EL AUTITO
- Raja !!! Escóndete rápido Santi que se viene el autito de la cana !!! Deja la pelota, tarado … ¡raja!
Corría el año 58/59, yo tenía 8 o 9 años y, casi todas las tardes de verano, mi vieja me bañaba en una palangana tipo fuenton de chapa, en el fondo, donde se encontraba nuestra cocina.
Los baños los usaban los grandes, los mayores, además eran compartidos, “no aptos para menores”.
Después del ritual del baño, me cambiaba con los característicos pantalones tres cuartos, y me dejaba salir a la puerta “solo”, bah !!! no tan “solo”, salía con mil recomendaciones:
– “Santiaguito, te sentas en el umbral y no te muevas de ahí, no vayas a cruzar la calle, no te ensucies, no te arruines las zapatillas que son nuevas, no grites, ni molestes a los vecinos, yo termino de lavar la ropa y voy con vos un ratito a la puerta y esperamos a papá que en un rato llega de la oficina” –
Y yo, con las ganas que tenía de salir a la puerta de calle, le cumplía a mi vieja a rajatabla. No sé si me “portaba bien” para poder salir o porque en esos tiempos la palabra, los consejos, las órdenes de los padres, las cumplíamos, a veces con alguna bronca, pero sin protestar.
Una vez que ya estaba cambiadito, salía de la Sala, así llamaban a un único ambiente, en las casas de inquilinato o también se las conocía como “casas chorizo”.
Esa Sala tenia dos puertas, una daba al patio de adelante y la otra al patio del fondo.
Me acuerdo que decían que tenia 7 metros de largo por 5 metros de ancho.
Era inmensa y en ella teníamos:
Un living con un par de sillones gastados, el piano alemán de mi viejo, impresionante, vertical con cuerdas cruzadas.
Me fascinaba cuando mi papá “me pedía ayuda” para hacerle mantenimiento al piano.
Era todo un plan de relojería para desarmarlo, había que abrirlo, sacándole los frentes y la tapa que cubría las teclas. Una vez abierto, se procedía a levantar y sacar las 84 teclas, una por una. Mientras se picaba bien finito bolitas de naftalina, y se espolvoreaban cubriendo todo el interior, fundamental debajo del teclado y por todos los lugares que entrara ese polvillo contra las polillas. Paso siguiente y sin equivocarse, volver a colocar las teclas en su lugar, considerando que cada tecla tenía una posición única. Volver a rearmarlo y cerrar todo.
Faltaba un último “test”, al rato escuchar algún tanguito que él tocaba, para sentir cómo había quedado después del operativo.
Es difícil olvidarse del olor de aquella mezcla de madera y naftalina, es cerrar los ojos y el aroma me invade en este mismo momento.
A continuación un combinado de madera lustrada, con radio y tocadiscos de 78 rpm, que para poder abrir la tapa, había que sacar los adornos con sus respectivas carpetitas y un teléfono tipo candelabro color negro.
Ese teléfono para mi tenia una historia.
Cuando veía que ninguno de la familia me prestaba atención, yo discaba un número cualquiera y, si me atendía alguien, le pedía que me contara un Cuento.
Recibía distintas respuestas, pero dos me quedaron grabadas en mi mente:
Un señor me respondió:
– Nene, por qué no te vas a dormir a la calle Cucha Cucha esquina Cuna, mientras se reía y cortaba.
La otra se trató de una señora que me preguntó quien era yo y donde vivía. Yo me asusté y me quedé mudo. Entonces me dijo: – Dame con tu mamá o tu Papá o estás solo?
Yo, más asustado aún, llamé a mi mamá y le dije que una señora le quería hablar.
La señora le explicó todo y le pidió a mi mamá que anotara su número telefónico y que cuando quisiera Santiago, la llamara con su autorización, y le dijo: yo le puedo leer algún cuento que tengo de mis hijos, ya crecieron y no los leen más …
Cuando terminaron de hablar entre madres, y yo expectante, mi mamá me pasó el tubo y este amor de señora me contó el primer Cuento por teléfono.
Se que muchas tardes mi mamá me comunicaba con ella y los Cuentos continuaban y yo fascinado.
No recuerdo el tiempo que duró eso ni los cuentos que me leía, pero indudablemente la actitud de la mujer, cuando recuerdo el tema, me saca más de una sonrisa.
En el combinado-radio-pasa disco había un cepillito de madera con felpa suavecita, para limpiar los discos enormes de pasta, entre los cuales sobresalían, obviamente, los tangos, fox-trots, mambos y algo de jazz, pero también teníamos los chiquitos de colores, en los que Tatín, cantaba “El mambo de la chocolata” o “Yo tenía diez perritos”, muy triste porque al final de los diez, no le quedaba ninguno.
Mi psicóloga le hubiese tirado con el diván por la cabeza.
