EL PIANO DE MI PAPÁ

“El piano de mí papá”
(Una historia de vida)

Al nacer y adueñarme de mi cuna, él…, él ya estaba ahí, junto a mis viejos y mi hermana, en aquella Sala enorme de mi amado Barrio de Almagro.


En realidad, él ya tenía su lugar en la familia. No sé con exactitud, pero estimo que a partir de los 10 u 11 años de edad de mi viejo, comenzó a gozar de un regalo que recibió de su papá, mi abuelo, a quien no llegué a conocer.


Fue uno más de la familia desde siempre, al lado de mi viejo, mejor dicho desde que vino de Alemania.


Era un “Upfer”, vertical, de cuerdas cruzadas y 88 teclas.


Con él, mi viejo recorrió su vida, desde que pudo estudiar y lograr el título de Profe de Teoría y Solfeo hasta que un día, y ya entrado en años, tuvo la negación justificada en seguir tocándolo.


Pasó su vida con él.


No lo ejecutaba pero sí, hasta su último instante, estuvo a su lado, momento en que se marchó con sus partituras a otros cielos.


Él respiraba amor por la música y por el piano en particular, sin dejar de lado el bandoneón, que también fue su ladero musical.


Esa pasión por su piano fue lo que nos dejó como herencia sentimental.


Tal es así que tanto el “fueye de nácar” como el Upfer eran otros integrantes de la familia, hasta diría que teníamos 2 amigos más.


Mi viejo y el piano vivenciaron tanto que me hubiese gustado haber estado en el momento del regalo del abuelo.


Que momento!!!


A través del tiempo y sus relatos o los de la familia y amigos, si bien no tengo detalles puntuales, esas vivencias fueron recreadas en mí, me pusieron al tanto.


Ya de pantalones cortos tocaba en bares, confiterías y algún evento privado, por supuesto acompañado por su papá, porque no permitían que un pibe entrara solo a algunos lugares.


Desde aquellos momentos formó parte de distintas orquestas, ya sea interpretando Jazz o Tangos, aunque participó, en menor medida, en grupos tropicales.


Con un trompetista amigo, hacían muchos casamientos de una comunidad extranjera, que no recuerdo cuál era.


Claro, él era el único músico que no llevaba su instrumento a cualquiera de los eventos.
Por un lado una ventaja, no tenía que llevar más que sus partituras, por otro, no dejaba de ser un problema porque en cada evento tenía que adaptarse al piano del lugar. Lo obligaba a presentarse un par de horas antes para comprobar … qué le tocaría en suerte.


Así aprendimos que el piano es paciente, o sea, él sabía que el músico lo utilizaba para ensayar y en el fin de semana generalmente, sentía un abandono, aún sabiendo que al rato volvia y si bien no lo tocaba a su regreso, seguramente lo acariciaba antes de irse a acostar.


Creo que mi viejo lo hacía en aquella Sala de Almagro.


La rutina semanal consistía en ensayar, fundamentalmente, cuando le llegaban partituras nuevas, pero más tenía que ver con la necesidad y el placer de tocar … lo que fuere.


Cuando ésto ocurría, mi mamá, a un costado del piano, intentaba leer la letra en la partitura, si es que no conocía la canción. Lo acompañaba cantando, y qué bien lo hacía la gordita!!!
Ambos eran como nuestro show para mi hermana y para mí.


Mi hermana supo estudiar Teoría y Solfeo, y más de una vez se sentaba en el taburete y le daba a su “Para Elisa” o alguna canción que ya podía leer.


En realidad yo, si bien era el más pequeño, era el único que no aportaba ni una fusa ni una semifusa, pero ojo!!! no me quedé atrás, en algún momento me integré -haciendo la percusión- acompañando a mi viejo.


Si bien no les quedaba otra que aguantarme como baterista, no estaban muy conformes conmigo ya que había roto más de una aguja de tejer de madera. Si no recuerdo mal las Número 5, obviamente eran las agujas de mí mamá. Además se me adjudicó la rotura del tapizado de cuero de dos sillas del comedor.


