RECUERDOS DE INFANCIA (Recuerdos vivos)

RECUERDOS DE INFANCIA


Los recuerdos llegan en forma de cataratas intermitentes, invaden y se acomodan sin permiso en nuestra mente … en nuestro sentir.


Esa sensación de saber que llegan sin haber sido convocados, sin siquiera haber sido traídos por medio de otros recuerdos, son sorpresas impensadas.


El presente es el que se respira y es tan efímero que, sin darnos cuenta, nos transporta al futuro y como un rayo … ya es este instante … es el ahora … pero … Y el pasado?


Un día, exprimiendo nuestra memoria, decretás que la primer vivencia que viene a tu recuerdo, es un vaso que rompiste en la cocina de tu casa, ante el asombro de tu familia.


A partir de ese instante comienza esa cadena de hechos, situaciones, anécdotas que llegan, nos dejan tristezas o alegrías e intuimos que llegaron para quedarse en nosotros.


Quizás no aparezcan más o quizás nos den una pincelada del pasado y se queden algún tiempo a nuestro lado.


Cuando escucho la palabra viejo, no la cariñosa, sino la que fija límite de edad, voy al espejo y charlo con él:


“Uno no es viejo, sólo acumula muchos más recuerdos que los que puede tener una persona más joven. Esa diferencia, además de la edad … es la experiencia”.


El espejo astuto me pregunta:


“Tener experiencia es haber madurado?”


“Nooooooo, a boca llena de “oes” le respondo, con una sonrisa, no … no es tan así. Si lo fuera, todas las personas mayores serían maduras”.

Diferencias de la vida entre haber vivido cierta cantidad de años, tener experiencia y ser maduros.

Cada recuerdo que llega, seguramente, es una experiencia vivida.


Cuando refloto mis vivencias de infancia, de pibe, la sensación es la de abrir una puerta, salir al patio y jugar:


… al balero, y sin interrupción alguna, intento hacer “una dormilona con el Yo-Yo” o esquivo un pelotazo que venía de aquel amigo que, jugando al “hoyo pelota”, trataba de buscar su próxima víctima.


Limpiar con el dedo índice la tierrita suelta del agujero, predispuesto a hacer “hoyo y quema”, con la “bolita lechera”, no sin antes preparar el engrudo para terminar de armar aquel barrilete construido con el diario del Domingo y trapos viejos para que la cola se luciera en aquel cielo celeste e inmenso, buscando su libertad.

Libertad que encontraba cuando jugaba en lo más alto y yo, con un corte del hilo tensado, me separaba de el, sintiendo que la misión estaba cumplida !!!


De repente, aparecen mis amigos a cambiar figuritas, va llegando el fin de año y hay que tratar de llenar el álbum para ganarse una pelota de cuero número 5.


Que ilusión !!!


Hacerse de un fútbol por llenar un álbum con las imágenes de nuestros ídolos, nada fácil por cierto …


Esos jugadores que conocíamos de memoria, porque claro … jugaban muchos años en el mismo equipo y se fijaban a fuego en nuestra memoria.


Siempre estaba la “difícil”.


La que no encontrabas en ningún pilón de cualquier pibe de cualquier barrio. Esa, esa no aparecía por ningún lado.
Pasaban y pasaban figuritas de todos los cuadros y nuestra respuesta repetitiva de: “late … late … late…”, se hacía, no solo repetitiva, sino molesta y con una muestra de impotencia.

Pero esto de salir al patio de los juegos de infancia, me trajo a la memoria aquel día que vino a casa una tía, hermana de mí Mamá, con su hijo, un par de años mayor que yo y un amiguito.


Ambos llegaron con los bolsillos llenos de figuritas, no tardé en ir a buscar las mías.


Éramos tres pibes en la búsqueda de la figurita difícil para completar el álbum de cada uno.


Ellos vivían en la Capital y nosotros en Monte Grande.


A cada uno nos faltaba una “figu”, que no era la misma para los tres.


Cómo «anfitrión», les comienzo mostrando mis figuritas y al llegar a la numero 120 más o menos, el amigo de mí primo grito:


Paraaaaaa !!! Paraaaaaaa !!!
Esa … ésa es la que me falta !!!