Luego, a continuación y sin ningún tipo de separación, el comedor, mesa para ocho personas con sus respectivas sillas, con araña sobre la misma, que tenia como 12 lamparitas, de las cuales aflojaban 10 y nos alumbrábamos con 2, para días sin visita, sobraban …
Detrás de lo cual comenzaba el sector dormitorios, la cama de los viejos, la de una plaza de mi hermana y en uno de los rincones, el derecho, mi cuna, grande, pero cuna al fin, que de todas formas no logro imaginar, hoy, como llegaba a entrar sin flexionar las rodillas, para poder dormir.
Mesita de luz, ropero, etc. Ahhh !!! y el techo de yeso decorado con angelitos que seguramente me habrán acompañado en más de un sueño …
Todo dentro de un solo ambiente sin solución de continuidad.
Pero así vivíamos y éramos felices, por lo menos es lo que mi memoria trae a estos tiempos.
Pero me fui a la mierda, discúlpeme, y ahora que ya me fui, le completo la casa, el conventillo, el inquilinato o como quiera llamarle, para mi era “mi casa” :
Calle Don Bosco casi Boedo, si señor de Almagro, Almagro de mi vida, dijera un tango, y cuánta verdad, pasan los años y el barrio tira, eh?
No sé si era lindo o no “el inmueble”, pero nada que ver con el departamento frío que construyeron al tiempo después de derrumbar aquella querida reliquia, … nada que ver !!!
Puertas de entrada: dos, inmensas, luego el zaguán, al pedo, en mi enfoque de niño, quizás aprovechable en la adolescencia o en momentos de amoríos, otra puerta más, doble también y un patio lleno de macetas, donde los malvones marcaban supremacía, enorme, con habitaciones del lado derecho.
No recuerdo si eran cuatro o cinco, el mismo se cortaba con la Sala que hice mención anteriormente y es la que me llevó a esta somera descripción, justo cuando me iba para la calle.
Sigo … paralelo a la sala un pasillo que desembocaba en el patio de atrás, también enorme, con gran cantidad de macetas y sus respectivos malvones, con habitaciones del lado derecho, pero este patio tenía, a su vez, habitaciones del lado izquierdo.
En realidad de este lado estaban las cocinas, 6 o 7 no recuerdo, entre ellas la nuestra.
Nuestra cocina era chica, con una mesa pequeña, pero comíamos perfectamente los cuatro. Un aparador verde musgo, ya medio desvencijado, donde se guardaban los platos, vasos, cubiertos, servilletas, etc.
Mi recuerdo fija la vista en un portarretrato que estaba apoyado en un estante, con la foto de Farro, Martino y Pontoni, tres grandes de San Lorenzo y obviamente del fútbol, con él Gasómetro de Avenida La Plata, como fondo.
Ídolos de mi viejo.
Yo no los vi jugar pero siempre los mencionaba como idolos, si él lo decía …
Nos hacían compañía en nuestros desayunos, almuerzos, meriendas y cenas, cuando esas cosas del destino hacían que las cuatro comidas se cumplieran, siempre y cuando, además hubiera kerosén, que más de una vez escaseaba, como solía faltar el azúcar, el pan, etc.
Recuerdo unas colas inmensas que teníamos que hacer, si intentábamos conseguir algo que en ese momento estaba en falta.
Perdone la mezcla, pero una mente lanzada a los recuerdos no puede ordenarse, o por lo menos la mía, me comprende?
Es como pretender darles un orden a las gotas de lluvia, que caen separadas, se juntan en un todo y ya no se pueden identificar.
Mas atrás, en el tercer patio, una zona de baños para los adultos, que no los recuerdo bien, solo una vaga noción de ese agujero negro, maloliente y sin final sobre el que no daba muchas ganas, me imagino, de quedarse mucho tiempo flexionado.
Por último y, del otro lado de los ñobas, otras habitaciones, entre las cuales habia piletas grises para lavar la ropa.
Esas habitaciones eran más pequeñas que las salas, generosas de todas formas, entre las cuales se encontraba una nuestra, bah, aquí nada era nuestro, se alquilaba, con una cama, mesa de luz, un ropero con puerta-espejo que te veías completo, donde más de una vez canté y bailé para mí.
Y hablando del ropero, qué increíble, me vinieron a la mente los dos cajones de abajo que tenía el ropero, lleno de revistas Billiken. Qué mejor entretenimiento que pasarse una tarde hojeando el Billiken.
Hoy que ya no sabemos como entretener a nuestros hijos por más que tengan chiches, juguetes, computadoras, etc., etc.
Para que estaba esa habitación?
¡¡¡ Pero viejo !!! era la sala de huéspedes.
Mi abuela, que cada tanto dejaba de cocinar en casa de sus patrones y pasaba algunos días con nosotros o la otra, la “ nona “ que vivía a la vuelta, por Colombres y le gustaba cada tanto ser turista en nuestra casa.
También la usaba mi hermana para estudiar.
Arriba, accediendo por una escalera, una terraza con más habitaciones, que siempre fueron un misterio para mí, vivían chicas o ya mujeres, que se la pasaban durmiendo de día, se ve que salían a trabajar de noche, por eso yo nunca las veía.
