OTOÑO (Estación)

OTOÑO

Llega el Otoño
de ocres colores,
tapices de hojas secas
cubren las veredas.

Un crujir incesante
responde a cada paso,
es un canto en sus albores
y será Canción, será Poema.

Pentagramas vacíos
esperan ansiosos,
redondas, corcheas y fusas
atento el Músico y su violín.

No tardará el Pintor
con su atril y su pincel
con sus telas y sus colores
a plasmar hojas al viento.

Esas hojas hacen su danza
van cayendo de una en una
y árboles semidesnudos
acercan nuevos paisajes.

Llega presto el Tejedor
sus ojos miran, observan
la nueva Manta de colores
lleva grabada en su mente.

Elige lanas, forma urdimbres
Telares esperan sus manos
piensa en las hojas secas
que abrigaran una cama.

El amor se hace presente,
no es solo de Primavera
cielo celeste y sin nubes
el tibio Sol de la tarde.

Le da marco majestuoso
a manos entrelazadas
de una pareja de abuelos,
de jóvenes enamorados.

Un lápiz de punta fina,
una hoja, renglones vacíos
una historia que contar
un poema a recitar.

El Escritor vuelca sentires
paisajes y situaciones,
personas, naturaleza
fue su otoñal Poesía.

El Coro avanzó lentamente
sus voces angelicales
le daban la bienvenida
a esta época del año.

El Arte se hizo presente.
El Amor no estuvo ausente
Cada Estación con su encanto
Hoy es tu Día !!! Feliz Otoño !!!

Carlos Emilio Dentone

POMPOM (Mascotas)

“POMPÓN”

     Veníamos de hacer compras en un supermercado cerquita de casa con mi hija, Lorena de 16 años.

     De dueños coreanos o laosianos o japoneses, ignoro su procedencia. Para evitar ahondar en el tema, nos referimos a ellos como “Los Chinos”.
     De a poco van poniendo base en muchas partes del mundo, aún con yogures vencidos y vueltos en caramelos en lugar de monedas.

     Se dice por ahí que venden más barato que los demás comercios. Por ello, tratamos de adquirir nuestros alimentos en dichos negocios.

     Caminábamos hacia casa, una bolsa yo, una bolsa Lorena, cuando me dice:

– Papá … tengo una duda.

– ¿Si Lorena, qué duda tenés?

– Si a vos no te gustaban los gatos, porque nos regalaste a Pompón, ya hace cinco años que la trajiste.

– Ehhh … bueh … bueno me pareció que era un lindo regalo para ustedes, tener una mascota, hummm … no se… me surgió.

– Mas de una vez intentaste darle una patada … te vi …

– ajajá me haces reír Lore, es un juego, como la voy a patear!!! Las cosas que se te ocurren !!! Me encantan los animales y con Pompón estoy apreciando a los gatitos como nunca.

 (Mentira piadosa para calmar a la mocosa)

– Un día me dijiste que los gatos eran muy independientes, que sólo estaban en una casa por comida, que las gatas se iban por ahí y volvían a tener crías, en cantidad, en la casa de sus amos, y no sé cuántas cosas más.

– Si, claro, es un poco así (le respondí) y ¿eso qué … ?

– Eso nada ! ¿Si no te gustaban los gatos, me podes explicar porqué en casa tenemos en este momento una gata que tuvo siete hijitos y ésta es la tercera vez que ocurre lo mismo? De que regalo me hablas, si se nota que no te gusta!!! Además ese día o mejor dicho esa noche, llegaste retarde a casa y te viniste con Pompom … Me hiciste acordar a esos maridos que le traen un ramo de flores a la esposa cuando «meten la pata»…

     Los padres sabemos manejar los tiempos, las pausas, los silencios … a veces … otras no …

Y eso fue lo que me ocurrió en el intento de responderle. En realidad le dije que un día se me ocurrió llevar a “Pompón”, como …, digamos …  sorpresa para ustedes, para vos, para tu madre, …

     Lorena cada vez estaba mas enojada, en el fondo era lógico aunque no supiera la decisión del ahora cuestionado obsequio, pero porque lo relacionó con mi llegada tardísima a nuestro hogar ??? De que habrá dudado esta pibita?

     Llegamos por fin a casa, abrí la puerta no dándole importancia al tema, me dejó su bolsa y entró a su habitación pegando un portazo.

     Yo, parado inmóvil en el medio del living, con las dos bolsas colgadas de mis manos, con 3/4 kilos de nalga de ternera, pan rallado y 3 huevos, » milanesas en puertaaa «

La otra bolsa contenía un sólo paquete, alimento para gatos.

     Marita, mi esposa, me increpó y a la altura de mis ojos me gritó:

– Qué le hiciste a la nena, que entró llorando a su pieza, algo que no le quisiste comprar? Yo sé que no hay dinero, que no tenemos trabajo, que la poca plata se va como el agua, que salís todos los días a buscar empleo, pero tené corazón, quizá te pidió un chicle, un alfajor y se lo negaste, Oscar, qué te pasa, mira cómo dejaste a Lorena, pobre hija !

     Se metió corriendo en la habitación de la nena y yo, aún inmóvil y, con las dos bolsitas de los chinos en mis manos, no sabía qué hacer.

     Me dije: metiste la pata “oscarcito”, ahora aguántatela, los chicos tienen esas cosas, un día dudan de algo, (aunque pase un largo tiempo) luego te indagan, descubren algo turbio o que no les convence y … quilombo en puerta !!!

     Reaccioné, levanté la vista, miré a mi alrededor girando sobre mí mismo y, como más de una vez, “Pompón” me estaba clavando su mirada desde su canasto de parto y hasta me pareció que esbozó una sutil sonrisa de venganza, la muy … guac … gata.

     Ante semejante e inesperado momento reflexioné: “el horno no está para bollos”.

     Conociendo los lugares de la casa que se transforman en guaridas, según el acontecer diario y las circunstancias de la vida, me fui al estudio, a bajar el correo electrónico y a recapacitar sobre “Pompom»

     Recordé la noche aquella en que “Pompón” se incorporó a la familia.

     Le voy a contar que, esta desprolijidad familiar se sostuvo en el tiempo y usted merece, por lo menos, enterarse de la verdad, de lo que ocurrió, aunque le pido que nunca se lo diga a Lorena. La pobre estará, a esta altura, comiendo las milanesas de ternera que tenían como objetivo ser compartidas en familia. Paciencia. No hay servicio de cena en las “trincheras»

     Y le pido que me comprenda, seguramente a usted alguna vez le habrá pasado algo parecido a lo que me sucedió, quizá sin gata de por medio.

     Fue en un mes de Junio. Ya empezaban los primeros fríos y la gente había adoptado el ropaje tradicional del comienzo de la estación invernal. Yo caminaba mirando la vida por la peatonal y vi venir de frente a … a … , Discúlpeme, no quiero darle el nombre de Ella, no la quiero comprometer, para usted es Ella, para mi es mucho más.

– Holaaaa ! Cómo estás ? Tanto tiempo ! Le dije abriendo los brazos como para recibirla con calidez, cosa que yo no acostumbraba, pero era Ella !!!, merecía mi afecto.

– Hola Oscar, como te va ! Es verdad, tanto tiempo … Te extrañé !

     El abrazo no tuvo la calidez esperada, pero era lógico, había pasado mucho tiempo de la última vez que nos vimos. Hablamos un buen rato, recordamos nuestra época de trabajar juntos, de lo que significaba ella para mí y yo para ella, de nuestros cafecitos en algún bar medio escondido donde disfrutábamos de nuestra temporaria y efímera libertad, qué placer me daba conversar con Ella !!!