A pesar de esos inconvenientes, esperaba ansioso que mi viejo se pusiera a tocar.


Ese instante, esa imagen, pasa a ser un momento que se extraña por siempre y nunca se recupera, el tiempo no lo supera.


Se van mezclando recuerdos, vienen a mi mente algunos más.


Uno de ellos era una partitura, de color celeste, de una canción que había compuesto mi papá con un amigo y en la portada estaban los dos rostros insertados en un bandoneón abierto. No niego que me daba cierta impresiónpero la conservo.


La otra, era una caricatura del viejo tocando el piano con sus pantalones cortos, tallada y dibujada en una especie de cuadro de madera.
Una verdadera reliquia … quién sabe que camino rumbeó!!!

También recuerdo el día que le pedí:

«Papi, me enseñas a tocar alguna canción?«


Él me contestó: yo te puedo enseñar, pero si te gusta tenés que estudiar.


Fue como un reto, pero cosa de pibe, no quería ponerme a estudiar, se notaba que con el colegio era más que suficiente para mí cabeza.


Por fin me enseñó a tocar, utilizando el dedo índice de mi mano derecha como único contacto con el piano, una canción para niños, muy triste por cierto, pero una vez aprendida, cuando podía y me dejaban, la tocaba.


Era una vidalita que en su letra decía:
“…Yo tenía una chancha, vidalita, con 5 chanchitos, se murió la chancha, vidalita, quedaron solitos …”


Recuerdos ajenos a la Psicología del momento.


Otras vivencias compartidas con mi hermana y mi mamá eran acompañar al viejo a algún Club o algún lugar donde tocaba y se nos permitía acompañarlo.


Muchos años participó en una orquesta, “Giordano Cobbre y su Jazz”, que se presentaba en un lugar, que con el tiempo amé: “La Associazione Nazionale Italiana”en la calle Alsina, en la Capital.
Hoy diría que era una milonga con orquestas en vivo, una de Jazz y otra de Tango, en su momento le decían “La Típica”.


Para mí estar en un costadito del escenario y mirar a mí papá disfrutando del piano es algo muy difícil de explicar. No es fácil describir lo que significaba para mí con 7 u 8 años de edad vivir ese momento.


Era hermoso y el recuerdo me emociona…


Algo muy especial vivenciaba al acompañar a mi papá a los ensayos. Otro lugar mágico que generalmente se encontraba en los misteriosos sótanos de algunas confiterías o bares de la Avenida de Mayo.


Sin emitir palabra, para no incomodar, contemplaba “la cocina” de las canciones que iban a interpretar en el fin de semana.
Siempre bajo la mirada sonriente y un poco cómplice de mi viejo.


Al principio comentaba que el piano era uno más de la familia, prueba de eso, además de los cuidados normales de un mueble, se agregaba la limpieza a fondo.


Más que limpieza era un ritual, con ciertas pautas a cumplir a rajatabla. Por ejemplo, en ese día no se podía distraer con otro tema; es decir, dedicándole el tiempo suficiente en exclusividad, generalmente un Sábado, Domingo o día feriado, asegurándonos que fuera un día soleado.
Despejar un lugar, una mesa o un sillón, del largo del piano.
Tener preparada un par de bolsas de naftalina en bolitas.


Obviamente fui aprendiendo este método con el paso de los años y para mí era otro momento mágico.


El proceso era abrir las ventanas para dejar pasar al sol y comenzar a desarmar todo el piano: la cubierta superior, los frentes altos, medios y bajos, la tapa propia del teclado y por último, con el mayor de los cuidados sacar tecla por tecla.
Rearmábamos el teclado en la mesa o en el sofá. Era imposible equivocarse porque las teclas estaban numeradas en el dorso, muy prolijamente escritas a tinta por mi viejo.
Así quedaba una imagen distinta del Upfer.
A mi manera de ver quedaba desnudo, como desprotegido.