Me acordé de algo más, que no suma, pero acaricia mi recuerdo: tres tomos de una enciclopedia que, aún hoy, mis viejos conservan.
Le pido perdón me fui y me enganché con la casa … me parece verla …, bueno ya no está, a otra cosa.
Le contaba que ya cuando salía de la sala traspasaba el primer patio, puerta, zaguán, puerta y umbral.
Santiaguito sentadito, prolijito, calladito, mirando como pasaba la vida en la calle Don Bosco o Adolfo Berro, como constaba en la Libreta de Enrolamiento de mi viejo, casi esquina Boedo, de Almagro.
Al principio, me encantaba estar ahí observando todo, la gente que pasaba, algunos vecinos sentados en sus sillas en sus respectivas veredas, en sus respectivas puertas, pocos autos … casi todos negros o grises, algún que otro carro con caballo y sus conductores que ofrecían desde leche o sifones o pollos vivos o carbón o mimbreria o el basurero que volcaba la basura en el carro, de los mismos tachos que dejaban los vecinos en la vereda y prolijamente los volvía a dejar donde lo había levantado.
Miraba aquel portón de la Superball, en cuyo interior se encontraba el misterio de “la fábrica de pelotas de cuero”, todo una incógnita, siempre cerrado y arco improvisado de algún picado que jugaban en la calle.
Justo frente a mi casa.
Pocas bicicletas, muchos monopatines, triciclos y algún que otro remociclo, en el que tenias que abrir y cerrar el manubrio para avanzar, nunca más los ví …
Algunos muchachos que, por su cara con nariz achatada y su bolsito, seguramente se dirigían hacia la Federación de Box, ahí nomás, en Castro Barros 75, a practicar.
Algun Viernes, mi viejo me llevaba a ver boxeo y podia identificar a mas de uno, de esos muchachos que pasaban por la puerta de casa.
Chicas que pasaban con una bolsa y una enorme escuadra de madera:
Esas van a “Corte y confección”, tu hermana debería ir, pero no …, le gusta el piano, decía mi vieja, es una picardía, con lo necesario que es hacerse la ropa !!!
Santiaguito seguía ahí observando, disfrutando y porque no aprendiendo … aprendiendo qué? se preguntara usted.
Le cuento.
Yo aprendí a jugar mirando como jugaban los otros pibes, hasta conocía sus nombres: Osvaldo, Norberto, “bocha”, el hijo de los Brenda, otro Santiago, los Mánese, un Carlitos que no podía faltar, un Horacio, todos más grandes que yo, los miraba jugar y hasta los admiraba.
Yo jugaba a la pelota cuando mis Papis me llevaban a la Placita Almagro o al Parque Lézica, hoy Parque Rivadavia, claro ahí nomás frente al club italiano, exactamente donde los domingos la gente cambiaba estampillas, monedas y revistas mejicanas.
Aunque los pibes eran más grandes que yo, a veces me llamaban para jugar, pero yo que hasta el momento lo tenía prohibido, les contestaba:
“Ahora no, no tengo ganas” y me moría por jugar con ellos, pero me daba vergüenza decir que mi vieja no me dejaba mover del umbral, igual ellos se daban cuenta de mi impotencia.
Jugaban un montón a la pelota, “un cabeza con pechito vale doble” y “vale tocarla contra la pared si se va a la calle es afuera”.
¿Vio como sé?
Lo que todavía no había logrado entender bien era lo que hacían antes de empezar un picado.
Yo veía a dos de ellos, generalmente los mas grandes, que se ponían uno frente al otro a unos metros de distancia y cada uno empezaba a caminar hacia el otro, dando como pasos del tamaño de una zapatilla, hasta que se pisaban el uno al otro, luego veía a los demás colocarse detrás del que los nombraba, sabia que era como elegían los equipos pero no entendía el método.
También jugaban a la mancha, a la escondida, al puchero o al espejito con las figuritas redondas de fútbol, a la bolita en los canteros que quedaban rodeando a los árboles, al trompo y al balero.
Eran unos ídolos como sabían todo … y yo Santiaguito sentadito y quietito, con unas ganas de entreverarme que ni le cuento, pero la cosa era así y yo me la aguantaba.
Soñaba con estar con ellos ahí … en la calle …
¡ Dale Santiago, veni que nos falta uno para jugar un picado, o vení Santiago que jugamos un cigarrillo 43. Decile a tu vieja si te deja, o vamos Santiago, veni que tocamos unos timbres en los departamentos nuevos y rajamos !
… Y tanto dale … veni y vamos, vamos y vení … yo no daba más, quería estar ahí, y fue así que un sábado al mediodía y mientras almorzábamos los cuatro en la cocina, con toda la timidez y la vergüenza del mundo tomé coraje y apenas terminaron de conversar los grandes pregunte:
Mami yo puedo jugar con los chicos en la vereda? aunque sea vos me miras, dale Mami, si Mami? Dale, dejame Papá, yo me voy a portar bien.