     Y querido señor – señora, no se haga ninguna película, piense lo que quiera, pero era eso, disfrutábamos y gozábamos conversando, horas y horas.

¿Si hubo alguna intención más en nuestros encuentros ? Digamos que si, que no. No lo sé y mire que pasó el tiempo, eh !!! Compañera ?, Amiga?, Amor platónico ? Que difícil es pretender clasificar un vinculo, cuando el mismo no esta determinado. Un día comienza una relación, al tiempo continúa y no tiene un final, sigue pero no sabemos de que se trata, o si sabemos pero mejor ni pensarlo. Solo se siente …

Ella tiritaba por el frío, yo por el frío, pero más aún por este sorpresivo encuentro.

 – ¿Qué te parece si tomamos un café ?

  – No, Oscar, discúlpame, pero no tengo demasiado tiempo, voy a hacer compras, ir a casa, cocinar y atender a Carlos que, seguramente, ya volvió de fisioterapia, a los chicos, que a esta hora me comen a mi si no encuentran la comida lista. Me disculpas ?

 – Si, si, por supuesto ! Pero la intención era tomar solo un café, nada más. Dale, vamos ! No tardamos mucho ! Después te alcanzo hasta tu casa !

– Oscar … Bueno, dale, pero dos minutos, ¿eh ? Tengo que ir al Supermercado y me pueden cerrar. No tengo qué darles de cenar a las pirañas que esperan ansiosas.

– Hagamos una cosa, si estás de acuerdo, tengo el auto a la vuelta, te llevo al Súper, compras lo que necesites y después tomamos un cafecito caliente para sacarnos el frío. Si … ?

– Bueno, dale … vamos !

      Fuimos al auto. Qué contento me ponía llevarla, lástima que el viaje fuese corto,  6 cuadras hasta llegar al Súper. Llegamos, bajó corriendo y a los 15 minutos volvió con un par de bolsas. Le debería haber cobrado sobrecarga: una cartera, un bolsón y las bolsas. Pero, qué le iba a cobrar yo que estaba re-feliz de haberla encontrado después de tanto tiempo.

– Dónde vamos, le pregunté …

– No sé, decidí vos …

   – Te parece que vayamos a La Scala … sirven un rico café. Generalmente hay poca gente.

– Bueno, dale, siempre nos gustó estar solos y  conversar.

Te acordàs ? le pregunte mirando sus ojos …

– Si, claro, como no recordarlo.

     Ella bajaba con todo su equipaje. Le sugerí que dejara las bolsas en el auto, íbamos a hacer más rápido.

     Caro lector, no le voy a contar detalles de la charla, pero sí le aseguro que tocamos un montón de temas … , de los dos, de nuestras familias, de nuestros desempleos, de la actualidad, del famoso «corralito» del 2001 donde ambos habíamos quedado atrapados con nuestras indemnizaciones, un par de años atrás, tantos temas hablamos hasta que, llegó un momento me dijo, en tono de broma (por lo menos eso le creí)

– “Ya me aburriste, vamos …”

Siguiéndole la corriente le dije:

– “Si a mí también, ya me cansaste vamos…”

    

Y por dentro sabia que quizá iba a pasar mucho tiempo en que las casualidades o las causalidades nos hicieran encontrar nuevamente.

     Pero la alegría se había vivido y eso era lo importante. Tampoco hay que ser tan pretencioso. Además, por más que prolongáramos la charla, en algún momento… ella para su casa y yo para la mía, ella con su familia y yo con la mía. ¿Será así la vida ?

     Pagamos los cafés a medias, como era costumbre, aunque ella quizá debería haber abonado un poco más que yo, ya que se comió la masita que me correspondía. Pero bueno, gentileza de mi parte.

     Cuando nos levantamos de la mesa, miró la hora y me dijo, con esa bocaza hermosa que tiene:

–  No !!!!! Las diez y media de la noche !!! Con vos no se puede. Me dijiste un café !!! Mira qué hora es !!!

     Yo, que padecía su misma problemática, pero la disimulaba, le acoté:

– Y por qué te pones así, sólo tomamos un café.

– No seas tonto. ¿Qué les digo en mi casa ?

     Tragué saliva porque lo mismo me estaba preguntando yo.

– Decís que te encontraste con una amiga, qué sé yo … De todas formas nos vamos ya  …

     Fue tan fugaz ese rato juntos !

     Subimos al auto, no hubo tiempo de nada, ni siquiera de un saludo más lindo, más afectuoso, más amoroso. Mientras íbamos camino a su casa o mejor dicho hasta la esquina de su casa, ella buscaba sus llaves en el bolsón, en la cartera, en los bolsillos de su campera, estaba nerviosa y cuando se esta en ese estado, lo primero que no encontramos son las llaves de casa.

     Ni hablamos. Bajó corriendo del auto y yo la miré cómo caminaba y se alejaba cargada con su equipaje. ¿Habrá sido un “amor imposible” ?

     Ahora me quedaba a mi, regresar a casa.

     Obviamente no es fácil llegar a casa a las once de la noche, cuando te esperaban para cenar. Pero bueno, creo que Marita me comprende, me soporta, me banca, sabe que soy desbolado y en el cumplimiento de horarios… peor.

     En definitiva, las utopías son utopías, cuando se dan, dejan de serlo y se disfrutan, no se penan, no se prohíben ni se combaten.

     Camino a mi hogar me acordé que, cuando hace frío, lo mas probable es que me encuentre con un par de gatos independientes y soberbios, saltan por la reja del frente de casa y se meten en la cochera.

     Lo terrible es verlos cuando entro el auto y se corren lentamente  desafiantes. Se suben a una de las ventanas y te miran como diciendo:

 – “Dale gordo, metè el coche y entra a tu casa, así nosotros, nos dormimos en tu capot calentito. Y después, si nos da ganas de orinar, ni nos levantamos, directamente levantamos la cola y te orinamos el parabrisas, cosa que el pis se eyecte como cascada e invada la parilla del capot para que, al encender el motor a la mañana siguiente y, apenas se calienten los caños y las mangueras del motor, te acuerdes de nosotros, de nuestro “perfume”. Era patético el accionar de estos animalitos. Se ensañaban conmigo.

     Llegando a casa le aviso, por celular, a mi esposa, (ya fastidiada), que por favor me abriera el portón, para aligerar el trámite del ingreso a casa, siempre un evento de angustia, mirando para los cuatro costados y evitar las famosas y penosas “entraderas” o los certeros arrebatos.

     Estoicamente, Marita se pone una campera sobre su pijamas y abre la puerta.

     Los gatos-as que dormitan en mi cochera se levantan y se suben a la ventana… expectantes. Mi esposa abre el portón. Yo entro el auto. Marita cierra el portón y mientras acomodo mis cosas para bajar, dirige su mirada al interior del auto, para que no me olvide nada, un hábito de mi esposa, casi un TOC o chusmear no más…

     Abro la puerta para bajar y acá señor … , aquí señora … , es cuando mi vida comienza a atormentarse, comienza esa bisagra que cambia la rutina.

    

     Con voz de dormida me dice:

       – Oscar,  baja esa bolsa que está en el piso fuiste al Súper?

– Si, si, les traje algo.

 Punto fundamental en esta historia: «Ella» se olvidó una bolsa del Súper, yo no me di cuenta y menos aún conocer su contenido.

 – “Surprise” !!! le dije como afirmando que aquí no ha pasado nada, y esperando que la bolsa en cuestión tuviera productos que fueran usuales para nosotros.

 – Baja tus cosas y dame la bolsa que te ayudo, me dijo.