Era una forma de recibir al sol de pleno en su interior.
Para esto se ponía la naftalina en un lienzo, se tapaba con el mismo lienzo y con un martillo pequeño se golpeaba para hacer un polvillo bien finito como si fuera una harina.
Una vez limpio cada parte del piano, se desparramaba la naftalina por todo su interior, en especial, en la base donde se colocaban las teclas.


La función de la naftalina consistía en proteger especialmente a todos los paños internos del piano, que tiene en buena cantidad, contra polillas y otros minúsculos bichitos, también protegía la madera.
Luego se procedía al armado, tecla por tecla y demás partes. Se tenía muy en cuenta que no quedaran pedacitos gruesos de naftalina para que no pudiera dañar algún sector.


Una vez armado, mi viejo tocaba un par de temas para testear cómo había quedado.


Increíble el aroma especial que quedaba en el ambiente, con la mezcla de la vieja madera asentada y la naftalina.


Otra de las rutinas, no recuerdo la periodicidad, era la afinación.


, recuerdo que venía un afinador, siempre el mismo, un hombre de unos 50 años, de baja estatura, gordito, morocho, peinado con gomina y con su traje azul oscuro.


Quizás lo tenga presente, porque en su momento no entendía cómo este hombre, que era no vidente, con qué destreza manejaba la llave de ajustar las clavijas y el diapasón.

Con el tiempo, comprendí su sensibilidad para ese trabajo.


Por supuesto que en esta cuestión de rememorar la vida del piano, en su rol tan querido, se entremezclan cosas que se pierden y otras que quedarán ahí …


Pero hubo un tema que jamás podremos olvidar.


El 13 de Enero de 1960 y siendo las 18.50 horas de una tarde muy calurosa, se derrumbó el techo de aquella Sala donde prácticamente pasábamos la mayor parte del día.


Sin entrar en tristes detalles, por minutos nomás, no tuvimos desgracias personales.


En ese instante una de mis abuelas, la Nonna,  estaba lavando ropa en las piletas del fondo, mis viejos yendo a una zapatería a cambiar un par de zapatillas que me habían traído los Reyes, mi hermana en casa de unos tíos, en los pagos de Ciudadela y yo sentado en el umbral de la puerta de la casa.


Fue “una desgracia con suerte”.


El que sí estaba en la Sala … era el piano...


Una vez que los bomberos fueron despejando, con el paso de los días, el lugar para rescatar algunas cosas. Se habían roto muchísimas. Lo que no estaba roto estaba averiado, menos el piano, que sólo se veía el polvillo del derrumbe sobre él y no sé si fue por esas casualidades que no cayeron yesos, cemento y cascotes sobre él o su fortaleza impidió que se dañara … ni un rasguño tuvo.


No es que tenga la memoria tan finita, pero siempre recuerdo la hora, porque en ese despeje para rescatar lo que se podía, había un reloj de péndulo, esos que dan campanadas a cada rato, que marcaba las 18:50 horas, hora de lo sucedido.

Ahí quedó detenido su tic tac

Me quedó grabado.


Como decía, sin entrar en detalles, la realidad era que además de las pérdidas nos habíamos quedado sin vivienda.


Algunos días los vivimos en casa de aquella abuela, que estaba en el fondo, y vivía a una cuadra de casa.


Aquí comenzó todo un cambio de vida a la cual nos acostumbramos con el paso de los días. Terminamos siendo agradecidos por la colaboración especial de la familia de mi mamá.


Muchos de ellos vivían en Wilde y al enterarse de lo sucedido se pusieron a buscar alguna casa para alquilar, de acuerdo a nuestras mínimas necesidades.


A los pocos días consiguieron una vivienda y en otros pocos días más … nos mudamos.


Bendita gente solidaria!!!


Destaco que la casita que nos consiguieron se ubicaba en la calle Lomas de Zamora casi esquina Bragado de Wilde.