Vi que se miraron como tratando de evitar la decisión, pero mi hermana me dio una mano:
Déjenlo que juegue con los chicos !!!
Ella que tenia algún año más que yo, se ofreció para mirarme y cuidarme.
Bueno !!! dijo mi Mamá.
Al final era la que siempre decidía, pero con una condición, acotó.
Mas que una condición era una especie de tratado internacional que, si lo llegaba a cumplir era mejor quedarme sentado en el umbral de la casa.
De todas formas, ya había logrado obtener el esperado permiso.
A lo que mas hizo hincapié fue al peligro de la calle, los autos, los carros …
Mami yo juego en la vereda, no cruzo Mamá, quédate tranquila, que yo cuando prometo cumplo.
Era un Sábado y los Sábados a la tarde casi no pasaba nadie.
No llegaba nunca la hora, se me hizo larguísima la espera.
Tan grande era la excitación, que me sobrepasaba.
Hasta que llegó el momento, salí de la sala, el camino rutinario y largo hasta la calle, llegué y cuando quise gritar:
¡¡¡ Chicos hoy juego con ustedes !!!!, no vi a nadie …
Qué frustración !!!
Dónde estarían estos tipos justo hoy que tengo permiso?
Pucha, y ahora qué hago?
Mientras trataba de digerir mi bronca, mi tristeza, mi tragedia, me senté como de costumbre en el umbral.
Sin delatarla y de reojo, ví a mi Mamá, que me estaba espiando desde el zaguán.
De repente vi a un grupo de chicos venir del lado del Colegio San Francisco, no visualizaba si eran mis amigos, pero mi olfato me decía que si, se fueron acercando, uno de ellos picaba una pelota, venían como cansados.
Siiii, eran ellos !!! Me paré como para recibirlos, a medida que estaban cerca me saludaban:
“Hola Santi, nos cagaron a goles los de la Plaza Almagro.”
“Que haces Santiago, nos podemos sentar acá ?”
“ Santiago, paso al zaguán a tomar agua”.
“Che y vos cuándo vas a venir a jugar con nosotros? “
Se sentaron todos alrededor mío.
Yo no sabia qué responder, qué decir.
No hizo falta, se pusieron a hablar del picado y a gastarse bromas unos a otros, a echarse la culpa por los goles y, casi sin querer, me metí en la conversación.
Fui siendo uno de la barra, el mas chiquito, pero uno mas de la barra de “Don Bosco”.
El rato que estuve con ellos me sentí enorme, feliz !!!
Lástima que ya se había hecho tarde y a cada uno lo llamaban de sus casas, otras mamás … pero mamás al fin.
La tarde se acabó, pero a mi me alcanzó para recordar lo que hablaban, antes de dormirme. Creo que me dormí imaginando que yo había jugado el picado contra los de Plaza Almagro.
Al día siguiente, salimos de visita a la casa de unos tíos en Wilde, por lo que resultó “otro día vacío de amigos”.
Pero no iba a faltar oportunidad.
Y así fue que, el lunes por la tarde y después de las conocidas recomendaciones de la vieja, salí a la calle.
Eran pocos, pero apenas me vieron me llamaron:
“Vení que hacemos una tirada de trompos”.
“no tengo trompo”, contesté.
“Vení Santi !!! No importa, alguno te presta”.
Fue el comienzo de mi evolución social.
Si así como le digo, claro, en ese momento no me di cuenta, aunque algo por dentro sentía, pero hoy se lo digo como adulto, fue el comienzo de saber que era la calle, los amigos, el competir, el compartir …
Como todos los comienzos fue duro.
El famoso, desconocido para mi, ”derecho de piso” se hacia presente una vez más en esta vida y el que lo tenía que pagar era lamentablemente yo, pero mis ganas de jugar y estar con ellos disimulaba todo lo que de alguna forma tuve que soportar, que se agravaba cuando entre los de la barra estaba Mauricio.
Mauricio era sobrino de los patrones de la casa, del inquilinato, conventillo o como quiera llamarlo.
Claro, yo no le conté la parte social y humana. Cuando me fui para los caños le conté cómo era el inmueble, pero usted no conoce a la gente que moraba en él.
Qué detalle !!! Va a ser un gran esfuerzo de mi memoria, pero sería una falta de respeto no hacer un comentario sobre los vecinos de adentro, déjeme pensar …
Me es difícil, porque no toda la gente era igual, es decir, había una especie de división, cómo explicarle, por ejemplo estaban:
Los patrones y los inquilinos.
Las personas mayores y los chicos.
Los solteros y las solteronas.
Las señoritas y las de arriba.
Los chicos y los sobrinos de los patrones.
Los músicos y los que no tocaban nada.
Los vagos y los laburantes.
No sé si me entiende, eran como distintas divisiones, dentro de las divisiones.
No se trataba de una oposición fija, las relaciones iban rotando y ligando según el pasar del tiempo.
