EL HOMBRE DEL TABLON
El hombre del tablón de la vieja tribuna lo sabía, no claudicó, esperó paciente, soportando fríos, tormentas y calores torridos.
Los Domingos, contra viento y marea, él estaba allí, sentado y esperando …
El hombre sabía que el último bastión futbolero pertenecía a un País vecino y ya se preparaba para colgar los botines, prolijamente.
No hay fútbol sin ídolos, pensaba con angustia, pero con esperanza.
Hasta que, por fin, en un Domingo cualquiera, el sol de Primavera dio su pasó al Fabricante de Ilusiones.
Ahí lo dejó, en Paternal, en el círculo de la mitad de la cancha, con su juguete preferido, junto a 10 compañeros, 11 rivales y 3 justicieros. El debut era un hecho !!!
Esa espera se concretó. Llegó y sin esperar la orden del juez ya comenzó a darle la globa para el deleite de tribunas y plateas, haciendo de las suyas.
Una tarde, el hombre tuvo su sueño, fue un sólo instante, único, se alzó del tablón y lo vio, se sentó y lo observó, se embelezó y lo disfrutó. Sólo levanto su brazo.
Aquél invento enrulado que hacía malabares circenses, gambeteando sombras y vientos, en cada grito de gol festejaba con su salto de danzarin en cada banderín de cada esquina, buscando, de reojo, compañeros para un abrazo más.
El hombre del tablón se sumaba al estallido del triunfo, pero más que un grito de gol, más que la euforia logica del tablón, era un llamado al abrazo, una expresión de gratitud, un decirle:
– Mientras vos pisés el verde de una cancha de fútbol, yo estaré aquí … en mi pedazo de tablon.
El irreverente que continuaba con su diversión, con sus piruetas eludía más y más obstáculos, de pronto elevó su vista a la tribuna, trepó el alambrado y, con un salto felino, se colocó frente al hombre.
Un abrazo sudado se escuchó en el estadio, una número 5 de cuero firmada fue su entrega y de ahí … de ahí volvió a la gramilla del campo de juego a continuar con sus guirnaldas y luces de colores.
Un pitazo estruendoso marcó el final de la fiesta.
Con su trofeo debajo del brazo, este soldado de la tribuna bajó raudamente los escalones de madera, llegó a la calle y de una corrida estuvo en su hogar.
Sus hijos y su esposa lo esperaban, con ansias, como cada Domingo, donde era un rito, la docena y media de facturas, a la caída de la tarde, con un mate amargo.
Ese día cambió el menú, en el centro de la mesa puso la pelota, con esa firma indeleble y como en un rezo al cielo, les contó, paso a paso, a su familia, cómo se había producido el milagro.
Un ángel había llegado y convirtió la tristeza en alegría, alrededor de una pelota de futbol, sintetizó.
Al oír las palabras y el llanto de su padre, más la emoción de su madre, sus hijos salieron como disparados a las casas vecinas y en ellas contaron sus vivencias del atardecer del Domingo.
Desde cada casa partían, a su vez, los hijos de los vecinos hacia otros hogares dando la novedad futbolera, que corrió como reguero de pólvora.
Así se multiplicó exponencialmente la noticia, Casa por Casa, Barrio por Barrio, Ciudad por Ciudad, Pais por Pais y llegó la noticia al Mundo y el Mundo lo recibió y lo disfrutó.
El soldado tribunero sabía que los Fabricantes de Ilusiones sólo elaboran un sólo ídolo por partida, donde la única garantia era cuidarlo como tal, si no, no habría reclamos.
Ese Mundo, en lugar de protegerlo, le ofreció pelotas pinchadas y canilleras desprotegidas, como si la espalda del mejor, aguantaría el andar vertiginoso de sociedades deshumanizadas.
El hombre del tablón sabía que sólo podia resguardar, en lugar preciado, aquélla pelota de cuero firmada.
Sabia que el 10 ya no pertenecía a los Números Naturales, sino que pasaba a ser historia en un dorsal de una camiseta celeste y blanca … un sentimiento único.
Sabía que aquél abrazo sudado sólo se mantenía vivo en un recuerdo imborrable, que latía en su corazón.
El hombre sabia y así fue como un Domingo sin fútbol, fue a sentarse en aquel tablón de aquella tribuna en soledad, donde aún retumbaban los gritos del último gol.
El hombre sabía que si elevaba sus brazos al cielo, dando simplemente las gracias, una estrella en el firmamento, tendria un nuevo nombre, el apellido no hacía falta, en memoria de aquél que fue una ilusión fugaz.
El hombre sabía que nunca más iba a estar en una cancha, sentado en el tablón de una tribuna y aprovechó esos últimos 90 minutos para pasear por su mente todas las jugadas, todos los goles, todas las broncas, todas las impotencias, los triunfos y las derrotas.
El hombre del tablón también sabia que habría tiempo de descuento, 3, 4 o 5 minutos adicionales, tiempo suficiente para pedir disculpas a ese cielo, ya con nubes amenazantes y reconocer que, tanto él como ese Mundo indiferente, lo disfrutaron y no tuvieron conciencia en cuidarlo, en protegerlo.
Ya era tarde, caía la noche y mientras que, paralelamente, el Mundo se desvanecia enfermo, el tiempo de descuento había terminado y el hombre, ese soldado del tablon, también lo sabia y cumplió su pacto, dejó su tribuna cuando aquel Fabricante de Ilusiones se lo llevó y ya nunca más pisaría el verde de una cancha de fútbol.
Carlos Emilio Dentone

Este Cuento participó en el Certámen Internacional de Cuentos organizado por la SADE FILIAL MORENO, en Marzo de 2021, obteniendo el 2do. Premio y forma parte de la Antología «Crepúsculo».
Muy lindo felicitaciones
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Muchas gracias !!!
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Que hermoso! Felicitaciones Carlos!
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Muchas gracias Patricia por tu estar siempre !!!
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Cuanto cariño a los Domingos de pelota señor señores del tablon
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Gracias Eri !!! Invitadas también señoritas y señoras !!! Una alegría por tu opinion.
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