Entonces lo muy significativo fue que así como amábamos Almagro, Wilde nos cobijó, nos dio contención, nos devolvió a la vida.


Creo que los Barrios hacen también a nuestras vidas.


En ese entonces éramos 6, mis viejos, mi hermana, el piano, el bandoneón y yo.


Si bien en aquella época era muy distinto vivir en Capital o en la Provincia, así se los distinguía. A pesar del amor por nuestro Almagro de cuna, en Wilde nos sentíamos mejor.

Además del Barrio, la casa era distinta, no teníamos que compartir nada con ningún vecino, como en Almagro.


Fuimos acomodando todo lo que teníamos, mejor dicho lo que juntábamos. Hablo como si yo hubiese hecho algo importante, sólo tenía 9 años… más que mirar …


El piano fue de los primeros en ubicarse y otra vez estaba “de pie”, tenía su lugar de privilegio y, pasado el tiempo, fue cumpliendo con todas sus rutinas de cuidado y ofrecer ese placer que nos entregan los instrumentos musicales.


Vivíamos a 5 cuadras de la Estación de trenes y a 3 de la Avenida Mitre que en su recorrido, después del cruce del Riachuelo, conectaba con la Capital .


Fui terminando mi niñez y entrando a la adolescencia y juventud en Wilde.


Me gustaba jugar a la pelota, al fútbol, en la Capital era muy complicado jugar en la calle. (hago referencia de esto en un relato que llamé: “El autito”).


En Wilde se podía jugar en la calle con muchas más posibilidades y libertad.


Con los pibes del Barrio jugábamos también en algún Club del Barrio, pero nos encantaba jugar en la calle.


A menos de un par de cuadras de casa había una fábrica que, al finalizar cada jornada, cerraba su portón y, sin que se quejaran sus dueños, utilizábamos ese portón como arco!!!

Inolvidable también !!!


Hoy, a la distancia en el tiempo, para un pibe de 10 años tener cerca un portón para jugar a la pelota era básico y elemental.


Mi familia se fue reacomodando a la nueva vida y vuelvo a repetir … Wilde fue nuestra gran contención y, al poco tiempo, éramos vecinos como tantos.

El piano, creo, intuyo que se sintió más protegido y visualizó que podía tener más visitas, familia y amigos, que en aquella casa de Almagro.


Para resumir, el piano tuvo 2 mudanzas más.

Las dos en Bernal Oeste.

La vida, con sus avatares, nos dio la posibilidad de una mudanza que equivalía decir mudarnos a una casa propia.


Hasta tanto terminar la edificación de esa casa, el piano estuvo herméticamente cerrado hasta que se acabó la construcción más pesada.


También se la bancó, sin decir nada.

Obviamente extrañábamos escucharlo, pero tanto mi viejo como él, sabían que en un momento se reencontrarían a disfrutar juntos y retomar su rutina de limpieza y afinación.


Otra de las que pasó el piano fue la inundación del 30 de Mayo de 1985.


No era fácil levantarlo para evitar el agua, pero los que alguna vez estuvimos inundados sabemos qué es lo que se siente y lo que siente el vecino.

Por eso la gente se solidariza sin preámbulos y se van ayudando los unos a otros. Otro tema para mencionar, por la circunstancia no más y sin detalles.


Es decir, el piano trataba, de quedarse finito y delgado para que lo pudiéramos ir alzando mientras el agua subía, pero también se aguantó sin quejas.


Los tiempos pasan increíblemente rápido y su andar es implacable.

Mis viejos crecieron, ya estaban muy mayores y con algunos problemas de salud.

Mi hermana con mi cuñado decidieron hacerles una habitación con su baño, en su propia casa, para tenerlos cerca y darles los cuidados del caso. O sea, le ofrecieron otra calidad de vida  y el cuidado de ellos con todo su amor.


Agradecido por siempre con este proceder.


Y el piano?