Y uno, en distintas ocasiones podía pertenecer a un “bando o a otro”.
Uno podía ser un chico, pero no era sobrino de los patrones, cuyas atribuciones y libertades aventajaban enormemente a los chicos inquilinos, digamos los comunes.
A pesar de eso el chico común trataba de juntarse con los sobrinos de los patrones, aunque estos no querían, con lo cual los padres de los comunes trataban de atrincherar a sus hijos en sus respectivas piezas, salas, cocinas, etc., para que los otros guachos mal criados, porque otra cosa no eran, gozaran de los 500 patios que había, rompieran o no vidrios de puertas o simplemente macetas con sus pelotas siempre nuevas que la vida les proveyó.
Me va comprendiendo?
Ese es un ejemplo.
Pero digamos que, para los inquilinos, los patrones eran una merda, y viceversa.
Los mayores no comprendían a los pibes que solo queríamos jugar.
Los músicos eran comparados con los vagos, a pesar que mi viejo laburaba en una oficina y además era músico, profesión con la que también “yugaba” para darnos un mejor pasar.
Los solteros tenían que evolucionar, estudiar, trabajar, etc.
Las solteronas, a esa altura, ya no se casaban más, como las patronas, todas solteronas.
A mí vista no solo eran malas sino feas también.
Hoy a lo lejos y a la distancia, feas y malas como la peste, quien las iba a querer para casarse?
Las de arriba eran comparadas con los músicos y con los vagos, qué sé yo, era una forma de vivir y analizar un entorno.
Ahora …, usted … nos imagina a todos estos personajes dentro de la misma casa, inquilinato, conventillo o como usted quiera llamarlo ?
Sería por éso que mis viejos nos tenían tan celosamente guardados?
Mire … la verdad … por el momento no me interesa, ya fue hablado bastante en el diván de mi querida psicóloga.
Yo sabía !!!
Otra vez me fui a los caños y ahora usted además quiere que le de nombres?
Pretende mucho, mi memoria no da para tanto.
Pero me dio una idea, en un solo nombre voy a resumir todos los demás, y vaya esto como un homenaje a todos los que en algún momento yo sentía que pertenecían a mi “bando”.
A quien elegí?
Fácil señor …
A Doña Felisa.
Una viejita, una abuela hermosa.
En su diminuta cocina comí los mejores buñuelos de banana y manzana que hayan existido y existirán en este mundo:
I-n-c-o-m-p-a-r-a-b-l-e-s-.
Tenia la paciencia de una mamá, contaba cuentos de abuelas, me enseñó a jugar al “culo sucio”, a la “escoba de quince” y a la “generala”, y cuando, por alguna cuestión mis viejos salían a algún mandado, nos cuidaba y nos mimaba como si fuéramos suyos.
Bajita, pañuelo en la cabeza, siempre de negro, seria por el luto? Poquitos dientes, mentón prominente y tanta bondad que desde aquí va mi beso de “Gracias por todo”.
Seguramente deberá estar haciendo gala de sus buñuelos por ahí.
Le comentaba que, con la presencia en la barra de algún sobrino de los patrones, la situación se agravaba para un novato como yo.
Porque estos pibes también querían ser patrones dentro de la barra, y como era costumbre, los patrones mandaban, y estos borregos querían hacer sentir su peso a toda costa.
Yo, como iniciado aceptaba las reglas, no me quedaba otra.
Por suerte alguno del Grupo se encargaba de ponerle los puntos ante los excesos.
Los derechos de piso se pagaban de diferente modo, a saber:
– Llevar pelota, en lo posible de cuero.
– Si la pelota en juego se alejaba de “la cancha” … ir a buscarla.
– Si la pelota caía en casa de algún vecino, ir a pedirla.
– En la elección de los equipos, la “famosa pisadita”, que yo miraba sin entender … ser elegido último y, para el equipo más débil. Por ende acostumbrarse a perder.
– Cuando se repartía el agua en algún botellón llenado en alguna canilla, de algún zaguán … Ser el último en tomar cuando ya quedaban restos de agua mezclados con la saliva de los antecesores.
– Perder siempre a lo que sea, no sé cómo, pero ni de casualidad les podía ganar a nada, y cuando podía triunfar en algo siempre algún alma caritativa y unas manos tramposas daban vuelta el resultado.
– Perder en cualquier cambio de figuritas o bolitas.
– Los juegos con “prendas” tenían su victima, el nuevo, el más chico.
– Portador de carteles pegados en la espalda: “pegue aquí”, “límpiese aquí”, etc.
– El último …”culo e´perro”, y había que correr !!!
No hace falta que le cuente más, usted quizás lo sabia, probablemente habrá pagado algún derecho de piso.
Poco a poco y a pesar de estas reglas de la calle, me fui incorporando a la Barra de Don Bosco y disfrutaba de todo con ellos, especialmente los días Sábados, a la hora de la siesta.