      Le alcanzo la bolsa, como si fuera dinamita, “cuidado” le dije, su intuición femenina no se hizo esperar, es más, no esperó estar dentro de casa para ver lo que le había traído.

      Se le cortó el segundo bostezo cuando me dijo:

– 5 kilos de alimento para gatos ?

     A esta altura yo transpiraba en oposición con el frío que hacía.

– “Sorpresa”, te dije. Entra que ya voy !

  Te va a gustar !!! avísale a Lorena !!!.

      Casi como un rayo, salté por arriba del auto, quedé entre la ventana y el coche, no se de donde saque la agilidad ni tampoco la parsimonia del gato, que se quedó sorprendido, pero lo llegue a manotear y lo agarré del cogote al usurpador de la ventana de la cochera (para su conocimiento, era gata). Volví a saltar al auto para acceder a la entrada de mi casa, con la gata colocada bajo mi brazo como pelota de rugby y evitando que sus gatos amigos me taclearan de atrás.

             Más ágil que nunca, logré entrar a casa con el animalito a cuestas, que maullaba como si lo fueran a bañar y yo que jadeaba de tan loco esfuerzo.

 – Toma mi regalo, Marita !!! Para vos y la nena…

 – Grac … gracias, es muy lindo … ¿Pero … Cómo se te ocurrió ? ¿Donde va a dormir?

        – No sé, yo te traje la sorpresa, vos acomodala.

– Le avisaste a Lorena ?

           Si quieren sacar alguna conclusión, háganlo, están en su derecho. Creo que no vale la pena.

           ¿Nunca les paso que por eso de ocultar algo, trataron de taparlo y la cuestión se va agravando, aunque no fuera tan grave?

              Yo los dejo porque quiero ver si me dejaron tan siquiera algún pedacito de milanesa y voy a ver si Lorena está más calma, aunque está en todo su derecho de no estarlo.

           Ah ! me olvidaba de decirle…, la gata, si, “Pompón”, cuida a sus gatitos con el amor puro de Madre, está muy bien de salud … diría que está genial, es la mimada de la casa y yo… yo estoy encariñándome con esa gatita invasora y quizás compinche sin proponérselo.

       A Ella… a Ella no la he vuelto a ver.

De todas maneras, siempre llevo en el baúl del auto una bolsa de alimento para gatos ya que, si un día la llego a encontrar, se la devuelvo … en definitiva es de Ella…

Carlos Emilio Dentone

La Reestructuracion (Despidos)

LA REESTRUCTURACION

     Intermitentes crujidos de muebles viejos en las oficinas, algunas puertas que se cerraban, luces que se apagaban y los saludos pertinentes, anunciaban el final de otra jornada laboral.

     Sólo el Personal de Limpieza, volvería a dejar todo preparado para que al día siguiente la rutina continúe.

     Esa tarde Nicolás Raymondo, Gerente de Recursos Humanos de la Empresa, salió a la hora habitual. Camino a su casa recordó que había quedado algo inconcluso en su escritorio.

     Sin pensarlo demasiado, tomó el camino de regreso para solucionar el problema.

     Al pasar por vigilancia, hizo saber que se quedaría un rato más, advirtiéndoles que no le pasaran llamadas.

      Ya en su despacho, encendió la luz de una antigua lámpara, que irradiaba una luz tenue y agradable. La utilizaba ocasionalmente, luego de la hora habitual de salida, cuando la recarga laboral era mucha o simplemente para distenderse. No le urgía volver a la soledad de su hogar.

     Un mullido sillón de cuero resquebrajado, un cigarro jugueteando entre sus dedos, sus párpados entrecerrándose y difusos pensamientos auguraban un efímero pero profundo sueño.

     En ese letargo se sobresaltó con el chirrido de las bisagras de una puerta vecina.

     ¿Quién andaría por ahí a estas horas? se preguntó.

     Aún con sorpresa, pero ya despabilado, volvió a tomar aquel frondoso y ejemplar legajo. Una carpeta que dolía entre sus manos, pero debía darle curso sin más demora. Llevaba días sin resolver el caso de Julieta Quirós. Daba vuelta cada hoja, cada folio con Diplomas, Títulos, Certificados, Notas con su firma extendiéndole una felicitación, otras comunicándole de ascensos o aumentos de sueldo. Leía y releía desde aquel primer Formulario de ingreso hasta la última Notificación.

     La decisión ya estaba tomada, había que llevarla a la práctica, al hecho desagradable.

     Cada papel que acariciaba le traía recuerdos de Julieta, caros a su corazón. La niñez, la adolescencia, su primera salida, aquel beso, el inicio de un noviazgo, el plan de casamiento, tener hijos … Un sinfín de recuerdos que su mente transformaba en imágenes, la mayoría le sacaban una dulce sonrisa, otras no tanto, y esa que quedó grabada a fuego, la noche en que Julieta lo abandonó, el momento en que sorpresivamente se enteró que ya no lo amaba.

     Supo de ella a los años, cuando un amigo en común le comentó que la bella July se había casado con un hombre mayor que ella, Empresario.

     También recordó ese instante, de dolor, de ausencia, de una soledad que ya no tuvo vuelta atrás.

     Quince años atrás, el destino, la vida, la casualidad o la causalidad, hicieron que Julieta ingresara a la Empresa, donde Nicolás trabajaba, en ese tiempo como Jefe de un Sector Administrativo.

     El verla lo conmocionó, pero guardó su lugar y ella también lo hizo.

     El fue testigo de la fructífera carrera que Quiroz realizó en la Empresa, así la trataba … Señora Quiroz.

     No tenían relación laboral, distintas funciones, diferentes niveles, pero tenían contacto, un almuerzo, un café, un evento.

     Nicolás estaba acostumbrado a despedir gente. Se había formado para eso, para ese trance tan especial, tan difícil … dentro de sus funciones tomaba personal y también despedía, siempre objetivo a la hora de tomar decisiones.

     En esta oportunidad se trataba de ella, del amor de su vida.

     La puerta se abrió despaciosamente, Julieta entró con sus ojos hinchados, síntoma de haber llorado mucho.

     El “radio-pasillo”, se encargó de adelantarle la noticia.

     El rimel corrido le daba un aspecto sensual, se miraron a los ojos, llorosos en él también.

     Se besaron, se abrazaron … Julieta tomó distancia y comenzó a recordar y relatar desde aquella niñez compartida hasta estos últimos días, incluyendo el día del “adiós”

     Fue imparable con su relato, entrecortado con su llanto, pero sin pausas.

Nicolás, te ruego que hagas lo que esté a tu alcance, pero por favor no me despidas, vos sabes bien que la Empresa de mi esposo quebró y eso arrastró a mi familia a depender de mi sueldo. No te olvides que tengo 3 hijos, ellos aún estudian. Si me amaras un poquito … Fijate además cómo está el País: despidos generalizados, el Corralito, empresas en quiebra …¿ Dónde querés que vaya a trabajar a mi edad, por más experiencia y currículum que tenga? Por favor te lo pido.

Un torbellino de palabras perforaron los tímpanos de Nicolás.

    A esta altura había perdido totalmente el manejo de la situación. La sorpresiva visita, el relato que lo apabulló y el estado de las cosas, lo sacaron de sí y ni siquiera le surgió una “frase feliz” para calmar a Julieta y aplacarse él mismo.

     Se volvieron a abrazar y besar con pasión.

   –  July, sabes que la última palabra la tiene el Director, voy a tratar de convencerlo … haré lo imposible … te amo.

   –  Te amo Nico, no me abandones !!!

