cosas que había pactado, horas atrás:
La primera, nunca más volver al boliche.
La segunda, no perder el camafeo, conservarlo como un tesoro.
La última, guardar secreto sobre esa noche “especial y sin tiempos”, que había vivido con ella, con esa chica que murió cuando fue atropellada por el colectivo, 63 años atrás.
Cumplí con todo.
No pisé nunca más aquél boliche, mis amigos casualmente tampoco.
El camafeo quedó muy bien guardado, sólo lo saco para ver y acariciar el relieve de su rostro.
Guardar silencio es el secreto, a fin de no formar parte de aquélla vieja leyenda.
Carlos Emilio Dentone