El juego por excelencia era el fútbol, los picados entre nosotros o, si se daba con los de otras calles: los de Colombres, los de Maza y los de Boedo que eran superiores y de los que ligábamos flores de goleadas: 15 a 2, 10 a 0, no les podíamos ganar.
Y si de fútbol hablamos a mi me gustaba “el que hace gol va al arco”, donde había un arquero, defendiendo el arco del portón de la Superball, y cuatro o cinco, haciendo las veces de delanteros y que, entre centros y cabezazos, iban intentando meter el gol. El que lo metía suplantaba al arquero, que pasaba a ser delantero y así sucesivamente.
Ya me sentía uno más, haciendo goles y atajando.
La mayoría de las veces el problema era la pelota. Claro, quién traía la pelota?
Cada uno hacía lo posible por traer su pelota, la de cuero, color cuero, no había otro color y cuando no, la de goma y de última, se armaba la de trapo.
Le paso en limpio.
Se comenzaba jugando con la de cuero, que alguno de los pibes traía, esta se podía perder en alguna casa, pinchar, reventar bajo las ruedas de un auto o de un carro, o bien, al que la traía lo llamaban de la casa a tomar la leche, o hacer un mandado, o hacer los deberes y se iba él con su pelota.
Si había algún otro que tuviera un fútbol, se seguía, si no cambiábamos de juego y a otra cosa.
Pero era tan lindo jugar que algún día decidimos comprar una pelota entre todos, donde todos serian dueños y así no habría problemas.
Cómo hacemos ? fue la pregunta.
Empezaron a surgir ideas:
Hagamos una rifa.
Manguemos por las casas a los vecinos.
Fabriquemos molinitos de viento, con papel glasé y un palito, los clavamos en unas papas y salimos a venderlos.
Pasemos cine en el proyector de mi viejo o hagamos títeres y cobremos la entrada.
Si fuera carnaval, armabamos una murga y pasábamos la gorra.
Si fuera la fogata de San Juan y San Pedro juntábamos guita para armar el muñeco y comprar y cocinar las batatas.
Vendamos revistas en la calle, con las mejicanas sacamos unos cuantos mangos.
Sobraban ideas !!!
Pero pudimos comprar la de cuero, pidiéndole a cada uno de nuestros viejos las monedas que nos pudieron dar, con el compromiso de devolver el préstamo con alguna de las cosas que habíamos planeado.
Es así que, antes de hacer la cuenta de lo que teníamos y tomándonos de las manos, juramos devolver la guita con la venta de los molinillos, que ya habíamos comenzado a fabricar.
Fuimos a la tienda del “turco” Luis, en Boedo y Venezuela, cerquita de la intrigante casa de los gitanos.
Le dejamos los montoncitos de monedas y vinimos haciendo picar el fútbol media cuadra cada uno.
Quizás sea una de las más grandes alegrías que viví, el primer fútbol compartido con la barra, nuestro, mío …
Osvaldo dijo:
ahora vamos hasta el Mercado Boedo y le pedimos grasa al “carniza”.
Después me enteré para qué quería la grasa. Al rato estábamos untándola para que no se agrietara el cuero, no la podías ni agarrar.
Esa tarde ni jugamos, no la queríamos gastar …, nos sentamos en rueda y la pasábamos sin dejarla picar.
Si me dejo llevar, estoy sintiendo el olor a cuero mezclado con la grasa.
Ese día se la llevó Horacio, con sorteo previo, al otro día le tocaba a Norberto y al tercer día me tocaba a mi, noche tan esperada como la del 5 de Enero, después ya no me importaba, tenia que esperar otra ronda más, e iba a pasar 1 semana más.
Al otro día la estrenamos, fuimos a la Plaza Almagro, ojo … había que cruzar la Av. Rivadavia !!!
Se dio cuenta que ya mi vieja me dejaba andar solo con la barra?
Jugamos con los “locales”. Yo estaba tan entusiasmado que hasta me parecía que ya le pegaba mejor, que la ponía debajo de la zapatilla, que la levantaba con el empeine, qué sé yo !!! si era yo o era el estreno.
Me parecía imposible jugar un picado contra otro equipo, con el fútbol nuevo, y con la indicación de Carlitos:
“Vos Santiago vas de 2”.
Qué sentencia !!!
Las corrí todas, las saqué todas. Algunas con un pase más o menos bueno a algún compañero, otras, tirándola lejos del límite del campo fijado con anticipación al partido.
En un momento sentí que transpiraba y tenía la cabeza empapada y cuando me pasaba la mano para sacarme el sudor de la frente, sentía que me quedaban los dedos pegajosos, nunca había sentido el transpirar de esa manera, estaba extrañado, pero al mismo tiempo emocionado.
Hasta que alguien de afuera que estaba mirando el partido me llamó:
“Pibe salí que te sangra la cabeza”, me paralicé.
El susto no me dejaba ir pero tampoco me dejaba jugar, me miré las manos y me vinieron nauseas y como un desvanecimiento, mientras sentía el murmullo y los gritos propios del partido, con un muy lejano: – “Dale Santi, no lo dejes pasar”.