     A la mañana siguiente Nicolás ordenó a su Secretaria la confección de la Carta Documento … motivo: Reestructuración Le remarcó que saliera antes del mediodía, por Correo privado.

     Al rato tuvo el Formulario en sus manos. Lo revisó un par de veces y lo firmó. Escalón por escalón llegó al tercer piso con sus manos temblorosas.  El Director lo esperaba. Leyó la sentencia escrita muy rápidamente y la rubricó paralelamente a la firma de Nicolás.

     La decisión estaba tomada y ya puesta en marcha.

    – Gracias Señor, disculpe la molestia – Nicolás intentaba retirarse de la Dirección.

    – Un minuto, Raymondo, tome asiento por favor. ¿Cómo se siente con su deber cumplido? La Señora Quiroz no fue un caso común …

      A medida que iba hablando le clavaba la vista a Nicolás.

No tiene mucho para decir Raymondo? ¿El Gerente de Recursos Humanos no tiene respuesta? – Increpó con soberbia.

Me siento mal, por supuesto Señor, pero entiendo perfectamente cómo se manejan las Empresas a la hora de los despidos. Son pasos ineludibles que hay que enfrentar. Es una función más de mi Gerencia.- Nicolás tuvo respuesta evasiva … pobre … lastimosa …

Ahora cuénteme … Raymondo … Se sintió mal a la hora de la firma del despido o cuando la semana pasada, en esta misma oficina, vimos juntos las tres filmaciones de tres días distintos, obtenidas por nuestras cámaras de seguridad, donde usted, Raymondo, mi Gerente de Recursos Humanos, estaba teniendo relaciones sexuales con Julieta, la Señora Julieta Quiroz, esa Señora ejemplar, justamente en el archivo exclusivo del subsuelo … ¿Cuénteme Raymondo, qué fue peor para usted? – el Director ya fuera de sí.

Señor, si usted no opina lo contrario, la reunión sobre el Presupuesto anual se realizará mañana, pero a las 15 en lugar a las 14 horas como estaba prevista, en la Sala de Reuniones del 1er. Piso. Le informo a su Secretaria. – acotó Nicolás.

No tengo objeción, me interesa muchísimo esa reunión. Ah !!! Si usted la coordina no se olvide de tener listo un buen café acompañado de esas deliciosas medialunas que nos suele traer. Seguramente la junta se va a dilatar – señaló el Director.

     No se olvide del reemplazo                urgente de la Señora Quiroz. Le agradezco Raymondo. Que tenga buenos días –

El día transcurrió sin problemas … rutinas normales, Nicolás aprovechó para retirarse una hora antes de lo habitual y a cuadras de llegar a su casa, encargó esas medialunas exquisitas, en la Confitería vecina. No se podía olvidar del pedido del Director !!!

     Nicolás no estuvo presente en la Reunión de Presupuesto.

    Cuando llegó a su casa esa misma tarde, su vecino de confianza, había firmado por él una Carta Documento. Antes de abrirla pensó en la cuota de un crédito que no llegó a abonar el mes anterior y que, por ende, se lo reclamaban por esa vía, no sería la primera vez …

     Abrió el documento con naturalidad, haciéndole un gesto de fastidio al vecino … – saben que aunque me atrase unos días, siempre les he pagado – dijo Nicolás.

      No se sorprendió, al leer, que el motivo de su despido, hubiese sido “por Reestructuración”

Carlos Emilio Dentone

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Un Sol … un Peso (Encuentro casual)

“Un Sol … un Peso”

Como todas las mañanas de este último tiempo de mi vida, sin dejar que el despertador me sorprendiera, me alcé de la cama y comencé con mi rutina diaria: ducha, un guiño al espejo, mate amargo y las noticias que fluían de mi pequeña radio -compañera de soledades – tétricas, angustiantes, crueles, reales, que se empecinaban en estar presentes, con asistencia perfecta en cada mañana.
La última mirada al espejo me devolvía una sonrisa tipo Stan y Oliver, las llaves de gas cerradas, las luces apagadas, la puerta de calle, doble cerradura controlada y … a la vida.
La trillada charla con Don Guillermo, el canillita, diario bajo el brazo y a caminar mis seis cuadras, con destino a la parada de colectivos que, con suerte, me transportarían, demasiado verbo, para lo que significa viajar desde el sur del Gran Buenos Aires hasta su terminal cerca del Correo Central … o más explícito: Avda. Corrientes y Avda. Paseo Colón, a las 7 de la mañana. Viajar hacinado, acalambrado, pensando y rogando al mismo tiempo que, algún aviso clasificado del día, de algún matutino, me diera la posibilidad, al menos, de una entrevista de trabajo. Se hace difícil, más cuando ya el codo de los 50 quedó atrás, pero allá vamos, todos los días un desafío … como la vida misma.
Fin del suplicio, estirar las piernas y ubicar una mesa en algún bar de aquellos que suelen cobijar mi esperanza o mi fracaso del día. El pedido de un café cortado, costo que resulta importante sumando el diario y el pasaje, a la hora de evaluar lo que significa “el trabajo de buscar trabajo”.
Ya dispuesto a comenzar esa parte de mi mañana sentí, casi distraídamente, que mi mente me inducía a salirme de esa estructura cotidiana. Ni siquiera abrí el periódico, sólo miré sin leer, la tapa y la contratapa, por lo que no tuve una devolución de su parte. No hubo interacción con el diario.
Me propuse observar, desde mi mesa, a la gente que deambulaba por los alrededores e intentar explorar en cada uno su cara, su gesto, su ropa, su forma de caminar, su interior. Me resultó entretenido ese juego, pero era tanto el ir y venir alocado de los transeúntes, que no pude cumplir con el cometido. Sólo me quedo la visión global del hombre común, el de todos los días, apurándose a llegar en hora a su trabajo, a cumplir con alguna obligación, trámites, acudir ansioso a una entrevista laboral o simplemente caminar. Nada me dio la pauta que esa gente caminaba en paz y mucho menos que mostraban en sus gestos un dejo de felicidad. Habrá sido mi mirada o seria una realidad? O simplemente estaba proyectando mis angustias, en esa gente anónima a mi vista?
Rápidamente pagué mi cuenta, dejando el diario, vírgen a mis ojos, a modo de propina. Me largué a caminar mezclándome en esa masa de personas, como uno más, con una diferencia, fui transitando distendido observando todo el cuadro que iba teniendo bajo mi vista, descubriendo edificios, vidrieras, los primeros vendedores ambulantes que se instalaban estratégicamente, los trabajadores del cartón, los motoqueros y sus peligrosas piruetas, los enormes kioscos de diarios, revistas y afines. Había intentado tomar cierta distancia con mi problema elemental, el desempleo, y estaba de alguna forma, disfrutando de ver pasar la vida y al mismo tiempo tratar de ser parte de ella.
Después de un rato de deambular llegué a una plaza, ubiqué un banco medio desvencijado y me senté contemplando frondosos árboles añejos, con sus troncos que asumían distintas formas y figuras ante mí.
Ahí también, el pasar de la gente era fluido, salvo algunos que caminaban despaciosamente, otros que buscaban aquel pedazo de pasto, para lograr que sus mascotas dieran lugar a sus necesidades, aquéllos que intentaban sentarse en un banco para leer su diario, un libro o simplemente esperar a alguien. Desde mi salida del bar hasta ese momento, había logrado dejar atrás el pensamiento tortuoso de mi búsqueda y realmente disfrutaba de esos minutos vividos.
Cuando ya mi mente y mi sentir estaban en un vuelo sin escalas, se acercó un hombre, un pordiosero, un ciruja de tantos que se suelen ver por ahí y que se van reproduciendo sin solución de continuidad. Anciano de vivir, y no por su edad cronológica, trató de ubicarse en la otra punta del banco, como para no incomodar, lugar que a esta altura ya era territorio mío y de mis fantasías. Con voz poco clara, sin levantar su cabeza, balbuceó en Castellano, pero se notaba que su acento no era argentino: – “Hermoso día nos tocó hoy eh? Mire que sol !!!”, como buscando mi respuesta. Asentí con mi cabeza, confundido, extrañado. Siempre pensé que esos seres no dialogaban, sino consigo mismo. Acomodó su cuerpo endurecido, dio lugar a sus bártulos que pesaban colgados a sus costados y siguió con sus entrecortadas palabras, algunas de las cuales pude entender y otras no … como la vida misma …
Su rostro, curtido por recibir todas las inclemencias climáticas y los avatares de la vida, era el de un hombre sufrido con un dejo de bondad que me siguió sorprendiendo. Fui descubriendo a un ser humano cálido, sensible, tosco, sabio. Cada tanto sus ojos brillaban y dejaban caer alguna lágrima que recorría lentamente los surcos de su piel, hasta llegar a la comisura de sus labios, brotándole una sonrisa espontánea, al sentir esa gota salada en su boca.
En su relato mezclaba cosas de su niñez con su profesión, su deporte de juventud con el nacimiento de sus hijos, sus poesías de amor con la pérdida de sus padres, sus exámenes aprobados con su separación matrimonial , su club de fútbol con su despido laboral y otras cosas que no le pude entender, por más que trataba de esforzarme por lograrlo.
Cada tanto, en su relato, decía muy clarito: “un Sol … un Peso “, frase que nada tenia que ver con su narrar, pero que repetía mucho “un Sol … un Peso”.
Me quedaron grabadas, en mi interior, esas cuatro palabras con un silencio pensante en el medio.
Todas sus vivencias, condensadas en un monólogo, en una mañana de sol, en el banco de una plaza y al costado mío que, con un silencio impensado, trataba de absorber todo lo que manaba de su interior.
Había pasado más de una hora de este encuentro, mi boca estaba seca de no hablar, ni siquiera pude concientizarme si en algún momento trague saliva, había congelado mi tiempo.
Mi confusión inicial se convirtió en reflexión y la reflexión automáticamente en ilusión. Entre la caminata y Fernando, así dijo en algún momento que era su nombre, se me había pasado la mañana, una mañana diferente. No estaba arrepentido, al contrario, pero ya era demasiado el cúmulo de sensaciones que no podía terminar de elaborar con serenidad.
Se me hacía difícil dejar aquel banco, aquel hombre, aquella plaza, aquel instante, aquel sol.
Me dio pudor abrazarlo como lo hice. Me avergoncé de llorar aferrado a ese ser inmenso, me salió poco claro un: “gracias por todo …”, mis primeras palabras, mi primer balbuceo, para con él. Su sabiduría dejó que yo digiriese mi propia historia en pocos segundos.
Puso mi mano entre las suyas, me miró a los ojos con su tierna y especial expresividad, los cerró y ya no hubo ni palabras ni gestos.
No me extrañó que ningún componente del gentío se percatara de esta situación En las urbes, cada ser deambula enfrascado en su vida, en sus problemas, en sus sueños …
Se levantó pesadamente, sacó papeles de un bolsillo de su lustroso y rotoso sobretodo, los miró atentamente, los colocó en el otro, cargó sus trastos sobre sus hombros y su figura cansina se fue esfumando tras los árboles. Se fue perdiendo entre la multitud que seguía incesante su camino. Se fue yendo con su mundo a cuestas … sin dejar de repetir “un Sol … un Peso …»