Si bien mí papá ya casi no lo tocaba, el piano fue con ellos y lo ubicaron en el living de entrada. Suficiente para saber que entre mi viejo y el piano continuaba su vínculo, yo digo … cuidándose el uno al otro.


Decía que el tiempo sirve para todas las cosas y también para ser testigo de pérdidas de seres queridos.


Así partió mi viejo y al tiempo mamá.


De los padres se tienen infinidad de recuerdos y por mas años que pasen y que uno tenga, esos recuerdos siempre viven en uno.


El piano seguía firme y, además de ser un piano, era la presencia de mi papá y porqué no … de mi mamá.


Era un símbolo familiar!!!


Cada encuentro en la casa de mi hermana y mi cuñado, era entrar y sentir que mi viejo estaba ahí, presente representado por el Upfer.


Que sensación era entrar y verlo!!!


Yo, a pesar de haber sacado otras canciones además de aquella Vidalita, ya no me gustaba sentarme al piano. No lo sé definir, pero más que gustar había algo que me impedía sentarme y tocar algo.
Algún día, como yo me hacía cierta autocrítica por esa negación, me dije a mí mismo que me respete, que si no podía tocar, aunque fuera la Vidalita, lo tomara como una especie de respeto, de homenaje, de no invadir al papi.


El tiempo siguió caminando … o corriendo?


Para continuar llega una nueva mudanza, en este caso por cambio de vivienda de mi cuñado y mi hermana, a un lugar, también de Bernal, pero más céntrico, más acorde a sus necesidades y sus posibilidades.

Cambiaban de una casa amplia a un departamento.


Ellos con sus hijos y nietos y yo con mi familia felices de este cambio.


Obviamente el cambio no era fácil, se tenían que reducir en algunos cosas que uno va teniendo en el transcurso de la vida, pero llega un momento en que no se utilizan más.


Y el piano?


El piano fue otra instancia de conversar mucho con mi hermana. Ninguno de los dos quería desprenderse del piano, pero no había otra posibilidad.


Quizás en algún momento pensamos en una posible venta, pero el piano de mi papá no era para negociarno era para venderlo. La idea de cambiarlo por unos pesos y nunca más lo íbamos a ver o nosotros o nuestros hijos o los nietos … no se justificaba.


No se podía finalizar una historia así.


Nos pusimos a pensar en donarlo, pero surgió la incógnita de a quién?


Podía pasar lo mismo, lo donábamos y quizás nunca más lo podíamos llegar a ver, pensábamos … aunque sea saber de él.


Tendríamos que tener un contacto, familia, amigos, conocidos que quisieran tener el piano, que para ésto y con lo ya contado, había que repararlo,  ajustar sus patas, colocarle una cuerda que estaba cortada, hacerle una limpieza y por fin afinarlo.


Hicimos un par de contactos, o sea 2 amigos que les podía interesar y el tercero fue otro amigo.


Un amigo que conocí virtualmente en el 2020, en pandemia, en un Concurso Literario, donde logró ser el ganador. Me habia gustado mucho lo que había escrito, un Poema que se llamaba “Vincent”.


A partir de aquel día nació un hermoso vínculo con él y hasta pudimos hacer algunas cosas juntos, relacionadas con la Literatura, Programas por Zoom, videos, etc., etc.


Además, él es Actor, Director de Teatro o sea un tipo que respira Arte. Yo digo que la gente que ama lo artístico tiene como un “plus” en la vida, cuestión mía, pero así lo siento.


Dentro de la búsqueda del contacto no dudé en comunicarme con él y plantearle lo referente al piano y a las circunstancias.


Él me entendió y seguramente, tendría contactos que pudieran interesarse por el tema y poder recibirlo no sólo como un instrumento musical, sino que lo hicieran con la condición de cuidarlo y, en lo posible, lo llegaran a querer.


Creo que no pasaron 24 horas y ya me había adelantado una respuesta de aceptación de la donación.


A los poco días lo confirmó.


Al principio me sorprendió con mucha emoción, ni le pude agradecer como correspondía a su gestión.

