RELOJ DE FAMILIA (Herencias)

RELOJ DE FAMILIA

Roberto sintió que era una venganza de parte de sus padres, más precisamente de su madre.

El sabía perfectamente que siendo bebé, dos o tres veces, cuando no cuatro, rompía en llanto en cada madrugada y no precisamente para despertar a sus padres, era por hambre.

De todas formas, el sobresalto lo causaba en ellos aunque, quien debía poner el cuerpo, era Rosa, su madre, para saciar la necesidad de su hijo. Su padre, José, sólo hacía un gesto de aviso de la contingencia, se daba vuelta y continuaba en los brazos de Morfeo.

A medida que pasaba el tiempo, los llantos se espaciaron y ese despertar pre-nutritivo estruendoso fue disminuyendo, hasta que en algún momento cesó por completo.

Con su crecimiento, Roberto recibió de sus padres una herencia familiar: el reloj despertador del abuelo Francisco …

Al comenzar el Jardín de Infantes, Roberto aprendió a conocer la hora mirando aquel mítico aparato de chapa, que a través de su vidrio se veían números y tres agujas que, alguna vez distinguió como minutero, segundero y “la de alarma”, con dos campanitas sobre su lomo y, por detrás, las perillas para los ajustes de la hora, los minutos y la de la fatídica alarma.

Fue tanta la alegría en recibir tal legado que, no cabía en sí, y le otorgó un lugar preferencial en su mesita de luz. Iba a su cama mirándolo y el “tic – tac” de sus manecillas le provocaban un sueño placentero. Canción de cuna …

Cada día de la semana, para ir a la escuela, lo despertaban alternativamente José o Rosa.

La hora indicada era las 6.45, con abrazos y caricias, sin hacer uso aún de la alarma de su reloj, era demasiado pequeño para que Roberto lo usara como tal y, aunque su primer apertura de ojos del día se la dedicaba a sus padres, el segundo objetivo era el reloj que, mágicamente seguía con su tic – tac.

Una de las formas de medir el tiempo es justamente el reloj y otra, es el propio crecimiento de cada ser.

Un buen día, cuando ya tenía sus 8 años, sus padres lo convocaron a una charla, en esas reuniones donde los padres comienzan a delegar responsabilidades a sus hijos.

Sentados Rosa y José a un lado de la mesa del comedor y Robertito del lado opuesto, donde el único objeto que lucía en esa mesa era el icónico reloj despertador, centro de la charla, los progenitores le dieron la primera lección de cómo utilizarlo.


La parte práctica de la explicación no fue difícil y fue muy bien recibida por Roberto.

La teoría … le endosaba al chico la responsabilidad de utilizarlo, pero la cosa iba mucho más allá del uso.

La cuestión fue que, además del manejo debía despertarse solito, abrir sus ojitos y levantarse al escuchar “las campanitas” que anunciaban las 6.45 horas.

Comenzaba para Roberto una nueva experiencia, donde, la palabra “responsabilidad” había sido repetidamente dicha en aquella junta familiar.

Había tomado conciencia de esa palabra, el chico de 8 años ???

El principio de las despertadas en la soledad de su cuarto fue hermoso y eufórico. Al sentir el sonido de la alarma se levantaba como un resorte, miraba su reloj y no apagaba el sonido, dejaba que sonara como si se tratase de una canción.
Luego se dirigía a la habitación de sus padres y, golpeando la puerta, les avisaba que ya era hora de levantarse.

Así lo habían pactado.

El reloj marcaba las horas con su alarma estrepitosa de lunes a viernes y Roberto, en la rutina de un niño en edad escolar, fue creciendo a su implacable compás.

Llegó a su juventud, la escuela secundaria, siempre en turno mañana y, un día, casi sin darse cuenta, ingresó a la facultad, interrumpida por la convocatoria al servicio militar obligatorio y a un manejo distinto del despertador.

En la facultad, si bien cursaba por la mañana, los horarios variaban y Roberto modificaba la hora del despertar. Con la colimba el levantarse a las 4.15 horas comenzó a ser un problema.

Valoró los períodos de vacaciones, un par de semanas, donde la hora de despertarse era sin apuros ni responsabilidades acordadas.