Carlos Emilio Dentone

Juan sin retorno (Inundación)

JUAN SIN RETORNO

El nubarrón se extiende amenazante. Cubre parte de una casa, de una manzana, de un Barrio de casas bajas, de gente laburante.
Juan, conocedor de estas situaciones, se apronta, alza los muebles, su ropa, sus pocos, pero sentidos valores, todo fruto de su trabajo en la fábrica.
Protege sus cosas, testigos de otros embates recibidos, rescatadas como pudo, siempre defendiendo lo suyo ante la inclemencia de la naturaleza y de la desidia de sus gobernantes.
Queda a la espera de esa lluvia que ya se desata, lentamente al principio … copiosa al rato.
Y lo previsto, a las pocas horas, el piso de su casa inundado, el agua brota de la tierra, del piso, del inodoro, de la nada.
Reacomoda, corta la luz previniendo algo peor.
Sale a la puerta a observar el avance del agua. Clava un palito en el pasto, si el liquido podrido se acerca, es señal que hay crecida. Es su método de control.
Los vecinos alterados, con miedo, cansados de estar chapoteando en el agua, arman sin proponérselo, una rueda solidaria.
Se ayudan entre ellos, levantan muebles, heladeras, las camas sobre ladrillos y la ropa sobre ellas. Así van de casa en casa, como un verdadero equipo.
Se van dando animo unos a otros. Están solos y desolados. Las Autoridades no llegan al lugar. En muchos años no llegaron a solucionar el problema y este sigue año tras año, sin solución …
Los arroyos que circundan el Barrio siguen sucios, tapados; las fábricas lindantes vuelcan sus desechos. Deben estar autorizados …
Mucha gente que vive a la vera de los arroyos, usa a los mismos como basural, también deben estar autorizados …
Historias repetidas …
Ya con fuerza, con vehemencia, agresivamente, crece rápido la sudestada. El río es mas fuerte que el arroyo, y sus aguas, en lugar de recibirlas en su lecho, las fuerza a entrar en retroceso, y así desbordan los sucios arroyos.
De a poco, las casas se van llenando de esa mezcla de agua sucia y ese barro de mierda.
Las calles ya tienen cerca del metro de altura, intransitables.
Las casas inhabitables. Juan y cada vecino en su trinchera esperando un milagro que no llega.
Un bote de Bomberos, un megáfono y la voz que alerta la evacuación.
Todos miran, como pueden, desde sus ventanas, subidos a una mesa, desde la terraza, atrincherados.
Todos miran.
Todos hacen oídos sordos al llamado del Bombero.
Dejar la casa implica abandono. Hay una resistencia en los inundados. No se sienten dignos.
Además “manos anónimas” pueden libremente tomar lo ajeno … cómo van a dejar su hogar !!! Tampoco la inseguridad fue solucionada por las Autoridades, en muchos años, cada día peor … los cacos impunes tendrán autorización también ???
Un día después, la situación empeora. Hay que evacuar si o si.
Juan se encuentra en una Escuela vecina, compartiendo con otros vecinos inundados, un mate cocido con pan.
Por un televisor, el movilero de un noticiero, con botas largas y capa, cuenta el repetitivo problema de la inundación. Noticia que convoca y entristece a los que no padecen el agua, menos a quienes tendrían que solucionar el problema de fondo.
Juan, a lo lejos, distingue por la TV, su barrio, su casa. El dolor lo atraviesa, la impotencia lo sumerge.
Ya sabe que, en algún momento, el agua sucia bajará y sólo quedarán los restos inmundos como testigos, que por largo tiempo formarán parte del paisaje hogareño … y esa humedad que nunca se seca.
Varias veces volvió, limpió, reacomodó, resignó sus pérdidas. El volver a empezar, el rehacerse, el sacar pecho, el volver a ser digno.
Pasaron tres días de su llegada a la Escuela. Cuando la lluvia finalmente paró y la sudestada amainó, el agua bajó.
Con un sol radiante, cada uno de los evacuados emprendió el regreso a su casa, guiados por sus mascotas, también evacuadas, sabiendo lo que les esperaba después de una inundación.
Cabezas gachas, en silencio, avergonzados … como si ellos hubieran sido responsables.
De a poco todos lentamente iban regresando a sus hogares, todos volvían, todos menos Juan …
Juan ya no pudo retornar.

