AQUEL BANDONEON … (Astor, mi Viejo y yo)

“El duende de tu son, che, bandoneón se apiada del dolor de los demás y al estrujar tu fuelle dormilón se arrima al corazón que sufre más”.
(Aníbal Troilo y Homero manzi)

AQUEL BANDONEÓN

El «fueye» de mi viejo formaba parte de la familia, era uno más de nosotros, tenía su lugar al costado del piano.

Siempre cuidado, lustrado y fundamentalmente afinado.

Era toda una ceremonia cuando llegaba el momento de desarmarlo y limpiarlo, solo la paciencia, que destacaba a mi papá, era suficiente para que así fuera.

Corría la década del sesenta, en mi plena juventud, cuando escuchar a Los Beatles, era lo cotidiano, aquella música que sonaba desde un combinado, ya viejo para esa época.

Esto no impidió que mi fascinación fuera escuchar a mi viejo cuando arremetía con el “fueye” y me hacía entrar en un mundo, donde los adoquines y algún farol mortecino, formaban imágenes que se disparaban una tras otra.

Esos sones, rara mezcla de alegría y tristeza, invadían la sala de la casa, y la magia se hacía presente.

Sonaba un tango o un valsecito, mi vista no se apartaba de sus manos acariciando las teclas, con la curiosidad eterna, de entender cómo abriendo y cerrando ese fuelle, la música iba aflorando, creando un clima tan especial.

Yo era pibe y sin embargo esas sensaciones me calaban hondo.

Llegaron a mi hogar dificultades económicas.

Éramos una familia de condición humilde, pero vivíamos dignamente y si bien yo no tenía plena conciencia de lo que significaba ese tipo de problemas, en el aire se percibía que estábamos en situación crítica y era notoria la preocupación de mis viejos y la de mi hermana, por enfrentar esa cuestión y ese esfuerzo por disimular, para que yo no lo padeciera.

Como dicen actualmente los chicos, “me cayó la ficha”, cuando, sin proponérmelo, escuche una conversación entre mis padres, donde llegaban a una conclusión que – hasta hoy duele – involucraba al bandoneón, más precisamente la sentencia fue empeñarlo.

Tampoco entendía bien el significado de esa palabra: “Empeño”, a la postre funesta, por lo cual, con toda la vergüenza y mi inocencia, atiné a preguntarle a mi papá qué iban a hacer con el bandoneón.

Él, con la dulzura que lo pintaba, me explicó que lo llevaría a un banco prestamista, quienes lo dejarían en un deposito, a pasar un tiempo…, a cambio de un dinero, hasta tanto estuviéramos mas desahogados con el dinero, y haber salido de algunas deudas que teníamos.

– Cuando vaya juntando el dinero que me prestan voy al banco, pago y retiro el instrumento. Ellos lo cuidan mucho- Me comentó y hasta me conformó.

Bancarrota a pesar de sus dos trabajos, uno de administrativo en una Empresa Multinacional con 32 años de servicio y los fines de semana con su música, tocando en alguna orquesta, de toda la vida.

Una vez logrado el cometido, volvería al banco y, pagando la suma correspondiente, el «fueye» retornaba a casa e iba a estar ocupando su lugar… ahí… al lado del piano. (Me repetía cada tanto, para mis adentros)

Fue su explicación mientras yo me preguntaba:

– ¿que haría el bandoneón en un depósito de un banco?

No me cerraba esa imagen. Nada que ver la calidez de la música con la frialdad de un banco.

Pasó el tiempo y ese rescate nunca llegó.

Mi viejo no hablaba del tema, no sé lo que el sentía, para mí fue una perdida, un duelo, un extrañar sus sonidos, ese clima, ese dolor que a veces es difícil explicar. Era como un tema tabú también para mi vieja y para mi hermana.

Ese vacío lo comencé a reemplazar escuchando tangos y se convirtió en una obsesión descubrir dentro de una orquesta, los sonidos del «fueye» ilusionándome que algunos de esos bandoneones … podría ser el nuestro. Que iluso …

Como muchas cosas en la vida hay sumas y restas, alegrías y tristezas, cales y arenas, amores y desamores, pro y contra.

La pérdida se compensaba, solo un poco, en esa etapa, donde fui descubriendo al gordo Troilo, al maestro Fresedo, a Ruggero y a Piazzola.

Descubrí a Don Astor Piazzola, bisagra musical en mi vida, con sus melodías terminé de entender lo que significaba la música para mí.

Fue la síntesis de mi Buenos Aires, transformado en canciónes.

Mi viejo, también, tocaba el piano era su fuerte, y tratando de unir almas, en un momento, le compré partituras de música de Piazzola.

Me agradecía, pero no faltaba la acotación que “no era tango” o que era complicado ejecutarlo.

