RELATOS PARALELOS
Caminábamos casi a la par sin darnos cuenta, saltando los mismos charcos y eludiendo las mismas veredas rotas.
Nada me hacía pensar que nuestro destino, podría ser el mismo … el viejo y querido Café de San Telmo.
Faltó poco para que nos chocáramos, justo al ingresar al boliche.
En un instante de lucidez le cedí el paso, para que ingresara sin atropellos.
Mi mente estaba absorbida por darle forma al último cuento que llevaba semanas en elaboración.
En días de semana, a las 3 de la tarde, el Café solía estar vacío. Por lo que mi mesa preferida con ventana a la calle, seguramente estaría libre.
El ceder el paso es una buena acción, máxime si se trata de una bonita mujer, digamos 20 años mayor que yo.
De ahí a que se dirigiera muy resuelta a “mi lugar”, me incomodó.
No me quede atrás, me hice el distraído y me senté sin protocolos, apoyando mis papeles sobre la vieja y desgastada mesa.
Ella no se quedó atrás y se sentó frente a mí.
En la acción de sentarnos, también a la par, nos reímos juntos, como niños, ambos con muecas de sorpresa.
Esta mujer tenía muchos más papeles y carpetas que yo, pero no era momento de marcar territorio.
Es más, le hice lugar para que pasara antes que yo y acomodara sus bártulos.
Seguimos con la sonrisa latente y a ella le surgió un:
– Hola !!! Creo que nos zambullimos en lugar de sentarnos, acaso tenías la mesa reservada? Cerró la pregunta aumentando su sonrisa.
– No … no, le respondí prontamente, sólo que estoy acostumbrado a sentarme aquí, es mi lugar preferido. Encontré un espacio perfecto para concentrarme y codearme con las musas si tienen la voluntad de acercarse a mis escritos.
Traté de ser claro y cortés, para que conozca mi intención y que no lo tomara como un capricho.
– Oh !!! Escribís? Sabes que a mí también me gusta escribir … y coincidimos en ubicar una mesa de un Café con ventana a la calle para nuestra inspiración.
Acotó, haciendo suyo el momento.
– De todas formas la mesa te pertenece, te di lugar para que así fuera, si te molesta me voy, hay otros lugares. No quiero incomodarte señora.
Su alianza me reflejaba su estado civil.
Para esto, sin ningún tipo de preámbulos, le preguntaba delante del mozo, si tomaba café o cortado.
– Un cortado americano para mi. Gracias, respondió con soltura.
Esto dio la pauta que compartiríamos la mesa sin inconvenientes.
Así fue, comenzamos a charlar como si ya hubiésemos estado juntos en algún otro lugar, en algunas otras instancias de nuestras vidas.
Nos presentamos con una sonrisa cargada de expectativas.
Ambos disimulamos el impacto de esa presentación. Había cosas que teníamos en común, a pesar de la diferencia de edades y de nuestros estados civiles.
Ella, en trámites de divorcio, situación limite y yo, en miras de cortar mi noviazgo, diría de común acuerdo con mi novia, dando esas últimas vueltas para que la decisión no doliera tanto.
Fue el tema en comun que afloró sin intenciones, de ninguna de las “partes”.
Una coincidencia nos marcaba: en días más … días menos, ambos estaríamos sin pareja.
Generalmente en esos estados de disolución de vínculos, nos proponemos comenzar una vida distinta.
Colocar una barrera ante la posibilidad de otro amor, es una prioridad … por el momento …
Disfrutar de nuestros gustos en libertad, reencuentros verdaderos con amigos, retornar al gimnasio, cambiar el look del corte de pelo, volver al antes de formar esa pareja, preparar un futuro para encontrar otro vínculo, sin los defectos del ex o la ex y sacando nuestras propias deficiencias que hicieron parte del problema, todo sin apuro … simplemente que fluya y porque no, disfrutar de la tan castigada soledad.
Al menos así arrancamos.
Casualidad o causalidad, ambos llevábamos en nuestros papeles, nuestra última historia amorosa, nuestros problemas de pareja y tratando de encontrar un final que marcara nuestro camino, obviamente con el grado de ficción suficiente para que nadie nos pudiera señalar con el dedo abiertamente.
Tuvimos una extensa y amena charla. Nos dimos cuenta que oscurecía y el boliche se había llenado.