No sé cómo reaccioné o, mejor dicho pensé en mis viejos y la que me podía esperar.
Caminé esas 4 cuadras hasta mi casa con la mirada en el piso y la mano derecha con un pañuelo, no sé de quien, apretándome la mollera, donde aparentemente tenía la herida, hecha dándome la cabeza contra una columna de iluminación y poste derecho de nuestro arco que, con el fervor del picado ni cuenta me di. Después … atando cabos recordé el momento del golpe.
A medida que caminaba hacia casa me daba cuenta de lo que me había pasado y me invadía el miedo.
La sangre no paraba y el susto que se iba a llevar mi vieja iba a ser tal que, como respuesta no me dejaría salir más.
No sabia como presentarme … con valentía, disimulando el temor …
Por fin llegué.
Más que valentía, me abracé a mi vieja y lloré hasta que ella, con el amor y la paciencia que la caracterizaba, me dijo:
– ¿Qué te pasó? Rompiste algo?
Quedate tranquilo no es nada, y en la cocina me puso la cabeza debajo de la canilla y el agua fría me alivió. Luego puso sal gruesa en una gasa y me la colocó en la herida.
Mientras me acariciaba y me decía que ya se había parado la sangre, me dijo: “Preparate para mañana, seguro que van a jugar de nuevo, y no vas a faltar, no?”
Palabras de Madre y bálsamo suficiente para sacar coraje, perder el miedo y pensar en mañana, pensar en el próximo picado, o jueguito, o lo que sea, con tal de estar en contacto con ese fútbol que ya estaba extrañando.
Al rato los pibes llamaron a la puerta, en algún momento se habían enterado del golpe y vinieron a preguntar. Salió mi vieja les dijo que ya estaba bien a lo que los pibes le respondieron:
“Doña, dígale a Santi que ganamos 6 a 3, que decidimos que la pelota la tenga él hasta mañana y que lo esperamos mañana que vamos a jugar en la puerta. Ah !!! esto es grasa, dígale que le pase un poco”.
Entro mi vieja con el fútbol:
“toma hoy duerme con vos”.
Efectivamente cuando me fui a acostar, saqué mi mano por entremedio de los barrotes de la cuna y me dormí acariciándola.
Al despertarme, lo primero que hice fue buscarla debajo de la cuna, cuando la encontré, me toque la cabeza, sentí como un ardor, pero el nuevo día esperaba …
Durante la mañana la engrasé tres o cuatro veces y a las tres de la tarde salí a la puerta como habíamos quedado.
De a poco fueron llegando y empezamos a patear penales en el ya conocido arco-portón.
Penal iba penal venia, cuando de repente, alguien gritó,
Rajemos !!!
Yo ni me había dado cuenta que el auto de la policía que venia por Colombres, dio vuelta “estratégicamente” por Don Bosco y se paró a unos metros del “estadio”.
Como pude agarré el esférico y me escondí en el zaguán de la casa de los Menese.
Muerto de miedo me agaché detrás de la doble puerta enorme pintada de verde abrazando a mi preciada mascota, sin saber qué podía pasar.
Era mi primer experiencia con la “poli”.
Tratando de no hacer ruido ni al respirar, y cubriendo el fútbol con mi cuerpo, escuche cómo se cerraba la puerta de un auto, traté de aguantar la respiración y agudizando el oído, sentí los pasos firmes, que cada vez se acercaban mas a la puerta.
Mi temblor no me permitía escuchar el taconeo que en ese preciso instante se silenció.
No quise mirar para arriba, pero escuché claramente el movimiento del picaporte y el rechinar de la puerta que se abría lentamente.
Entró la luz del sol, que luego fue interrumpida por una figura enorme, de la cual yo podía ver, muy turbiamente por las lágrimas de terror que corrían por mis ojos, únicamente un par de botas enormes, que se detuvieron a escasos centímetros míos.
Sentí como una mano más que grande, me agarraba de mis pelos, débiles por la herida, quizás fresca todavía, y me levantaba sin esfuerzos, y la puta que los parió, qué dolor, al mismo tiempo que una voz más que enojada me decía:
“¿No sabe usted mocito que no se debe jugar a la pelota en la calle?” Yo seguía elevándome lentamente y, lleno de dolor, a mi altura normal, sin todavía llegar a mirar al señor agente y menos aún, sin soltar la pelota.
Siguió:
– “Ahora mismo me da esa pelota y vamos a hablar con sus padres. ¿Dónde es su casa?”
– “En frente, en el 3726, pero suélteme que tengo lastimado”, le dije llorando.
Mis viejos ya estaban en la puerta, los de la barra que habían disparado, le habían avisado.
No recuerdo todo el sermón que recibimos.
Mi viejo me guiñó un ojo y le dijo al policía:
– “Agente, quédese tranquilo, que no va a volver a suceder. Gracias y disculpe”.
Yo me quedé con mis viejos, mientras iba apareciendo la barra de los «fugados».