A partir de ahí tuvimos amenas discusiones sobre el tema.

En el año 81 lo invité a un recital que daba Piazzola, en un Teatro de la calle Corrientes, con la expectativa de disfrutarlo juntos.

No me olvido !!! teniamos 4ta. Fila al medio !!!

Me parecía increíble estar viendo y escuchando al Maestro al lado de mi viejo y el doble A ahí … tan cerquita de nosotros

Ya no importaba el rótulo, si era tango o no. Lo escuchamos con el silencio y respeto debido.

Finalizado el evento fuimos a tomar un café.

Se me hinchó el pecho cuando me dijo:

– “es una maravilla como toca…se pasa !!! … que lindo es escuchar al bandoneón”. Me comentó con cierta emoción.

Conversamos como hacía tiempo no lo hacíamos.

Gratificante !!!

Pero quedó en mi mente esa frase: “… que lindo es escuchar …”

Hubiese preferido que me diga: “que lindo sería volver a tocarlo…”

A partir de aquellas palabras y sin pensarlo demasiado, mi meta fue devolverle el “fueye” al viejo, sea como fuere.

Me salía de las entrañas.

Sabía que iba a ser un sacrificio, pero no me importaba.

En el banco no fue posible el rescate, habían pasado demasiados años y el “contrato” caducó …

Comencé a visitar locales de instrumentos musicales. Consultaba precios. Ni siquiera los usados era accesibles a mi bolsillo.

La casualidad o la causalidad hicieron que un compañero de oficina, Oscar, quien conocía la historia del empeño del “fueye”, me comentó que su Papá vendía su bandoneón, ya que no lo usaba y prefería venderlo a alguien que lo iba a amar.

Gracias a la generosidad de este hombre, que me lo vendió en cómodas cuotas, acelere la decisión.

Una tarde llegué a la casa de mis viejos con el preciado tesoro, más que un instrumento musical … era un trofeo.

Entre a la casa sintiendo que llevaba una bandera recuperada, perdida alguna vez, en una batalla a manos del enemigo.

Era un retorno que mi viejo necesitaba, con esa alegría y esa paz de recuperar afectos.

Merecía tener ese fueye que la vida le quitó.

Con una mueca y muy pocas palabras, lo tomó con sus manos, abrió el estuche, lo contempló y después de alguna lágrima que no quise ver, comentó:

– “pero yo ya no toco … me olvidé“ …

Tomamos los consabidos mates de siempre, conversamos de la vida… de futbol … les dejé un beso y me fui con la sensación del deber cumplido.

Antes de salir le comenté por lo bajo a mi vieja:

– “trata que lo agarre, que practique…, que toque, vas a ver que le va tomar la mano y lo tocará como antes, como siempre”.

Mi Mamá me miro con una sonrisa que mas que sonreir era un mensaje de pena

Me fui ilusionado.

Al domingo siguiente y como era costumbre, reunión familiar.

Como si nada hubiese pasado días atrás, traté de ubicar visualmente el estuche, ahí estaba, como siempre, al lado del piano.

Pero claro, entre aquel momento del empeño, cuando yo era pibe y ese Domingo había transcurrido toda una vida.

Los hijos no entendemos que nuestros padres tambien crecen, e igual los queremos fuertes.

No quise darme cuenta que mi Papi ya estaba grande y por problemas propios de la edad, era imposible que volviera a tocar un tanguito o un vals, en Su Bandoneón.

No sé si el trofeo obtenido fue un logro o simplemente un espejo que me mostraba una cruel realidad.

Me “cayó la ficha”, pensando que los tiempos que uno vive no son los mismos tiempos de los demás.

Quedó en mi recuerdo aquella noche de la calle Corrientes, aquella charla, aquel café. Inolvidable

Escuchar “Adiós Nonino” siempre me roba alguna lágrima o varias, porque Nonino es como que fuera mi viejo, la calidez de su mirada y ese hacer sonar el bandoneón.

Quien me puede negar que en este momento o en cualquier noche de estas, esté junto a Astor, interpretando alguna música de Buenos Aires?

Al menos, algunas noches, los escuché tocar juntos.

La foto de Don Astor brilla debajo del vidrio de mi mesita de luz, la de mi viejo con su sonrisa, la llevo en mi corazón.

“Desde una estrella al titilar, me hará señales de acudir, por una luz de eternidad, cuando me llame voy a ir…”
(Astor Piazzola – Eladia Blázquez)

Carlos Emilio Dentone

Aquel bandoneón, un Cuento autobiografico que participó en un Certámen organizado por la SADE de Mercedes, logró un 2do. Premio y nunca más salio a la luz.

El Aniversario de los 100 años de nacimiento de Astor Piazzolla me motivaron a publicarlo.

Astor es nacido un 11 de Marzo y mi Papi un 13 de Marzo. La vida …

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