Carlos Emilio Dentone.

(Escrito que forma parte de la Antología Dorada del Verano 2018-2019 de la SADE Filial Mercedes, Provincia de Buenos Aires)

Almas aladas (Homenaje)

Almas aladas del Belgrano

El Atlántico imponente.
abría paso al Belgrano
con màs de un millar de hermanos
en una calma aparente.

Valentías y temores
se entremezclan en abrazos
Como buscando cobijo,
Exhaltando sus fervores.

Al Centro de Operaciones
muy lentamente llegaron,
esperando la llegada
de los piratas sajones.

Un militar de escritorio
manejaba la estrategia
con orden y contraorden
desde el firme territorio.

Conocedor de batallas
usurpación y saqueos
el enemigo acechaba,
se lo espera con agallas.

No sòlo los navegantes,
sino un Pueblo en cada Plaza
con el Himno en sus gargantas,
aùn estando distantes.

Se oyó un silencio certero
que rompió con dos estruendos,
fueron torpedos lanzados
que impactaron al Crucero.

La sorpresa, la desazón,
las balsas y las tormentas,
el pánico y las corridas,
corazón con corazòn.

Inocencias sumergidas
en una lucha sombría,
enmudecían al pueblo
que sòlo a Dios le pedía.

Una palabra, una flor,
no cierran ninguna herida,
ni en familias ni en amigos.
Hoy mantienen su dolor.

Sobrevolando el olvido
Vuelan las almas aladas
en una guerra jugada
sin razon y sin sentido.

Carlos Emilio Dentone

(Poesía presentada en SADE Chivilcoy, obtuvo 3er. Premio en el Certamen “El Señor de las aguas”)

OTOÑO COSTERO (Fugaz)

OTOÑO COSTERO

Íbamos caminando como siempre en nuestros encuentros, tomados de la mano, nuestros dedos entrelazados, estrechados, para no dejar, siquiera, que filtre entre nosotros esa brisa que nos acompaña desde que entramos en este paraíso de pinos, cuyas ramas se balanceaban como haciéndonos la reverencia a nuestro paso.
Los pinos… y ese impenetrable bosque nos daban el marco para vivenciar el amor inmerso en la naturaleza. Corrimos como niños, nos escondimos en cada árbol, nos reímos, nos abrazamos, nos besamos y nos dimos cuenta que el silencio del lugar, sumado a nuestro silencio coronaban una tarde muy especial.
De pronto, característico del otoño costero, unos relámpagos iluminaban ininterrumpidamente el ya oscuro atardecer, los truenos no se hicieron esperar, las primeras gotas comenzaron a dejar marcas en el piso arenoso, y nos hacían vibrar por el contacto frío del agua con nuestra piel tibia.
Atinamos a refugiarnos debajo de un árbol de frondosa copa, abrazados como hacía mucho tiempo, dejamos que la tormenta cayera sobre nosotros, siendo testigo de nuestro amor.
La naturaleza propuso su juego, nosotros el nuestro, la lluvia hizo una pausa y el viento se convirtió en brisa, no había estrellas en el oscuro cielo, solo nuestra luz, nos guió de regreso a nuestra realidad.
Fue como un sueño, esta licencia que nos dimos, y quizás sea un sueño volverla a vivir.
Pasarán meses ….. o algunos años más para encontrarnos, para que nos podamos entregar, para poder aliarnos a la naturaleza y que nos cobije bajo sus sorpresivos encantos.
Mientras tanto y hasta ese esperado reencuentro, más de una lluvia, más de un relámpago y más de un trueno, seguramente, nos hará vibrar como en este frío otoño costero.

Carlos Emilio Dentone

Bongo (Recuerdos)

Bongo.
Luego de una separación de pareja, continúan momentos de duelo, de reacomodamientos, mucho pensar, la reflexión a flor de piel.
Uno de los temas que influyen en esas situaciones son las atenciones o regalos que hemos obsequiado o que recibimos.
En mi caso, guarde con mucho cariño a Bongo, el primer regalo que recibí de Liza.
Fiel compañero desde siempre, ante un llanto, o una alegría, llegaba el abrazo compinche de esos momentos que se viven en soledad.
Un sentimiento que solo Bongo y yo guardábamos en secreto.
Ha pasado el tiempo y sin embargo mi Peluche amigo seguía compartiendo mi sentir, mis alegrías, mis tristezas y mis dudas.
Siempre cerca mío a la hora de dormir, donde el sueño llama sin alternativas.
Bongo vivenció muchas cosas mías y cuando alguien decía: consultalo con la almohada, yo hacia casa omiso y mi charla , mi confesión, mi consulta era con él.
Aquella madrugada no me sorprendió que él siguiera leyendo aquel libro, que un rato antes había caído sobre mi pecho, ante el sueño que me dejaba en otra galaxia.
El despertar del nuevo día me regaló la imagen de Bongo dormido sobre el libro, lo llamé con voz suave, para no alterar su sueño.
Abrió los ojos y sin mediar palabra se abrazó a mi dándome los buenos días.

Carlos Emilio Dentone.

Acuarelas de volar (Homenaje)

Acuarelas de volar

(Mi sentir por el Maestro Horacio Ferrer)

A vos maestro de raza
de baladas y gotan
que iluminaste la noche
de estrellas que no se irán.

Cuando todo estaba escrito
inventaste alguna más,
codo a codo con el fueye
como “al pasar” la mostras.

Y pucha si lo lograste
con un loco … un chiquilín
en la blanca bicicleta
agarrados de un piolín.

A vos querido poeta
a tu letra y tu verdad
a la flor de tu solapa
a tu gentil calidad.
A vos poeta de vida
y a tu forma de soñar
con pinceles de colores
y acuarelas de volar

Tu pinta sola, delata
sos porteño hasta el dofón
de una orilla o de la otra
con el son de un bandoneón.

Seguí rodando tu luna
con tres rosas balearas
renacerán los que mueren
y vos nunca partirás.

Con Pichuco de tu alma
y el vino de la amistad
con una grela yirando
aguantando sin piedad.

Carlos Emilio Dentone.

(Poema presentado en SADE Mercedes. Forma parte de la Antología Dorada Poética – Año 2018)

Vídeo-Acuarelas de Volar

Frente a frente (Futbol-Amistad)

FRENTE A FRENTE
Días pasados, de regreso a casa, me crucé con Andrés, caminando en dirección contraria. Quedamos frente a frente y, ambos, en principio, tratamos de esquivarnos instintivamente, pero estaba destinado, no nos pudimos eludir.
Levantamos nuestras cabezas en el mismo instante y nuestras miradas se cruzaron fijamente.

  • Perdón – atiné a decirle.
  • No, no es nada, señor – me respondió.
    De todas formas, algo nos había paralizado.
  • Pero, vos no sos Gustavo ? – acotó.
  • Si, soy Gustavo y vos ? – le pregunté.
  • Yo soy Andrés de la calle Viejo Bueno, no te acordás ? – insistió.
  • Andrés !!! pero claro, el hijo de Don Goyo, tanto tiempo !!! Si no me lo decís no te hubiese reconocido, qué gusto verte !!! – le comenté sorprendido.
  • De los traidores uno no se puede olvidar – me increpó, dejándome
    congelado y sin poder dar respuesta.
  • Cómo están tus cosas? Tu familia ? – intenté cambiar de tema.
  • Bi … bien, pero sería muy largo contarte ahora, prefiero que me digas, ya que el destino nos hizo encontrar, por qué nos traicionaste, por qué te vendiste ? Puede pasar el tiempo, pero esas cosas no se olvidan – volvió a reprochar.
  • Y mirà yo me mudé a Wilde en el `71. Increíble, pero hace 34 años que no nos vemos traté de apaciguar.