Después … luego … al rato … no me sorprendió, para nada, quien sería el que recibiría el piano.


Era un Centro Cultural en actividad, a esta altura diría es un Centro Cultural en funcionamiento y cómo funciona!!!


Creen que puedo mentir si les digo que el piano fue el que tomó este camino?


Él fue el que tomó la decisión de dónde tener su próxima morada.


Créanme !!!


Resulta que aquel Barrio de Wilde que cobijó a mi familia, dónde hacía más de 60 años yo jugaba a la pelota en la calle con mis vecinos y usábamos el portón de aquella fábrica como arco futbolero, tuvo también sus modificaciones, la fábrica quedó abandonada.


Por un lado, una familia vecina había abierto y puesto en funcionamiento un Centro Cultural, muy cerquita de nuestra casa.

Era la familia de Justo Lynch, vecino destacado wildense.


Una descendiente de J. Lynch, junto a su esposo, lograron trasladar el Centro Cultural – luego de realizar sus gestiones – a esa fábrica abandonada, a sólo un par de cuadras del lugar original.

Esa fábrica abandonada era aquélla que tenía su portón … ese portón que usábamos como arco futbolero.

Desde mí sentir … un lugar familiar,  de afectos, particular.

Ese Centro Cultural recibió al piano de mí papá y luce en un Salón, rodeado de Obras de Pintura de Don Justo Lynch.


Creo que el piano buscó su lugar, cerquita de la casa que lo contuvo en su primera mudanza. Ahí … Ahí donde jugábamos a la pelota.


El Barrio lo volvía a cobijar y pasaba a ser un patrimonio artístico familiar afectivo.


No lo hice correctamente, lo hago ahora, agradecerle mucho a este querido amigo y a la Administradora del Centro Cultural, que también, además de aceptarlo, hizo toda la gestión para que el piano tuviera su lugar, en Polonia y Bragado … de Wilde…


La Administradora, nieta de Don Justo Lynch, algo intuyó de esta historia , supongo, al recibir el piano.


Nada es casual. No es asi?


Los objetos, cualquiera que sean, tienen vida y sentimientos. Éste es un ejemplo y, los que vivimos del sentir … lo apreciamos.


Mi hermana y yo y porqué no, el resto de la familia, estamos felices de saber que el piano de nuestro papá, vive con él, ahora, en Wilde en el Salón del Centro Cultural, rodeado de Arte.


Pero la vida sigue dando sorpresas, ayer nomás … fui a visitar el nuevo hogar de mí hermana y mí cuñado, muy bonito, cálido y luminoso.


En la primer recorrida por el departamento y en un lugar especial de un mueble, mi hermana había puesto aquel cuadro de la caricatura del viejo.


Si bien yo recordaba puntualmente ese cuadro, pensé que ya no existía, lo hice presente en renglones más arriba.

Tenía en mente que luego de tantas mudanzas y con tantos avatares, se había ido también a otros cielos y no… está ahí, más viejito por el paso del tiempo pero está ahí.

Yo lo recordaba como algo muy querido, muy amado, pensé que ya no lo vería más, pero estaba ahí … apareció, para mí, como suceden las cosas que llamamos “milagrosas”.


Llegué a acariciar el cuadro, y pude atajar la emoción, no dudé en tenerlo como imagen que acompañe este relato.


Me decía mi hermana que quería sacarle una foto para que se viera la fecha y la firma de quién hizo el cuadro.

Este detalle, yo no lo tenía.


En el extremo superior izquierdo de la foto se puede leer:


“9-1931”
“H. Prince”


Mí viejo tenía entonces, 13 años, con su piano y sus pantalones cortos.


En nombre de “El piano de mi Papá” el agradecimiento a cada uno de los que vivenciaron esta historia de vida.


Carlos Emilio Dentone.


PD: Agradezco muy especialmente a Emilio Rupérez, Mónica Lynch, Silvia Fortunato y al Centro Cultural Justo Lynch de Wilde.

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