Me extrañó que el bullicio no me afectara, ella tampoco se vio alterada por el ruido de charlas de los demás parroquianos del lugar.
Al tercer café cortado americano y después de ciertos sinceramientos, decidimos intercambiar nuestros escritos, que deberían venir con manual de instrucciones para entender la letra de cada uno, en nuestros borradores.
Así fue.
Cada tanto uno de los dos levantaba la vista y miraba al otro con cara de complicidad, a esta altura … compartida.
En algunos momentos nos brotaba una sonrisa más tirando a risa, cuando no … a carcajada.
Muchas interrupciones para preguntar sobre alguna palabra o frase que no entendíamos, al leer.
Sensación extraña el hecho de compartir un borrador de un escrito … digamos intimo, con una desconocida.
No resulta lo mismo un relato terminado y prolijamente dado a conocer, que un borrador donde se escribe de primera intención, donde volcamos todo nuestro ser, donde no analizamos si la frase lleva coma o no, es algo asi como entregarnos en un papel que pide a gritos palabras, párrafos y sentimientos verdaderos.
En ese borrador en el que luego se tacha y se corrige una y mil veces, tratando que el lector no conozca a fondo al escritor, ya sea por pudor o por no exponer al desnudo su propia vida.
Finalizamos la lectura, casi al mismo tiempo. Nos habrá llevado quince minutos o un poquito más.
El tiempo había transcurrido rápidamente, pero necesidades fisiológicas de cada uno, hicieron que con el debido respeto pidiéramos permiso para pasar al toilette.
Ella partió primero.
En su relato, aún sin final, asumió el nombre de Mónica, a su regreso me encaminé yo, que en mi ficción era Pablo.
De vuelta al lugar, noté que nuestros papeles y carpetas estaban totalmente ordenados y me extrañó, aunque me encantó, sus dos brazos apoyados en la mesa con las manos abiertas hacia arriba, invitándome a estirar las mías, con el fin de tomarnos ambos.
Estimé que era un signo amistoso de bienvenida, aunque mis intenciones fueran un paso más allá …
Noté que ya no teníamos esa sonrisa cómplice que nos identificó casi de entrada.
La situación, de todas formas, era muy amena y ambos quisimos decir algo.
Necesitábamos confesar algo.
No hizo falta decir nada en particular.
Comenzamos a analizar nuestros escritos, no ya con una mirada literaria, sino entendiendo el contenido real, descubriendo las aristas ficcionadas, de cada escrito.
En su cuento describía la incidencia de la rutina en la pareja, agradecía los primeros años de matrimonio que fueron mágicos, pero con el tiempo pesó en demasía la diferencia de edad con su esposo, mayor que ella varios años.
Fue un error no previsto oportunamente, esos errores que muchas veces ciega el amor mismo.
En su inconcluso final intentaba dejar en claro que, si en algún momento el amor se hiciera presente nuevamente, lo llevaría adelante, considerando lo vivido y tratando de no cometer los mismos errores.
En mi escrito también la rutina de pareja se hizo presente, aún sin una convivencia completa y el cierre, aún sin finalizar, refería a una mujer en el futuro que ya estuviera asentada en la vida y supiera realmente lo que deseaba o soñaba para su futuro.
No había mucho que agregar a la causalidad?
Le propuse finalizar ahí mismo nuestros relatos, o que nos encontráramos otro día para intercambiar los trabajos terminados y prolijos y poder, con la aprobación de cada uno, darlos a conocer.
Pensar en otro encuentro con esa hermosa Mónica me daba un placer anticipado.
Se sonrió y con dulzura cautivadora acotó:
– Para qué? Ya no necesitamos finalizar nuestros escritos. Solo darnos un lugar y juntos, escribir un nuevo relato, en esta oportunidad … sin ninguna ficción.
Levantamos nuestras tazas e hicimos un improvisado brindis.
Entre ambos pagamos la cuenta, tomamos nuestras pertenencias y salimos del viejo y querido Café de San Telmo.
Los adoquines desparejos y nostálgicos, de la calle en penumbras, nos marcaban el camino hacia un nuevo cuento, nos conducía hacia la hoja en blanco que esperaba paciente, como es costumbre en las hojas en blanco.
Carlos Emilio Dentone