Y a esa altura de la charla, si así se la puede llamar, el tema pasaba por un solo carril y Andrés no la iba a desviar ni siquiera a aminorar.

Es muy difícil explicarle todo lo ocurrido en aquel campeonato y mucho menos creíble a más de 3 décadas de distancia.

  • Sabès qué pasa … , Andrés – traté de explicarle.
  • Nada Gustavo, nos cagaste, pero la vida da revancha, vamos a una canchita, ya mismo, elegís arco y repetimos aquello. Alguna vez, la tenès que pagar.
  • Más vale que era tarde para aclararle cosas, de todas formas y, mientras comenzamos a caminar hacía ningún lado, yo trataba internamente de recordar paso a paso lo ocurrido aquella vez, pero no me daba paz, la locura de Andrés.
    Era el año ’64, cuando ocurrió, y aunque traté de hacerme el distraído, era algo que yo tampoco jamás podría olvidar.
    Justamente Don Goyo, era el Director Técnico del equipo de Papi Fútbol «Canguros», equipo de barrio, donde Andrés era el arquero y yo jugaba adelante. Un lindo grupo de chicos que siempre obtenía buenos resultados en los campeonatos de la zona, equipo con camiseta amarilla y mangas verdes.
    Ese verano se organizó un torneo en los Curas de Bernal pero, a raíz de unos días de vacaciones que se había tomado la familia de Don Goyo, no inscribió a nuestro equipo y en principio quedamos afuera.
    Yo, que era medio patadura pero amaba al fútbol, me “prendí” en un equipo de Wilde, en su mayoría compañeros de división de la secundaria, en el cual, y también por razones de vacaciones de algún titular, me permitieron cubrir un puesto en «El Fortín», equipo de camiseta blanca con una raya en diagonal azul.

Las lluvias de esos días hicieron postergar el comienzo de los partidos por dos semanas, razón por la cual los organizadores del torneo, permitieron anotarse a un par de equipos que no lo habían hecho, uno de ellos … «Canguros».

Y así, ocurren las cosas de la vida, del destino, de la amistad, del fútbol, y así, se producen hitos en las historias de cada individuo.

Yo no podía dejar al equipo que me había cobijado circunstancialmente, y a esa altura de los hechos, tampoco podía jugar para “Canguros”, porque no estaba fichado. La solución era no jugar, pero el fútbol era más fuerte que mis ideales.
Mientras seguíamos caminando, casi sin cruzar palabra, pasando por una cancha de papi que en ese momento estaba a oscuras, Andrés me dio un empujón en la puerta que me hizo entrar sin la mínima intención de saber si yo estaba de acuerdo.

  • Vení, pasa, conozco al que alquila, le pido una pelota y listo – me ordenó.
  • Pero déjate de joder, qué querés hacer? – le dije contrariado.
    Obviamente haciendo caso omiso a mis palabras, se dirigió, sin titubear hacia la portería para concretar su idea.

  • Por suerte estábamos en distintas zonas, “Canguros” en la A y “El Fortín” en la C. Elucubrando resultados, había una sola posibilidad de que ambos nos enfrentáramos y era que los dos llegásemos a la final.
    Días previos al comienzo del torneo y un poco en broma y un poco sin reparos en el barrio, cuando se enteraron de la situación, me decían vendido, traidor, cagador, y a pesar de estar tranquilo porque sabía que yo no era imprescindible en “Canguros”, también estaba seguro de no haber traicionado a nadie, las cosas se dieron así. Pero muy dentro de mí no tenía paz
    Don Goyo casi me cortó el saludo y ni que hablar de los pibes del barrio.
    A pesar de mi incongruencia y mi dualidad de sentimientos, se dio lo que no tenía que haberse dado nunca.

Fuimos a la final, un sábado de agobiante calor, jugaban a las 5 de la tarde por el 3er y 4to puestos y a las 18,30 hs., jugábamos la final.

Esa última semana se agudizaron los reproches y las cargadas subían de tono. Yo ya estaba como curado de espanto y en mis adentro y, a esta altura, quería ganarles y en lo posible, hacerles algún gol a pesar de ese otro sentimiento de tener mi corazón en «Canguros».


Se prendieron 3 focos que daban a uno de los arcos y Andrés venía caminando hacia él con su traje oscuro y su corbata desalineada, y haciendo picar la pelota en el piso, mirándome en forma desafiante.

  • Vamos, vení o te achicas – me intimó.
    Dejé mi maletín en el piso, sobre èl, mi saco, y me encaminé hasta acercarme al arco.
    El ambiente estaba caldeado, mucha más gente de Canguros, acompañaba al equipo y el partido terminó empatado 6 a 6. Por suerte o no, todavía no lo sé, no hice ningún gol. Además de alentar a los equipos, el grito de ¡ Gustavo traidor ! lo sentía dentro de mis entrañas

Hubo que desempatar y la forma era: «ejecución de penales». Había que patear alternativamente 5 penales cada equipo, yo estaba designado último y dentro mío quería llegar a no tener la responsabilidad de patearlo, o sea, que se pudiesen definir antes de mi turno, sea cual fuese el resultado, por ende, fuera quien fuese el campeón. Pero no, la cosa no fue como yo quería. “Canguros” tiró los 5 penales y había convertido 3, “El Fortín” había convertido también 3, faltaba tirar el ultimo, o sea, quedaba el último penal en mis manos, o mejor dicho, en mis pies. De convertirlo, salíamos campeones, de errarle seguía la serie de 3 ejecuciones más. Me corría un escalofrío, temblaba. Esa era la realidad y había que aguantársela.

No podía entender estar frente a frente con Andrés, definiendo un campeonato…., el del Verano de los Curas de Bernal …. del año ’64.

  • Vení Gustavo, ponete y patea si sos macho y tenès huevos ! – Andrés, ya cerca de la locura total.

  • Me arremangué los pantalones y me dirigí hacia donde Andrés había colocado la pelota. Otra vez frente a frente a pesar del tiempo.
  • Yo, y nadie más que yo, sabía lo que deseaba hacer cuando me paré frente a la pelota, a la cual miraba fijamente para escapar del entorno, de los gritos y de toda la gente que se había posicionado detrás del arco.
    Sonó el silbato del juez, seguí mirando el fútbol, pierna izquierda a la par del balón, le pegué un derechazo fuerte, esquinado al ángulo derecho de Andrés que, a pesar de su esfuerzo, no pudo atajarla. Ese instante, esa fracción de segundo, determinó campeón a “El Fortín” – grité el gol y grité el campeonato, el fútbol es así, me consentí, en una disparidad de sentimientos.
  • Pateà de una vez – gritó con bronca Andrés.

  • La misma situación, sólo el silencio cambiaba el paisaje. Cada tanto miraba hacia atrás por si había algún testigo presencial, lo cual me hubiese avergonzado.
    Mi vista fija en el vértice del arco, pierna izquierda al lado de la pelota y le volví a pegar tan fuerte como aquella vez al ángulo derecho de Andrés, sólo que esta vez la “globa” pegó en el poste y salió desviada hacia un costado.
    Andrés salió disparado hacia mí, atropelladamente fijó su cara frente a la mía y, con sus ojos desorbitados, me gritó:
  • Viste, hijo de puta, que vos no me podes hacer un gol a mí, traidor ! – me gritaba mientras me zamarreaba con toda su furia.