Comparó lo que era despertarse con un compromiso, con el abrir de ojos «cuando ellos quisieran».


Recordó el momento aquél en el comedor de su casa y no pudo más que maldecir aquella herencia y, muy dentro de sí pensó en esa venganza de sus padres.


Así como él despertaba a sus padres cuando niño, ahora el famoso reloj era quien lo sacaba de quicio cada mañana.

La vida corría y él corría detrás de la vida, detrás del reloj …

Se casó, y comenzó a formar su familia.


Al momento de haber tenido a su hijo, comenzó a comprender a sus padres.


El despertar, con un llanto de madrugada, que le tocaba vivir, pasó a ser una un acto de amor y con el tiempo una anécdota de vida, aunque el karma: Reloj – Compromiso – Responsabilidad,
lo tuvo toda su vida … desde aquella dulce y primera reunión familiar.

A pesar de eso amaba a su Reloj, con el que tuvo tambien algunos desencuentros, como el de aquella mañana que le propinó algunos manotazos, para acallar su melodía, tirándolo al suelo y rompiéndolo.

Este accidente sucedió más de una vez, debiéndolo llevar al relojero varias veces.

Frecuentemente recordaba con una sonrisa el día que, viniendo en el subte, luego de retirar su despertador de uno de sus arreglos, sonó la alarma, en pleno viaje y no le alcanzaban las manos para abrir el maletín en el que estaba y poder apagarlo ante la atónita mirada de los pasajeros, sorprendidos con la actitud de Roberto.

Su meta fue conservarlo en buen estado ya que, a su debido tiempo, se lo entregaría a su hijo, ya no como un elemento de uso, sino sencillamente como un preciado recuerdo de familia, sin otra condición que la de su conservación y entrega del mismo, a su vez, a uno de sus nietos, y así sucesivamente … legado de familia !!!

Llegó el momento de su retiro laboral, o sea, el tiempo de disfrutar de su jubilación.

El momento de dejar el compromiso diario y no depender de una alarma.

Si bien tenía otras actividades, estas no le demandaban un horario fijo ni determinado, el reloj despertador dejó de ser un problema, permanecía en su mesa de luz funcionando a la perfección, pero sin la agresión de esa noble y desagradable función, de despertar a gente … cuando duerme plácidamente.

Con mucho tiempo libre y disfrutando del ocio merecido, cada tanto, realizaba un raconto de él mismo y su vínculo con el objeto, ahora más que preciado.

Salvo en las puntuales semanas de vacaciones, el resto de su vida estuvo extremadamente ligado a él.

Época escolar, facultad, servicio militar, el trabajo diario, las despertadas a su hijo y/o a su esposa, algunos sábados en los que seguía con la rutina de “madrugar” para jugar al tenis con sus amigos, el reloj atestiguó cada despertar.

El legado familiar, que lucía en su mesa de luz, fue parte de su cuerpo durante toda su vida, tomó el mandato de sus padres a rajatabla y resultó ser un obsesivo del horario y sus compromisos.

Conoció la época en la que surgieron los relojes a batería, la radio – despertador, el encendido de la TV programado, los teléfonos celulares con su alarma …

Jamás tomó algunas de esas opciones, ni siquiera cuando lo llevaba a reparar … siempre se despertaba antes de la hora señalada.

Sabía que su hijo, sus nietos o bisnietos quizás no le darían uso y sólo lo archivarían para el “pase” de generación en generación.

Cada noche, como acostumbraba en su infancia, no se dormía sin mirarlo, sin darle cuerda, sin pasarle una franela y centrarlo en una carpeta tejida al crochet, que le había hecho su madre.

Una vez cumplido el ritual, podía dormir o leer alguno de sus libros preferidos.

Su esposa también se acogió al retiro laboral y su hijo había dejado su hogar pues había contraído matrimonio.

Llegó el día en que decidió no activar la perilla que fijaba la alarma … ya no tenia motivo alguno.

Sin embargo, una madrugada, las campanillas sonaron, con la misma intensidad, armonizando una melodía distinta … una música especial … un sonar Celestial y Roberto continuó con sus sueños … esos sueños eternos que no necesitaban de un Reloj de Familia …

Carlos Emilio Dentone

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