Pasó el tiempo y no te olvidé … o no quise olvidarte?
Tengo grabado a fuego el día que me dijiste que ya no me amabas.
Al principio me dolió, me sentí despreciado, me preguntaba:
- ¿qué hice mal para perderte?-
No tenía una respuesta clara, por el contrario, comencé a dudar de mis propios sentimientos y a medida que lo fui reflexionando, esas incertidumbres me confirmaban que nuestra pareja ya no tenía posibilidades de seguir.
No solo éramos distintos, tampoco fuimos complementarios.
Qué simple es decirlo, cuánta impotencia trae el sentirlo.
Acepté tu decisión, entendí tu valentía y renegué de mi cobardía.
Tome distancia y observé desde afuera nuestro vínculo, traté de ver a una pareja común, con sus cales y arenas, con sus alegrías y sus penas.
Surgió como tema la decisión !!!
Por qué dilapidamos y extendemos un final evidente? Quién se atreve a dar el adiós definitivo?
En esas incertidumbres tampoco tenía respuesta, sólo seguía viéndote hermosa, sensual, pícara, un modelo de mujer – esa mujer que muchos hombres anhelamos – y el recuerdo del día en que te conocí con aquél vestido rojo sangre, luciéndolo con garbo subyugante, en aquella fiesta empresaria, que fue testigo de nuestro primer encuentro.
Casualidad o causalidad, ambos teníamos 27 años y teníamos el mismo signo zodiacal en común.
Nunca dejé de admirar tu belleza, tu piel, esos ojos color miel, tu cabello negro enrulado, tus labios carnosos, tu forma de besar, tu entrega en la intimidad, tu contención en el después…
Éramos cuerpo pero no alma.
Traté de superar el momento, me dirigí a elaborar el duelo y seguir dialogando con mi conciencia.
En mis viajes solitarios en auto, hacia la nada, tomaba caminos sin destino, necesitaba evadirme, no me permitía afrontar el “no amor”, escaparme de la realidad que, aunque aceptada, me angustiaba.
Así recorría kilómetros y kilómetros, así pasó el tiempo … así pasó la vida misma …
El día de mi cumpleaños numero 67 salí a la deriva una vez más, disfruté de aquel atardecer, con el sol poniéndose entre nubes, daba la imagen del ocaso perfecto.
Una imponente casona antigua abandonada, con sus rejas enmohecidas y sus portales desvencijados, daban un marco fantasmagórico a otro de mis recorridos.
En un instante dudé que estuvieras ahí, coronando ese paisaje insólito.
Me pareció imposible verte con aquel vestido rojo sangre, sobre el pasto escarchado y luego posar en uno de los inmensos ventanales.
Me pareció imposible verte con aquel vestido rojo sangre, sobre el pasto escarchado y luego posar en uno de los inmensos ventanales, como si me llamarás.
Fue solo un instante.
Quise correr y abrazarte, pero estaba paralizado, más te miraba, más te deseaba, más te necesitaba … más te alejabas … dolorosa impotencia.
Giré con fuerza el volante para no perderte de vista, sentí un golpe fuerte y me invadió una música celestial que me envolvía, que me elevaba.
Jamás desperté del sueño, sólo sentí que extendí mis brazos y estabas ahí … como un ángel que abría sus alas, dándome la bienvenida y brindándome ese amor … ese amor que un lejano y hermoso día conocí.
Carlos Emilio Dentone.