Sentí sus gotas de saliva en mi rostro, lo abracé con todas mis fuerzas, con esas que contuve durante tantos años. Mis lágrimas ya no sirvieron para hacerle entender a Andrés que, aquella vez, aquella tarde en la cancha de los Curas, tenía la certeza de tirar el penal afuera. Lo venía pensando mientras era mi turno, patearle finito al lado del palo, pero del lado de afuera, sin levantar sospechas, y que quedara en otros la definición de los destinos de “Canguros” y “El Fortín”, pero a los troncos, a los troncos, el fútbol no nos perdona.

Carlos Emilio Dentone

Luisiana (Solidaridad)

Luisiana
Un día más y como cada mañana, Felisa y Pedro, recorrían un par de cuadr\nas para abastecerse de sus alimentos en los comercios del Pueblo.
Sus despaciosos pasos y sus lentos movimientos, no le impedían caminar en su rutina diaria.
Este matrimonio octogenario vivía en una pequeña casa, siendo su huerta el lugar preferido donde pasaban gran parte de sus vidas, cuando el clima se los permitía.
Habían quedado sin familia, a raíz de un accidente automovilístico, donde perdieron a su hijo, su nuera y sus tres nietos.
El infortunio hizo que la tristeza y la soledad se apoderaran de sus vidas.
Salían de la Panadería cuando un desnivel de la vereda hizo que Felisa trastabillara y cayera de bruces. Pedro intento ayudarla a levantarse del suelo, pero sus pocas fuerzas se lo impedían.
Sorpresivamente y al instante, una joven acudió a prestar colaboración y con destreza puso de pie a Felisa.
Se rasgó la manga de su colorida vestimenta y con sus retazos limpió algún hilo de sangre que manaba del rostro de la anciana, sin mayores consecuencias.
Así como corrió prestamente a socorrer al matrimonio, de la misma forma, volvió a su lugar, en la esquina de la panadería, bajo una marquesina y rodeada de trastos.
No hubo lugar a saludos ni agradecimientos, ocurrió todo muy fugazmente.
Tomando su vinito de la tarde-noche Felisa le propuso a Pedro ubicar a esta chica y agradecerle su gesto. No seria difícil encontrarla, ya que recordaron que, sin prestarle demasiada atención, la habían visto más de una vez en aquella esquina, sentada en la vereda con una taza de lata, temerosa y esquiva a quienes pasaban por el lugar, que poca importancia le daban.
Al otro día y en la rutina de sus compras, no tardaron en dar con ella.
Le llevaron una bolsa con tomates y zanahorias que sacaron del huerto, a lo que agregaron un par de panecillos, previendo que por la imagen que tenían de ella, la comida era un problema.
Sin mediar palabras le entregaron la bolsita y la joven la tomó, la abrió y extrajo un pancito, lo devoró con avidez, con su vista clavada en el piso.
Hizo un gesto de agradecimiento y continuó con un tomate y así hasta agotar esos alimentos entregados con amor, por la pareja de abuelos.
Volvieron a su casa angustiados y perplejos por la situación.
Cambiaron las mañanas rutinarias. Su meta comenzó a tener otra prioridad, la de ofrecerle a esta joven morena de ojos tristes, mirada perdida, cutis brilloso y terso y una belleza especial algún alimento, alguna ropa, alguna loción, algún termo con agua fresca.
Fueron transcurriendo los días y el vinculo entre ellos se fortaleció, aunque no se entendían con palabras , los gestos se transformaban en elocuentes.
Tras una noche de copiosa lluvia y un amanecer soleado, el encuentro matinal fue distinto. La bella morena acusaba una tos seca y su ropaje estaba totalmente empapado.
Nadie se había percatado de ella?
Vecinos, paseantes, autoridades no vieron su estado?
La solidaridad fue esquiva?
Felisa y Pedro sin pensarlo demasiado, le ofrecieron sus manos para alzarla de su improvisado camastro.
Con el temor de siempre, se levantó y sintió como hacía mucho tiempo no sentía el calor y la bondad de otro ser humano.
Despaciosamente y tomados los tres de sus manos, se encaminaron hacia el hogar de los abuelos.
Al principio se negó a ingresar, pero distintos cruces de miradas que contenían amor, la convencieron.
Felisa la condujo al baño y a los pocos minutos una ducha tibia y reparadora que se mezclaba con borbotones de lágrimas, la trajo de nuevo a la vida.
Un toallón contenedor y un cambio de ropas, que Felisa aún no había usado en años, le quedaba como si fuera pintado.
La mesa del comedor lucía tres tazas con té con leche y varios platitos con masitas y galletas.
Otra vez las lágrimas afloraron y un abrazo selló ese momento.
Fue el comienzo de una nueva vida para Felisa, para Pedro y para Luisiana, nombre que en algún instante de charla inentendible… balbuceó.
El atardecer fue testigo de una decisión.
El cuarto que había dejado el hijo estaba a disposición para Luisiana.
Definitivamente la adoptaron como hija y ella se dejó adoptar.
El idioma francés entrecortado fue siendo entendido por el matrimonio y el español, muy de a poco, fue siendo asimilado por la jóven.
El amor que se brindaron mutuamente hizo que se destacara la fortaleza de la joven haitiana, que nunca supo como llegó a estas tierras.
Tras los burocráticos papeleos Luisiana se nacionalizó española y tuvo a sus nuevos ancianos padres.
El tiempo fortaleció el vínculo. Cada uno tenía su función en la administración de la casa. La huerta subyugó a Luisiana y amplió altamente sus cultivos.
El tiempo, implacable, se llevó a Felisa y a los pocos meses partió Pedro.
El dolor de las pérdidas se hizo presente una vez mas en el corazón de Luisiana.
Ese dolor lo transformó en solidaridad.
La casa de los abuelos pasó a ser el primer comedor solidario del Pueblo y en forma gratuita les daba su ración de comida a niños, jóvenes y adultos.
Su huerta la acompañó siempre.

Carlos Emilio Dentone

Dos bombitas… (Social)

Dos bombitas
Luego de muchas luchas para sostener el Club Social en pie, lugar de reuniones vecinales, eventos solidarios, deportes para chicos y adolescentes, se decidió la disolución de la Institución.
Una reunión de Comisión Directiva firmó la extremaunción.
El Pueblo ya tenia, luz eléctrica, pavimento, cloacas, gas natural, agua, logros obtenidos por sus vecinos en el Club.
Fue todo un esfuerzo conseguir que los niños tuvieran su contención para hacer sus deportes y sacarlos de la calle que ofrecía otros condimentos, alcohol … droga…
Todo fue quedando en el olvido y los precursores del Club que iban envejeciendo, algunos partiendo a otras dimensiones y otros cansados de dejar sus vidas en él, ya no tenían la fuerza necesaria para combatir con la Empresa que en pocos meses iba a montar un Supermercado, para el “beneficio de la vecindad” y llevar sus ganancias fuera del País.
La tristeza de levantar los bártulos, restos de la demolición, la llevaban consigo dos abuelos, testigos de toda la vida del Club.
Pusieron los trastos en la vereda; el recolector de basura se haría cargo.
Cada abuelo desenrosco una bombilla que pendía de un viejo cable.
Fue “el recuerdo” que les quedó. Recuerdo de Luz …

Carlos Emilio Dentone