No recuerdo el nombre del jugador, pero sí sé que era un arquero titular de Gimnasia y Esgrima de La Plata.


El silencio nos inundó a los tres y la figurita del arquero pasó a ser un trofeo.


La guardé en el bolsillo de la camisa al mismo tiempo que pensaba cuál sería mí pedido para el cambio … darle esa figurita era entregarle una pelota de fútbol …


Mí primo, un poco más sereno, dijo:
“continuemos con los cambios y veamos si están las dos que nos faltan”


Así hicimos, continuamos …


Pero con otra modalidad, mí primo me pregunta:


“A vos cuál te falta?”


Muy rápidamente le dije:


“A mí … a mi me falta Bulla, el 9 de Rosario Central, con esa lleno el álbum !!!”


Como haciéndose dueño del momento y la situación me respondió, exclamando:


“Late !!!”


La buscó, la encontró y la levantó como si alzara una copa de campeonato … se me vino el corazón a la boca.


Sin entrar en detalles hicimos los cambios pertinentes.


La que le faltaba a mí primo no la teníamos. Me dio pena …


Yo ya quería estar solo junto a mí álbum pegando la última figurita y esperando el día siguiente para pedirle a mí Mamá o a mi Viejo que me acompañaran a retirar la número 5 de cuero.


Aún faltaba que se fuera la gloriosa visita, bañarnos, cenar …


En cuanto pude le conté a mí Papá que se puso más contento que yo.


El, no acostumbraba abrazar ni besar, pero esa noche saltaba de alegría, abrazándome y dándome besos como nunca.


Cuando yo ya estaba acostado se acercó y se sentó al lado mío como para seguir hablando del álbum y si … era seguir hablando de éso e inesperadamente me dijo:


“Sabés una cosa, pelotas de cuero, vas a tener durante toda tu vida.
Mientras creces, cuando tengas hijos y más tarde nietos también, vas a tener cerca de ti, siempre, una pelota de fútbol.
Lo que nunca vas a volver a tener es este álbum, inflado con la cantidad de “figus” que pegaste y menos esa sensación de pegar la última para completar la colección.
Es un momento único.
Si esperas a que cobre la quincena te compro una pelota y te guardas el álbum sin pegar la figurita de Bulla, y por supuesto la figurita del 9 de Central la guardas en algún sobre dentro del mismo álbum.
Siempre vas a tener esa sensación hermosa de abrir el álbum y saber que tenés la figurita para completarlo”.


Esa noche no entendí, es más, no le respondí. Me quedó una sensación rara.


Con el paso del tiempo, ese álbum con la “figu” del 9 de Rosario, permanece junto a mi y es como un trofeo ganado.


Lo muestro cada vez que puedo y cuento esa anécdota.


Mí nieto mayor un día me dijo:


“Abu, vamos a pegarla, quiero estar con vos cuando lo hagas”


Mi respuesta fue categórica:


“No, nunca la voy a pegar. Cuando me aleje de este trofeo y lo heredes vos, tratá de no pegarla nunca y mantener la ilusión con que viví toda mi vida sabiendo que, cuando quisiese podía cumplir mí sueño.


A los humanos, nos sucede muchas veces que, cuando alcanzamos una meta, cumplimos un sueño, un proyecto, le damos menos valor que cuando iniciamos esa meta.

Ya está … la alcanzamos … y vamos por otra y otra y otra … y así siempre y siempre nos quedan cosas por cumplir.

Es lindo tener siempre un sueño, un proyecto, una meta pero a veces se hace de dificil llegar a ellos y en definitiva no disfrutamos de aquel o aquellos logros obtenidos”.


El chico tampoco entendió totalmente el mensaje, aunque antes de irse a jugar con su Play, le dije:


“Cuando algún día hables con tus amigos de los recuerdos de infancia, mostrales el álbum y si queres comentales de la figurita sin pegar»

… y ese día llegó !!! Lo escuché a mí nieto, desde lejos, pero muy cerca, contarles a sus amigos:

«Este … Este álbum es un «recuerdo vivo» que me dejó de herencia mí abuelo, siiii, siii, el que me enseñó armar, remontar barriletes … y dejarlos en libertad ….

Carlos Emilio Dentone

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