Qué imagen imborrable la de mirar como se llevaban a la pelota detenida.
Todos me consolaban, la barra y mi Papá, que ya habían pasado por esto y mi Mamá que, si bien no había experimentado ningún altercado policial, al menos que yo supiera, siempre trataba de poner calma a todo.
Yo no lograba calmarme. Estaba todo bien pero no teníamos la pelota que tanto queríamos. No dije nada.
Cada uno para su casa.
Me quedé tramando cómo haría para tener otra pelota.
No tenía posibilidades.
De todas formas me sentí responsable de la pérdida y le hablé a mi viejo:
– “Papá yo tengo que recuperar la que comprar otra, soy el responsable”.
Mi viejo, con la bondad de siempre y en voz baja me susurró:
– En cuanto junte unos pesos, compro una, pero hacé el esfuerzo vos también. ¿Estamos?”.
-“Si Papá, ya me pongo a fabricar molinillos”, respondí.
Seguimos jugando con una pelota de goma, la que tuvo poca vida, continuamos con una de trapo.
La abuela de Horacio estaba acostumbrada a fabricarnos esas pelotas de trapos, justamente con trapos viejosy papel, colocados en una media cosida tan fuerte que hasta picaba y todo. Lo llamativo era que “el autito” no pasaba en esos días.
Se notaba que no había interés en una pelota de trapo …
El sábado a la mañana, mi querido viejo, se apareció con una pelota nueva, igual a la secuestrada, color cuero, a la que lo único que le faltaba era grasa.
Fui al mercadito traje grasa y le di unas cuantas pasadas.
Cuando a la tarde salí a la puerta y, mientras los pibes seguían jugando con la de trapo, hice picar la de cuero y, apenas la escucharon, vinieron corriendo me levantaron en andas y, cuando me bajaron ya estaba armado el picado “mortadela’, con dos equipos de tres y un solo arquero, siempre defendiendo el arco-portón.
El arquero era Carlitos. Un equipo lo componían Osvaldo, el gordo Norberto y el pibe de Brenda y, yo jugaba con Horacio y el otro tocayo mío.
Íbamos dos a dos, y aunque no me lo crea había hecho los dos goles yo, había resultado un partido bárbaro, recibo una pelota, la tiro contra la pared, me rebota, con lo que eludo al gordo y me voy camino al arco, por la mitad de la calle, cuando voy a patear, Carlitos el arquero no estaba, mire en un instante alrededor mío y no había ni compañeros ni contrarios, escuché la frenada de un auto, a escasos metros míos, la voz de Carlitos que gritaba:
Raja !!! Escóndete rápido que viene el autito !!! deja la pelota, boludo !!! ¡Raja!
Portazo del auto, el característico taconeo, el acercamiento casi arremetedor, me encontró parado, firme, con la pelota debajo de mi brazo izquierdo, miré hacia arriba, buscando su cara, nos miramos y antes que hablara, pensé para mis adentros:
“Yo me aguanté el inquilinato, los patrones, los sobrinos de los patrones, los vecinos, el mirar sin participar como jugaban los demás, después el derecho de piso por el simple y hermoso hecho de crecer, el golpe en la cabeza en la columna de la Plaza Almagro, el sacrificio para conseguir la primer pelota, el secuestro de la primer pelota, la tirada de pelos del Agente, el sermón que nos pegó la semana pasada, el nuevo sacrificio para la nueva pelota, me aguanté todo sin chistar !!! Este milico no me la iba a sacar.
En ese momento le iba preguntar dónde iban a parar todas las pelotas que levantaban de todos los picados callejeros de los pibes, pero me callé.
Le iba a preguntar porque asustan a pendejos como nosotros que disfrutamos de jugar en la calle a esto que amamos.
Tampoco le voy a decir que, cuando fuesemos mas grandes, quizás, ya no se pueda jugar en la calle, pero tampoco le voy a entregar la pelota.
Mientras yo pensaba todo esto, sin siquiera un gesto, no me sacaba los ojos de mis ojos, irritados por la bronca, cuando intentó decir:
“Mire mocito …
La escupida en la cara, que había preparado con bastante saliva mientras había meditado sobre mi vida y el puntapié que le pegué en el medio del bajo vientre, lo hizo doblar hasta quedar de rodillas en el piso, perdió la gorra, aproveché de tomarlo de sus pelos y decirle:
-“Perdón Agente, no se olvide que soy un pibe”, y sin darle tiempo a reaccionar salí disparando para el Mercado.
Cuando escuché la sirena del autito ya estaba con el carnicero pidiéndole la grasa, para que no se me arruine el fútbol, sabe?
… Que iba a dejar la pelota … si era mía … Cualquier día iba a perder otro futbol de cuero … que todavia se la debía a mi viejo …
Carlos Emilio Dentone
Este relato fue escrito en el año 2001 y forma parte de mi libro, «Me olvide del Mundial y otros Cuentos».
La imagenes que forman el collage fueron extraidas de Internet.
